viernes, 22 de julio de 2016

CUENTO CORTO

E L      S A N T O
                                                             

           




En el pueblo el aguacero entró aún más allá de las casas, fue internándose en cada uno de sus habitantes, sacudiéndolos como si fueran barcas flotando a la deriva tratando de llegar a las costas.

Aguas castañas tapizaban las calles y doblaban en las esquinas con fuerza, salpicando de espuma sucia las paredes, entrando desvainadas por las ventanas bajas, dejando surcos de lodo en sus lamidas.

Así avanzaban las noches y los días oscuros, con chispazos de relámpagos azules iluminando los cielos partidos por truenos aterradores.

Con las miradas perdidas en la lluvia, apretujados en el lugar más alto, los vecinos, ateridos, sostenían en los brazos lo que no podían permitir que se llevara el agua: chicos arropados en mantas, fotos, documentos, herramientas, algún ahorrito, gallinas, corderos recién paridos.

Siempre olvidados, abandonados a su suerte bajo un cielo cruel y rotundo, veían pasar frente a sus ojos, animales muertos, árboles tronchados, enseres de faena, tranqueras, carros, cobertizos. Todo lo que poseían se les iba cayendo dentro de la mirada llena de agua, casi sin espacio para la ira.

La inundación llevó oleadas de tinta a los diarios. Los noticieros mostraron las zonas devastadas sobrevolando en helicóptero el pantano.

Las asociaciones humanitarias aprontaron médicos y fármacos. Desde su oratoria radial los políticos altruistas, anunciaron que la ayuda iría en camino y dentro de sus impermeables italianos para no desentonar con el pronóstico climático, daban órdenes por sus celulares con la intención caritativa de una inmediata solución. Alguno de ellos hasta recorrió solidario dos calles con su escolta partidaria, que lo cubría con un protocolario paraguas importado.

El más noble de los ejecutivos dejó un momento su lobby para cerciorarse de que las chapas de cinc y los colchones llegaran a destino.

Una multinacional envió calzado deportivo de última moda para los chicos y un exitoso grupo de rock donó parte de la recaudación del festival que fue aplazado por mal tiempo.

Todo parecía bien encaminado en medio de tanta pérdida cuando, navegando por el lodazal, cubierta de ramas, apareció una talla. A media distancia, podía advertirse que la figura se apoyaba en un cayado y tenía la diestra extendida.

Al verla, las viejas se santiguaron y alargaron los brazos hacia la imagen que en remolinos aparecía y desaparecía en medio del barro chirlo.

De un salto el hijo del gringo de la chacra, estirándose sobre la alfombra resbaladiza se colgó de un cable desatado y de un manotazo la rescató.

Todas las voces se alzaron en preces mientras una de las maestras la abrazaba sobre su pecho liso y le pasaba un pañuelo mojado para limpiarla.

De las manos de la señorita a las manos de todos fue la imagen y a medida que los brazos se tendían para tocarla, como por milagro la lluvia torrencial iba volviéndose más fina, adelgazándose hasta caer como garúa luminosa.

No dudaron un instante. La talla de madera tosca que había llegado por la cuesta, en medio de los desechos, era un Santo. Un Santo que ponía sobre ellos su mano de bendiciones.

Y la bendición llegaba, como siempre llegan las bendiciones, desde ese gesto de alzada mano derecha, mostrando la ruta de los justos, extendida hacia el claro lugar donde se goza del paraíso prometido.

Bajo la llovizna fueron descendiendo y en procesión hasta la iglesia, descargaron sobre sus puertas cerradas, enardecidos golpes de fe y entraron con el Santo, exaltados y cantando, chorreados de agua.

Pronto el cura organizó ceremonias y súplicas, un manto de incienso opacó las velas de sebo mareándolos de misticismo.

Dejaron al Santo en el altar mayor, todavía patinado de bruma olorosa y salieron al campo bajo un cielo de cuarzo, donde las nubes, indiferentes a semejante aparición, se tornaban más oscuras hacia el norte y empecinadas, volvían a descargarse.

A medida que la noche iba avanzando un sentimiento desconocido se esparcía; cada paisano era como una llama titilante a la intemperie, en espera de que dejara por fin de llover porque ya nada les quedaba.

