lunes, 26 de agosto de 2013

NOCTURNO

"NOCTURNO" es un género artístico que toma lugar en el Romanticismo, y se instala primeramente en la música. Esos movimientos líricos, intimistas, conforman las obras de compositores sentimentales como Chopin y se expanden en los salones literarios frecuentados por la misma época.
María Amelia Arancet Ruda tiene un análisis impecable sobre este estilo literario del que repasamos a continuación algunos tópicos:

En los nocturnos hay un YO que vela, a veces sin causa conocida y tiene encarnadura:
               “Los que auscultasteis el corazón de la noche,
                los que por el insomnio tenaz habéis oído
                el cerrar de una puerta, el resonar de un coche”.

Por otra parte, el nocturno encauza una poesía netamente emocional. Esta inclinación resulta propia de su naturaleza, debido a que el YO se vierte hacia el interior.
Dentro del ámbito hispanoamericano y en literatura resulta obligado acudir a la obra de figuras como la del colombiano José Asunción Silva, la primera que surge en conexión con este tipo de composiciones.

Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
a mi lado lentamente, contra mí ceñida toda,
muda y pálida,
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,[…]


Rubén Darío, más tarde se distingue en este ámbito de lo furtivo, secreto por excelencia. Es la ocasión en que asoman el miedo a la soledad, enunciado ya en el primer nocturno de Veinte poemas... (1922: “luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos”), y, asimismo, el miedo a la muerte, más bien el “horror”, como se puede leer en el final de este otro “Nocturno” del Darío de Cantos de vida…:


[…]
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror
de ir a tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará!


El momento y el lugar más adecuados, suficientemente permeables, suficientemente sólidos, para la aparición de temores y de deseos, en especial de los más profundos, de los menos divulgados; en algunos casos, de los prohibidos: eso es la noche en estas composiciones. Esta combinación de anhelo y miedo se ve, por ejemplo, en el “Nocturno” de El canto errante:

Silencio de la noche, doloroso silencio
nocturno… ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre,
dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.
¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!
Dilüir mi tristeza
en un vino de noche,
en el maravilloso cristal de las tinieblas…
Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta…
Ha pasado un transeúnte…
Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será Ella!...


El argentino Leopoldo Lugones, se acerca, aunque parodiando el nocturno, en su largo Lunario sentimental. Por otra parte, el género nocturno suele asociarse con el íntimo erotismo y dentro del ámbito modernista dos buenos ejemplos de erotismo nocturnal son Los crepúsculos del jardín, de Leopoldo Lugones y Las lunas de oro, del uruguayo Julio Herrera y Reissig.

Todo era amor en el lozano ambiente;
Todo era fiesta en el galante prado,
Y en un banco decrépito a mi lado,
Yo sólo el mudo y tú la indiferente…

¡A qué insistir! me dije obsesionado,
Muerta de noche y sin color la frente;
¡A qué insistir! si esa mujer no siente,
Si no sabe sentir, ni nunca ha amado!

Soñó la orquesta en la terrasse contigua,
Y todo se turbaba de una ambigua
Pesadilla de Schumann… Entre tanto,

Tu clara risa con que al cielo subes,
Aparecía bajo un tul de llanto,
¡Como un rayo de luna entre dos nubes!


Enrique Larreta, cultiva un nocturno modernista más delicado, casi amoroso:

Ese fúnebre tallo que desprende
la noche y que florece en inclinadas
fulguraciones. Esas desplegadas
tinieblas de un abismo que se enciende
con temblores de altar y nos suspende
en la embriaguez de glorias impensadas,
ese, al fin, para mí son tus curvadas
cejas y tus ojos nocturnos. Duende,
fantasma de mí mismo; las estrellas
como luz de mis pies, mirando aquellas
encendidas pestañas; siempre todo
cielo tu rostro y rostro el cielo, sigo
tu presencia espectral, mi amor, de modo
que voy, que voy sin ti; pero contigo.