Amaneció frío y gris, con chispazos metálicos que se fueron apagando en las primeras horas de la tarde, mientras la tierra chupaba los charcos y aparecían manchones brillantes de pasto.

Había dejado de llover.

El milagro era real. El Santo los había salvado del diluvio y de las olas barrosas, devolviéndolos a la luz.

No había duda. Pero, ¿quién de tantos santos, era el Santo? se preguntaron.

La hija del farmacéutico, siempre en éxtasis, dijo que debía ser patrono de tempestades, la catequista aseguró que era un mártir de los primeros tiempos y el librero juró que pertenecía a devociones medievales de romanos conversos, tal vez recordando algún libro de historia celta.

La superiora del colegio de monjas opinó que por su aspecto ascético se trataría de un anacoreta trapense, un ermitaño cisterciense, un monje consagrado y sugirió llamarlo “El Bien Llegado”, nombre que sonó a todos oportuno.

El Santo sería entronizado solemnemente. Para tal celebración el obispo prometió concurrir apenas bajaran las aguas y el patrón de la estancia, arrepentido de sus pecados carnales, se comprometió a pagar los gastos que generan siempre los milagros inesperados.

Hábil conocedor de su oficio, el ebanista se ofreció a restaurar la imagen y a pesar de su fama de distraído, aceptaron la propuesta.

Así llegó el día de la fiesta.

Apenas abierta la mañana, “El Bien Llegado” salió de la iglesia en andas hasta el lugar donde lo habían descubierto.

Iba adornado con flores y puntillas, dando tumbos apoyado en hombros de cofrades de una hermandad recién estrenada, que lo mecían según sus estaturas y su cansancio.

Venidos del pueblo cercano y de la cañada que cruza el río, lugareños y curiosos enterados de sus proezas, envarados en filas prolijas por la carretera que circunda las huertas y el vivero, llegaron a la cima.

Un calor húmedo, casi divino, los mecía mientras escuchaban ensimismados las palabras del cura, apiñados para ver al Santo de cerca, para rogarle, para tocarlo, para sentir sobre ellos las bendiciones que caían de su mano derecha.

Balanceándose, agobiado de tanto adorno y almidón, “El Bien Llegado” pareció detenerse un instante frente a la maestra de piano que confortada por el agricultor correntino, lagrimeaba emocionada.

Aquietando apenas la marcha como para tomar aliento, el Santo los acarició a los dos a un mismo tiempo con una brisa piadosa, perfumada de tomillo. Sin entender, se abrazaron fuertemente, ella llevándose el pañuelo a los ojos, él cabizbajo.

Sobre el lado de las fincas que rodeaban los colmenares, el farmacéutico envalentonado por primera vez contra las burlas de su amor de viejo, sostenía el brazo de la chica de la mercería, estirando el cuello para que el Santo lo iluminara en medio de tal gentío, sintiendo que el pecho se le ensanchaba con una respiración más fresca.

Junto al herrero, su mujer con la blusa suelta sobre el vientre redondo, desviaba miradas agradecidas al Santo, pensando bautizar al hijo con un nombre que resumía hermosamente tantos años de esperanza.

El capataz del criadero miró de reojo la imagen que ya entraba en un arco de flores y juró correr el alambrado que cada mes estiraba un palmo sobre terreno ajeno, si el Santo lo escuchaba en sus plegarias, que no eran otras que acrecentar sus tierras de pastoreo.

Hasta el dueño del almacén, anarquista irreverente, en un impulso impensado sumergió en los bordados que como azucenas abiertas salían de la túnica del Santo, al boyerito de pelo hirsuto, que miraba la figura de madera con ojos brillantes como hojas de ligustro.

Debajo de la glorieta de alelíes, mientras las campanas doblaban agigantadas por la distancia, el Santo enfrentado a todos, parecía fatigado.

Al momento, un viento zumbón movió las ramas de los álamos y los ceibos de la lomada, el cielo se puso plomizo y hombres, mujeres y chicos, miraron unas nubes rosadas y gordas que aparecieron por el cerro.