Oliverio Girondo por contexto y por formación, no fue ajeno a él. Uno de los rasgos más destacados es la presencia expansiva, incluso frecuentemente masiva, de la noche: todo cuanto no sea ella desaparece, ya sea porque queda subsumido (diría Darío: “Dilüir mi tristeza/ en un vino de noche”), o bien porque se fusiona voluntariamente con la noche, como ocurre en uno de los nocturnos no reunidos en libro de Oliverio:

A tu sereno mágico y desnudo
y suave azul lunar
lacios cabellos
de tan húmero aliento
y fácil sueño,
como la voz que enciende esa ventana
o aquella luz que calla
tras tanta suelta sombra de alta fiebre,
quiero, noche, mezclar,
-aunque me duela-,
en un solo y unánime latido,
este insomne rumor
de árbol de venas
[…]


En el género nocturno la noche es, además, la ocasión del extrañamiento, del desacomodo del yo. Lo vemos cuando en el nocturno I de Persuasión de los días (1942) Girondo afirma “No soy yo quien escucha”, “No soy yo quien se pasa la lengua por los labios,”, “No soy yo quien espera,” y “No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.” O cuando en el II, el sujeto ve cómo su mano va cobrando autonomía, es decir que su propio cuerpo le resulta raro:

Debajo de la almohada
una mano,
mi mano,[...]


El Nocturno, abarca también el sentimiento de orfandad, la soledad, la angustia, que acosa en el momento de mayor melancolía que tiene el anochecer y el enfrentamiento con la intimidad que provoca. El paisaje y la hora en que se desarregla la identidad diurna, aquella que hace posible moverse con seguridad en el mundo. Es natural y consecuente que en tal situación del ego, el lenguaje cotidiano y compartido ya no sirva en esta alteración de coordenadas que es la noche y busque otros recursos. 

El desafío de hallarlos formará la "silueta del nocturno".


ENCENDIDA LUMBRE

Me llama a mí la vida
ya ves,
siempre a destiempo.

Llega desde la entraña
inefable vértigo de cristalino gozo

que por la noche entra.

Con regocijo y tal empeño clama
albor de ópalo en mi sangre
que el cuerpo me circunda
destellante y dorado latir de hambre.

Pobrecitos fulgores que tan equivocados
en candente reclamo
ruedan
por los peldaños de fatal almanaque.

No han de imaginarse que en mutilada pena
los gusanos se alimentan.

“Una lámpara encendida…”, los consuelo.

Y cierro,
los picaportes de mi ventana.



El poema se inspira en la estrofa "Una lámpara encendida..." 

Nocturno de Juan Guzmán, poeta chileno.  (1895-1979) 


Alma, no me digas nada,
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.
Una lámpara encendida
esperó toda la vida tu llegada.
Hoy... la hallarás extinguida.
Los fríos de la otoñada
penetraron por la herida
de la ventana entornada.
Mi lámpara estremecida
dio una inmensa llamarada.
Hoy... la hallarás extinguida.
Alma...no me digas nada
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.


PIRA DE AMOR


Derrocado corazón, poco has vivido.
Al último latir, qué nada llevas.

Si al menos los dioses te dejaran
volver a la primera hora
en que estuviste a un paso de la dicha.

Si regresar por el trecho de la ausencia
con piadosa intercesión te permitieran.
Irías corazón, 

              -yo sé que irías-
hacia el mismo andurrial de pena llana,
a esta misma hora en que desata la tarde
su peregrino pensamiento y calla.

Irías corazón, 

             -yo sé que irías-
y en fuego sacro,
sobre la pira de amor que te negaron
dejarías caer tu último espasmo.




NOCTURNO EN EL RÍO DE MI COPA



El agua de esta copa la llevaré conmigo.
Este brillo del cristal sobre la mano.
El gesto imperceptible que ladea el cuello.
La rítmica costumbre entre los labios.
 

Nada podrá hacer que deje de llevarme
el sentir de este momento en que bebo.
Y todo el río que corre por mi copa

en este justo instante en que te pienso.