Temeroso de que el mal tiempo hiciera nuevos estragos, el cura los amotinó alrededor de “El Bien Llegado” y arracimados partieron, bajando casi corriendo con el Santo a cuestas, cuando caían las primeras gotas.

En la iglesia lo dejaron, coronado de clavelinas y con expresión extenuada.

Cuando volvían, dispersos por los caminos, el techo de cinc del corralón se iluminó de un gris metálico que hizo vibrar los postes del alumbrado y una lluvia pareja y cenicienta empezó a deshacerse sobre la tierra.

-El agua…- susurró el pocero y todas las voces se le unieron, asustadas de los chispazos verdosos sobre el valle.

-La lluvia, la lluvia -recitaba la maestra y le hacían coro las monjas del asilo, pegados los velos negros sobre las cabezas, acordándose aterradas del chapoteo sobre los pastos, con los chicos en fila, las piernas enterradas en el barro, hasta llegar salvos a la estación.

Inquietos, volvían a vivir el temor pesado de aquella noche cuando se desplomó sobre el pueblo el aguacero feroz que desdibujó las hileras de los primeros ranchos y las acacias.

Recordaron la cortina de penumbra que se había cerrado hacia el sudeste y tapando los silos y el molino, se rasgaba en desparejas cuchilladas.

Mirando el cielo, se acordaron del Santo.

Mojada, unida a la cadencia de la misma lluvia, una voz empezó a cantarle preces y, como si la letanía se les metiera a todos en la boca, un coro de voces atronó los campos.

Encerrados en un miedo acostumbrado, encogidos, les resultaba difícil imaginar que las lluvias cesarían, sin embargo el agua fue adelgazándose hasta convertirse en una llovizna inofensiva, tan leve como un murmullo.

Descubrieron sobre las chacras una garúa débil que caía oblicua y mansa sobre los aleros. El celeste acerado del cielo iba atenuándose gradualmente con resplandores quebrados sobre la silueta del terraplén.

Inmóviles, advirtieron que las nubes de herrumbre se deshacían y un ocaso luminoso emparejaba el horizonte donde un arco iris perfecto se arqueaba.

Apurando el paso se abalanzaron a la iglesia y entraron en corrillo, prontos a darle al Santo muestras de gratitud.

Pero no lo encontraron en el altar, ni en el púlpito, ni en la sacristía. No estaba en los resquicios de los confesionarios ni en los ángulos de las columnas. No estaba detrás del armonio ni en el coro.

¿Dónde estaba el Santo? ¿Cómo iba a abandonarlos? ¿Acaso no había llegado para quedarse, para colmarlos de bendiciones con su enhiesta mano derecha?

“El Bien Llegado” era de ellos. Era ellos mismos.

Era sus casas, sus sembrados, su futuro. El Santo era sus sueños, no podían permitir que desapareciera, imposible vivir sin sus intervenciones beatíficas.

Esperaron arrimados al altar, sin moverse de la puerta, sentados en los bancos, atisbando agazapados cada rincón, pensando que no existen temporadas de descanso para los santos.

Montaron guardia por si a “El Bien Llegado” se le ocurría regresar a horas destempladas, acostumbrado como estaba a aparecer imprevistamente, pero la ausencia persistía y una tristeza lánguida iba cayendo sobre el pueblo.

No querían, no podían esperar más. Algo había que hacer para recuperar los milagros.

Decidieron entonces tratar el tema con gente versada y formando un comité de gestiones urgentes se reunieron en la cantina del entrerriano.

Bajo los oficios estratégicos del comisario, el justo consejo del estanciero, la opinión autorizada del cura y la discreta participación del ebanista, se concretó la idea.

“El Bien Llegado” estuvo otra vez sobre su altar.

Su presencia mística, llenó de chicos el hogar del herrero, llevó justicia a las tierras apropiadas, casó al farmacéutico con su novia, el boyero heredó el almacén, la maestra de piano supo de amores entonados por chamamés correntinos.

Volvieron a ver los campos arados, las hojas de los árboles reverdeciendo y las chacras peinadas con ondas de sembradío.

Y en la hornacina de la iglesia, bajo una arcada de flores y luces, anunciando que todo es posible si lo deseamos, el Santo recuperado.

“El Bien Llegado” con el rústico cayado a un lado y la mano izquierda tendida y bendiciendo.

Brillante de barniz, ahogado de puntillas. Por siempre milagroso.


M.R.-C.
DEL GLAMOUR A LA CIÉNAGA
CUENTOS (2013)
EDITORIAL DUNKEN




















CUENTO CORTO







SECRETOS





Carlitos no entiende nada. No entiende nada desde que se cayó de la cama, cuando era chico. Eso dice mamá y asegura que poco a poco va a ir aprendiendo, pero Carlitos ahora es más alto que yo y sigue sin entender nada.

Ni siquiera habla, apenas unos ruidos como hipos, que se vuelven insoportables a la noche, mientras duerme y no pueden entenderse porque no son palabras, son sonidos como el ruido que hace el papel de los regalos cuando se rompe.

-Pobre Carlitos, está soñando, -dice mamá cuando los ruidos nos despiertan - seguí durmiendo, yo me quedo un ratito con él.

Yo sé que el ratito va a durar toda la noche y cuando me levante, mamá estará casi lista para salir porque el nuevo trabajo queda lejos de casa y el viaje en colectivo es largo. Antes, mamá tenía más tiempo para estar en casa y era ella la que se ocupaba de Carlitos, pero hace dos semanas que soy yo la que lo despierta y después de vestirlo, le calienta la leche.

Me cuesta ponerle las medias y las zapatillas, no se queda quieto y se mueve hasta que se le salen otra vez y tengo que volver a ponérselas. Por suerte aprendí a atarle los nudos ajustados.

-Sacate la gorra Carlitos, que te tengo que peinar -le pido, pero no quiere y sigue con la gorra verde en la cabeza todo el día.

Una mañana le acerqué el tazón de leche, lo tiró de un manotazo, pasó la lengua por el mantel de nailon y se quedó mirándome. Por el mantel un reguero blanco caía hasta las baldosas.

-Sos un idiota -le grité llorando de rabia, de ganas de decirle que por su culpa tengo que faltar al colegio y no puedo hablar más tiempo con mamá.

Me puse a limpiar el piso con un trapo, Carlitos empezó a moverse arrastrándose, se daba golpes contra la pared y pateaba el marco de la puerta; después se quedó quieto, con la cabeza hacia atrás. Salí de la cocina y no le hablé en todo el día. Cuando a la noche nos sentamos a comer con mamá, tampoco le puse la servilleta para que no se manchara.

Después de cenar, fue a su cuarto y volvió con la caja de lápices. Las puso en la mesa y con el dedo empezó a hacer rayas imaginarias, como hace siempre esperando mis dibujos coloreados. Con brusquedad, aparté los lápices. Al desviar la vista, la mirada de mamá tambaleó sobre la mía, colgada de un trapecio tenso y, como si Carlitos se hubiese vuelto invisible, las dos nos quedamos solas en medio de la cocina, sin más compañía que este dolor repartido.

Un dolor que se amansa a veces, cuando salimos al patio y Carlitos se estira debajo del sol, con la gorra verde sombreándole la frente, y se queda en silencio, sin esos ruidos horribles que hace cuando quiere decir algo. Roto en bastones, el sol hace que los ojos de Carlitos, parezcan más claros. Entonces, le doy una galleta y la muerde hasta ablandarla.

- Carlitos –le digo –comé bien, mirá que cuando venga mamá se lo cuento.

Él sigue lamiéndose los dedos y me pone tan nerviosa que pienso decírselo a mamá en cuanto aparezca por la puerta, pero después me arrepiento y no le cuento nada.

Prefiero que mamá no sepa. Tampoco lo de ayer.

Ya estaba nervioso al levantarse. Lo noté enseguida porque tiró la gorra y la pisó hasta arrugarla. Mamá le dio varios besos antes de irse, pero Carlitos siguió moviendo los brazos, revoleándolos para los costados.

Encendí el televisor, era una película hermosa y lo llamé.

Pero él se tiró en la alfombra. De perfil, vi que empezaba a llorar sin ruido, porque Carlitos no hace ruido cuando llora. Abrió la boca y la cara se le deformó en una mueca muda. De pie, se quitó de un tirón el buzo abrigado.