 
"Encendida lumbre"

"Pira de amor"
"Nocturno en el río de mi copa"
M.R.-C. "Versos de doble faz" - EL PAíS DE LA POESíA - (Derechos Reservados 2010)


* María Amelia Arancet Ruda, poeta, escritora e investigadora universitaria, nacida en Buenos Aires (Argentina) en 1967.   
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. (2008)                                                   

                                                                        * * *

jueves, 22 de agosto de 2013

PERIÓDICO IRREVERENTES

Como los dijes de tu pulsera

                                                                    
                                                                   Por Marita Rodríguez-Cazaux


Oleg Dou
 
 
Aquel anochecer me había asomado a la ventana mil veces. Mil veces hasta que tu sombra dobló la esquina y tus pasos subieron las escaleras.
Apenas entraste, con las llaves apretadas aún entre tus dedos, pensé contártelo, pero no pude. Ni siquiera puedo hoy explicarme por qué no te lo dije.
Tal vez lo sepas ahora, y desde la distancia que nos une hasta sientas lástima por mí.
Porque estoy en el peor lado; aún peor que en el de la traición, en el de la cobardía.
En esta baldosa estrecha que piso sin poder sacar los pies de ella, porque el mundo no vale la pena ya caminarlo.
Recuerdo que mientras caía la noche, esperé que llegaras sentado en el borde del sillón del living. Una sed de fuego me subía por el pecho y fui hasta la cocina.
La radio sonaba como si un megáfono estuviera dentro de ella. Una canción insoportable me partió la cabeza. La misma que vos acostumbrabas a tararear como si la radio necesitase tu voz para ser radio.
La apagué, un silencio desconocido resbaló por mi cuerpo. La sed era ahora una sensación viscosa, que apenas me molestaba.
Volví al living; en la penumbra, cerré los ojos para volver a verte. Para verte como te vi por primera vez. Una figura inquieta, de pasos ligeros, como el tintineo de tu pulsera de dijes, que se percibe mucho antes de ver la mano.
Y esa pulsera de dijes era tu risa. Una risa libre de protocolo. Fresca y llana, invadiendo sin permiso los espacios, como si reír fuera tu derecho en un mundo donde las caras parecían máscaras sin boca.
Tal vez por eso, fue que vi tu risa antes que tus ojos o tu pelo, o tu cuerpo. Tu risa estirada sobre los dientes, ahuecada en la boca. Te vi a vos, pero seguida del eco desnudo de tu risa.
Nunca lo entendiste, nadie se enamora de una risa, decías riéndote. Tenías razón, nadie se enamora de una risa, y yo nunca pude hacerte comprender que yo era nadie antes de oír tu risa. Y vuelvo a ser nadie, ahora, hoy, ayer, mañana, desde el mismo instante en que tu risa, como siempre, despreocupada, irreverente, cruzó la esquina de un bar cualquiera.
Un bar cualquiera, en cualquier esquina, atestado de gente. Un lugar como tantos, con mesas en las veredas y toldos de colores.
Un lugar de encuentro de parejas enamoradas, que se buscan a la salida del empleo, y se estiran sobre los manteles cuadriculados para besarse. Y allí, tu risa.
Inconfundible.
Tu risa partida, fragmentada, deteniendo el ruido del tránsito y la rutina de los mozos. Tu risa acallando todas las voces, opacando las luces de neón.
Tu risa haciendo que ahora todo, fuera nada.
No sé si me detuve, o si la rutina me llevó hasta la puerta, puso la llave en la cerradura y mis pasos me dejaron entre las paredes.
Tal vez hasta haya caminado sobre el eco de tu risa, sin vida propia.
Cuando llegaste yo estaba todavía en la penumbra del horror.
Con los pedazos de tu risa en mi cabeza, vi como después de cambiarte preparabas una salsa en la cocina. Ponías el mantel sobre la mesa y una fuente ovalada. Vi como te sentabas frente a mí, partías el pan y bebías en la copa un vino dulce.
Vi tu servilleta replegada en el regazo y los codos apoyados en el borde de la mesa.
Tu boca masticando y tu frente inclinada, apenas borrada por el humo que subía desde el plato.
Pero no vi tu risa. Ni siquiera la sombra de tu risa en el pliegue de tus labios.
Ni el movimiento lento de tu cuello para darle paso, como si fuera un dique, a tanta como era. Risa más risa, atropellada.
Esa noche, te dormiste sin saber que yo sabía.
Nadie me lo había dicho, no necesité anónimos ni llamadas telefónicas para descubrir el engaño.
Ninguno me acercó la duda, la inquietud, con acento hipócrita, compasivo, como al pasar. Nadie, sólo tu risa. Justamente tu risa. Impiadosa.
Tal como había sido desde el momento en que nos conocimos, llegando sin aviso y sin fronteras, como el tintineo de tu pulsera de dijes.
Dormías con los brazos estirados, la cabeza doblada sobre el pecho, un pie alejado de la sábana.
Iba entrando por la ventana un color rojizo cuando pasé sobre la bata que, caída en la alfombra, parecía una ola arrugada y con las dos manos apreté la almohada sobre tu risa.