-Te vas a resfriar –le dije tratando de ver la película, pero siguió sacándose la remera y se desprendió el pantalón.

En la pantalla un paisaje de playas y casas blancas, me recordó un verano que pasamos cerca del mar. En la arena, Carlitos se doblaba hasta parecer un ovillo y le gustaba el ruido de las olas. Mamá dice que las olas se mueven con una música secreta que solamente se oye si estamos vacíos de otros pensamientos.

-Mirá Carlitos, qué hermoso suena el mar, como a vos te gusta –le dije. Él pareció no oírme y sacudiéndose, con el pantalón caído, enrollado, trataba de sacarse las zapatillas.

-Sos loco, mirá lo que estás haciendo -grité viendo que seguía tirándose del pantalón -No te doy más galletas Carlitos –lo amenacé, pero no se enojó. Al contrario, se le ocurrió abrazarme. Tanto me apretó que me faltaba el aire y tuve que darle un empujón, porque me dolía.

Él volvió a abrazarme más fuerte y juntando su cuerpo al mío me tocó la cara y los hombros. Una y otra vez, me pasó las manos por los brazos y por la blusa.

Las manos de Carlitos son duras. No son blandas como las mías o las de mamá. Son manos casi cuadradas, de dedos pesados y tan torpes que rompen todo.

-Vestite pronto que te va a dar tos –dije retándolo, pero Carlitos siguió bajándose el calzoncillo como si quisiera mostrarme que lo podía hacer solo, sin ayuda y delante de mí, casi desnudo, se puso de pie. Con rapidez, se frotó entre las piernas.

Un líquido espeso lo fue mojando hasta las medias. Con las manos pegajosas, acercándose, volvió a tocarme la cara.

Desde el televisor el ruido de las olas pareció detenerlo un momento. Tal vez estará escuchando la música secreta, pensé, pero Carlitos siguió pasándome las manos húmedas por el pelo y la blusa.

-Mirá cómo me manchaste -lo acusé y fui soltándome de su abrazo -Vamos, tenés que estar limpio antes de que venga mamá.

Los dos fuimos al baño. Le saqué el resto de la ropa y lo ayudé a meterse en la bañadera para frotarlo con la esponja. Desnudo, silencioso, Carlitos parecía un bebé grande mientras lo secaba.

Le puse las medias y un jogging azul, le até las zapatillas. Él se acomodó la gorra sin darse cuenta de que estaba al revés y se le veía la etiqueta.

-Ahora me tengo que bañar yo -le dije. Carlitos se quedó inmóvil, sentado en la tabla del inodoro, las manos sobre las rodillas. Me descalcé, abrí la ducha, corrí la cortina y me metí debajo del agua. Me enjaboné el cuerpo, me sequé y me envolví en la toalla. Él seguía sentado en el inodoro. Al mirarlo vi que la cara de Carlitos estaba deformada.

-Está llorando -pensé-, está triste sin remedio -y un sentimiento extraño me dio escalofríos. Entonces, delante del espejo, me desprendí la toalla. Tomé el frasco de perfume de mamá y me lo fui desparramando por los brazos, por la espalda. Un serpenteo fresco me recorrió las piernas hasta los tobillos.

Con la mano me alisé el pelo y me fui acercando para que Carlitos pudiera tocarlo; desde la cabeza ladeada escurría un hilo de agua mientras él se llevaba a la boca un mechón húmedo. El perfume era más fuerte cuando Carlitos, como si pasara la lengua por un helado, me mojó el cuello. Un nuevo gesto le abrió la boca y un hilo tibio, transparente, me corrió hasta la cintura.

Lo aparté despacio. Con la mano atraje su mano hasta mi cuerpo.

Sobre mi cuerpo iban resbalando los dedos estirados y duros de Carlitos. En un instante me pareció que iba a decir algo. Esos mismos sonidos que nadie entiende y que se guarda en la cabeza, como la música secreta de las olas.

-Alguna vez los sueños se cumplen -dije, y lo ayudé a ponerse de pie. Fuimos hasta mi cuarto. Quieto, sentado en el borde de mi cama, Carlitos esperó a que me vistiera mientras movía la cabeza hacia los lados.