De amores y desamores”
Editorial Dunken – 2010

Imagen: Oleg Dou en periódico irreverentes

                                                                          ***

miércoles, 21 de agosto de 2013

PUNTO DE ACCIÓN


CUENTO                                 
 
       
                      
   
Silvina había pasado la mitad de su vida tratando de encontrar al hombre.
Porque Silvina tenía una necesidad vehemente y desmedida de tener un hombre al lado.
No podía siquiera imaginar la vida sin un hombre, hasta le parecía que su propia sombra coincidía con sus ansias de compañía cuando se dibujaba solitaria contra la luz sin un brazo protector sobre los hombros.
Silvina había suspirado, como todas las chicas de su tiempo, amores de telenovela y esperaba encontrar al protagonista ideal bajando las escaleras del subte, al cruzar una avenida, dentro de un ascensor. Una presencia milagrosa en medio de una fiesta o sentado en el banco de la plaza, que saliera a su encuentro con ojos encandilados.
Sin embargo, tal acercamiento no se concretaba y el sueño imperativo seguía de largo por su almanaque.
Acatando oportunos consejos familiares se anotó en un curso de italiano y en una maestría de cibernética, pero la competencia, más joven y mejor dotada, la fue arrinconando en una amargura que le boicoteó la carrera en el primer trimestre. Con esas perspectivas no existía otra salida que consolarse devorando novelones televisivos donde mujeres de su edad enamoraban muchachos imberbes, o sentirse en el cuerpo de las que, bailando por un sueño, provocaban hambruna sensual al ciento por ciento de la audiencia masculina. Claro que semejantes milagros no se dirigían a ella y ya había agotado todos los recursos que consideraba morales cuando se le ocurrió la idea. Iría a buscarlo.
Buscarlo y en el lugar más neurálgico del barrio, el lugar ideal para su propósito: el Supermercado.
-¿Cómo no lo había pensado antes? -sonrió desafiante frente al espejo, pero la sonrisa se le fue borrando a medida que consideraba curvas y celulitis.
Su cadera tenía una afamada redondez conseguida a lo largo de años huérfanos de gimnasia y hubiera necesitado empeño y método para afinarse. Silvina no tenía tanto tiempo, así que se cortó un flequillo quinceañero para compensar su figura regordeta.
-Con una remera dos talles menores y un par de zapatos empinados podría verme más estilizada -pensó Silvina, convencida de su carisma innegable al pintarse los labios de Rojo Cupido nacarado.
Sentada a la mesa de la cocina, apenas apoyada en la banqueta para no arrugar el pantalón de micro fibra, trazó su plan en una hoja.
Un plan metódico basado en el marketing de posibles hombres apreciables concurriendo al supermercado.
No sería cuestión de malgastar su tiempo en idas y venidas sin resultados positivos, y como todas las acciones de su vida habían sido orquestadas para sumar ganancias, lo primero que desechó fue el prototipo del desocupado.
Estudió la franja horaria donde pueden encontrarse los desempleados, sin prisa, vagando entre las góndolas, con disimulada intención de encontrar oportunidades para estirar sus ahorros hasta fin de mes.
Silvina tampoco admitiría a los tacaños porque ella quería hacer su negocio, conocía muy bien a los hombres mezquinos, nadie podría engañarla en ese punto porque ella misma era una experta en el arte de la codicia.
No estaba dispuesta a compartir sus bienes con advenedizos, su plan era claro, ella quería un hombre que le sumara bienestar.
Tachó las horas en que aparecen los jubilados, tan fáciles de reconocer oteando etiquetas de precios, corriendo apurados para rescatar las gangas antes que los otros y comprando yogures con vitaminas. Además los jubilados del barrio de Silvina no eran interesantes, apenas un eco afónico de lo que fueron, una imagen lastimosa detenida frente a los exhibidores de dulces y licores.
Silvina dejó afuera de su plan a los miopes, seguramente porque también ella era miope y no quería rememorar vergüenzas tratando de barajar latas que caían en cascada hasta el piso mientras todos los ojos la miraban acusadores.
Ella era una mujer todavía apetecible, dedicaba buena parte del día a restaurar las arrugas, delinearse los ojos, descubrir su escote y quería que el hombre elegido lo advirtiera sin necesidad de anteojos.
No iría tampoco a media mañana, cuando el súper se inunda de chicas musculosas y perfectas dentro de conjuntos deportivos, con perfiles sostenidos a fuerza de horas de pilates.
Sería demasiado cruel para ella que nunca había tenido una juventud sin riesgo de peso y recién ahora, a esta edad mediana, se sentía reivindicada frente a las que había envidiado décadas atrás, siempre a la moda con sus jeans desteñidos y remeritas escotadas.
Además no tenía intenciones de parecer más joven por el momento, porque tampoco apuntaba su búsqueda a un chiquilín con profesión inconclusa y sin ahorros que compartir.
Silvina quería un hombre de su edad, con una actividad establecida y cierto nivel que facilitara viajes y salidas, un hombre dispuesto a dedicarle a ella el resto de sus días.
Y para eso descartaba a los casados, o a los que estaban siempre tratando de descasarse, que eran peores.
Silvina no iba a soportar terapias de pareja ni ayudas sicológicas para sostener la autoestima de un separado ni quería ser cómplice de mentiras de inseguros. Ella aborrecía a los disfrazados de seductores y atados como perros falderos en el patio de su casa.
Ya sabía bastante de rechazos y desamores, había fracasado en noviazgos adolescentes y en dos oportunidades formales de compromiso se quedó con la ficha perdedora, pero eso no impidió que todos los días soñara con encontrar la mirada de un hombre.
Y más que la mirada el olor, porque Silvina tenía un olfato innato, casi obsceno a la química varonil y además era absolutamente apasionada. Y a eso iría al supermercado, a encontrar toda la pasión que se le había escapado durante tantos años.
Recorrió los pasillos entre las góndolas y sólo vio mujeres apuradas, inquietas, aprovechando las ofertas del día.
-No es la hora adecuada -se tranquilizó Silvina y se marchó con el maquillaje impecable, el flequillo inmóvil de espray y los pies doloridos.
Dos días después caminaba las cuadras que separaban su casa del punto de acción con el mismo sentimiento arrogante.
-Hoy será distinto -se prometió resuelta y entró en el súper, empujando el carrito como si fuera un arado dispuesto a abrir surcos en tierra maciza sorteando góndolas, espiando entre los espacios de los estantes vacíos la silueta del hombre buscado.
Pero el súper era un laberinto de parejas jóvenes que compraban cajas de hamburguesas y enlatados y ni siquiera fue tenida en cuenta en la fila donde mujeres embarazadas y chicos en cochecitos le ganaban de mano para llegar a la caja.
-Será mañana -dijo parpadeando con dificultad por el rímel recargado de las pestañas, dibujando esa mueca de media sonrisa que la ayudaba a quedar bien con todo el mundo y caminó las cuadras que la separaban de su casa.
Como el martes era el día de ofertas en productos de lencería, su agudeza consideró que no era tema tentador para un varón y dejó de lado la visita, aprovechando para teñirse y ponerse una máscara antiarrugas.
Cuando al día siguiente entró balanceándose en sus botas nuevas, el súper era un enjambre de hombres con caras de maridos consecuentes, llenando el carro de montañas de verduras, frutas y comestibles para familias numerosas, con listas interminables, conectados a celulares para confirmar marcas y calidad.
Silvina tuvo un ataque de pánico. Se volvió arrastrando los pies, con la cabeza desequilibrada y respirando apenas, con un repasador decorado y una caja de fósforos en la bolsa de nailon, odiando a las esposas de hombres tan considerados.
Pero ella era una mujer fuerte y decidida a conseguir su meta. Debía continuar con la búsqueda sin claudicar.
El hombre que buscaba tenía que ser libre y era lógico que un hombre libre, a la vuelta del trabajo pasara a comprar comestibles para la cena.
Era una buena oportunidad para ella, iría directamente a los congelados y a los postres envasados, no iba a detenerse en otras compras y si estaba atenta lo vería aparecer en las cajas de menos de diez productos.
Silvina se plantó cerca de esas cajas y esperó. A la media hora se dio cuenta de que los muchachos que pasaban a su lado no eran el prototipo que ella perseguía.
Prolijos, impecables en trajes de corte perfecto y floreadas corbatas de seda, retiraban con mano experta lo justo para no engordar un gramo de más. Carnes magras, pescado, aceites naturistas, alguna bebida de precio, y una rápida pasada por el sector de cosmética.
Sin esperanza, Silvina pagó el paquete de jabón en polvo pensando que los horarios post laborales no daban buen resultado. Quedaba esperar el viernes y probar mejor suerte.
Lamentable. El viernes no había hombres porque los hombres salen los viernes.
Eso no tiene refute pero el afán de Silvina no conocía fronteras y su inconsciente negó que los hombres se encontrasen con sus amigos los viernes.
Hasta los que no tienen amigos encuentran alguno con quien verse los viernes a la noche. Y los que no salen, están tirados en el sillón comiendo pizza y mirando el partido, los pies estirados en pantuflas y el pijama a punto de estallar sobre el estómago.
Es imposible que un hombre esté libre el viernes a la nochecita y más imposible que vaya al supermercado, tan improbable que Silvina no vio un solo hombre mayor de cinco años en todo el recorrido.
El sábado estaba tan contrariada que ni siquiera fue al cine ni leyó el horóscopo y eso que ella confiaba ciegamente en las predicciones de los astros. Fanática de la importancia de los signos, de las cartas natales, de las velas rojas, estaba tan deprimida que se olvidó de regar la ruda macho que se secaba en el balcón.
Pero Silvina no era de amilanarse, cosas peores le habían pasado así que cuando ya se metía en la cama, con un rulero en el flequillo, una idea perfecta le iluminó la cara.
-El asado del domingo -susurró- Manadas, encontraré manadas, miles de hombres disponibles esperándome para ser felices -se prometió y se quedó dormida en una escenografía de abordaje.
Pero el domingo al mediodía todos los hombres llevaban ojos soñolientos y barba desprolija y eran tan semejantes unos a otros que no pudo diferenciar casados de solteros. Ni neuróticos, ni laboriosos, ni vagos.
Silvina, encerrada en una penumbra fría, se arrimó a una heladera de lácteos y sintió cómo las piernas la iban abandonando y caminaban solas hacia la salida, mientras ella se quedaba en el suelo, estirada, con la mirada perdida en las luces brillantes del techo.
Quiso levantarse, pero al apoyar la mano en un estante, cayeron como clavas de bowling, las botellas de whisky importado.
A Silvina le pareció que las luces brillantes eran ahora fogonazos inquietos, lo mismo que le pasaba cuando el oculista le hacía fondo de ojos y le costaba enfocar los objetos.
Una voz lejana fue acercándose hasta su cuerpo y trató de acomodarla en una silla.
-Típico -dijo la voz -Lo supe en cuanto la vi, no se me escapan estas milonguitas. Las reconozco enseguida, mano firme sobre el carro, ojos atentos, paso directo hacia la góndola de bebidas importadas o los perfumes masculinos. A eso vienen al Supermercado.
Silvina sin fuerzas, sintió que las lágrimas le caían por la cara.
-A ésta, seguro la manda un tipo. No hay duda, basta verla cómo se arregla para él. Pobre idiota, una de las que siempre están rodeadas de hombres que las usan -aseveró la voz.
Silvina quiso estirar la espalda para erguirse, pero las sandalias con taco aguja se lo impidieron.
-Pero al que anda con ésta no le van a quedar ganas de mandarla más por acá, veremos si es tan macho como le hace creer a esta vampiresa cocoliche -remató con acento despiadado la voz.
Y mientras la voz la cubría con aliento de desprecio, Silvina, los ojos perdidos, abría y cerraba la boca sin que las palabras apretadas en la garganta, pudieran salir de sus labios pintados de Rojo Cupido nacarado.


M.R.-C.
"De Amores y Desamores"  
Editorial Dunken -


Nota del Autor: El cuento toma como punto de desarrollo un artículo periodístico publicado sobre  estadísticas que hacen las consultoras sentimentales en los supermercados.

martes, 20 de agosto de 2013

POEMARIO




POEMAS DE TRIESTE
De Carlos Penelas



La tapa del libro aporta una bella fotografía del mar Adriático, que baña las costas de Trieste y constituye uno de los puntales de su belleza natural. Hay en el autor (que también es responsable de esa fotografía) un sentido canto de amor y veneración por esta legendaria ciudad que albergó a genios de la talla de Joyce y Rilke, y que es cuna de eximios artistas y escritores. Penelas la evoca como si se tratara de una amante bella y soñadora: “He descubierto, sin saberlo, una aguda y honda /pureza en estas columnas, en estas calles, /en estas terrazas de ociosos latidos”; “A veces dudo si Trieste no fue un espejismo, /una precaria gloria de la felicidad”.
La mujer siempre fue en la obra del poeta un ser sublimado que convoca toda la belleza del mundo. Y en el poemario no cesa de alabarla y cantar sus dones físicos y su esencial espiritualidad, excelsa representación del amor: “Después de estar desnuda, invisible, /secreta de jardines y desvíos”; “un pez transparente entre las ondas, /pubis bellísimo sobre la soledad del lecho /mirada abisal del mundo, /apenas una ingenua ansiedad de los ojos”.
Poemas de Trieste puede gozarse, además, como un paseo literario en el cual se nombran a grandes escritores de todos los tiempos: Umberto Saba, Claudio Magris, Leopardi, Tolstoi, Svevo, Montale, Giorgio Bassani, y muchísimos otros.
Otro pilar del libro son sus restallantes imágenes, que también configuran una de las marcas de fábrica del autor: “Por eso evoco los astros en el reverso de la noche /cuando un caballo marino recorre las estrellas”.
En el magistral prólogo de Alejandro Drewes –que desborda sabiduría literaria- éste sostiene que estos poemas “son entonces, ante todo y como obra de plena madurez del poeta, una gran metáfora del viaje como iniciación” (…) “Una etapa del camino donde, sin renunciar a los motivos de la iconografía poética, el poeta los transforma y resignifica y les da un sentido de unidad, en una obra poética con aspectos de diario de viaje...” (…) que “precisa asimismo del otro viaje que se ha hecho mucho antes por los libros amados”.
Poemas de Trieste es un título que debería formar parte de las librerías y bibliotecas de esa ciudad,  como testimonio fiel de su magnificencia y esplendor artístico.


                                                                                                    Germán Cáceres  

 POEMAS DE TRIESTE
 Editorial Dunken
 Buenos Aires, 2013

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