De la mano lo llevé al lavadero y puse la ropa en el lavarropas, para que mamá no la viera. La mía y la de Carlitos.

-Vamos al living a mirar la tele -propuse, pero ya había terminado la película. Él, con un ademán torpe arrastró una silla para que me sentara y se tiró en el sofá.

-Ya se fue la película, ¿no ves? Mejor dibujemos -le dije. Carlitos siguió mirando la pantalla.

Estaba oscuro cuando volvió mamá. La ayudé a poner los platos y los cubiertos sobre la mesa. Carlitos seguía con los ojos clavados en el televisor, jugaba con el control remoto. En la pantalla se encimaban las imágenes.

- Vengan a comer -dijo mamá mientras revolvía la salsa en la cacerola.

Lo llevé hasta la cocina y nos sentamos los tres a la mesa. Carlitos se acomodó en la silla meciéndose hacia adelante y no quiso ponerse la servilleta.

Con una cuchara fue levantando uno a uno los ravioles de su plato. Cuando alguno se caía de la cuchara, volvía a levantarlo. Masticaba y tragaba y masticaba hasta que el plato quedó vacío. Mamá le sirvió jugo y bebió de un trago.

-Muy bien Carlitos, -le dijo mamá - ahora comé la manzana. Carlitos mordió la manzana haciéndola girar entre las manos. Se quitó la gorra y la colgó en el respaldo de la silla. Al rato, como todas las noches después de comer, mientras mamá y yo terminamos de ordenar, Carlitos dio vueltas alrededor de la mesa.

-Hasta mañana Carlitos -le dije cuando mamá lo llevó al baño para lavarse los dientes. Él levantó una mano y saludó como si estuviera muy lejos, como si nos separara una distancia enorme.

Puse el café en el fuego y una taza sobre el mantel.

Oí la voz de mamá mientras lo acostaba, la misma canción hasta que se queda dormido, seguramente para que Carlitos no vuelva a caerse de la cama.

Cuando mamá entró a la cocina, yo había servido el café. Con los codos apoyados en la mesa, como si la espalda le pesara, mamá parecía cansada. Empezó a hablar de cosas de otro tiempo. Cosas lindas de cuando Carlitos era el mismo de la foto que tiene sobre la cómoda, un Carlitos que yo no puedo imaginar sin la gorra verde y los sacudones.

-La semana que viene podés volver al colegio -aseguró mamá –A Carlitos lo va a cuidar una señora que recomendó la tía -dijo, y siguió revolviendo el café. Después se levantó y se puso a lavar los platos.

Debajo del chorro de la canilla las burbujas del detergente, como globos, se chocaban y se rompían. Mamá se las quedó mirando mientras el agua corría por la pileta y los vasos parecían barquitos inclinados.

Al entrar a mi cuarto, llegaban los sonidos desparejos, inquietos, de todas las noches.

-Pobre Carlitos, qué será lo que sueña -dijo mamá antes de apagar las luces.

Quise decirle que yo sabía. Pero los secretos no se dicen.




Imagen Internet





CLÍNICAS LITERARIAS

Coordinadas por Marita RodriguezCazaux y Carla Demark











POÉTICA






PAISAJE


Ausente de mí
En un exilio que no supe exilio
Inmóvil en la diáspora del cuerpo
Apenas percibí saberme desterrada


Mi seno no era seno
Ni mi boca era boca

Detrás del horizonte
La turbiedad del paso
El tedio humeante sobre ruinas
El círculo distante del enigma

Mi boca no era boca
Mi seno no era seno

Como si fuera un sueño que desvela
Apoyé la mirada en el paisaje
Y boca y seno
Sintieron la caricia

Desde ella vuelvo
A tantear la belleza del mundo.



M.R.-C.

lunes, 11 de julio de 2016

PERIÓDICO IRREVERENTES



“UNA GOTA DE MÍ”, 

DE MÁXIMO FRANKLIN


Por Marita Rodríguez-Cazaux
Horacio Quinteros
“Héroe, guerrero y poeta”

PRÓLOGO
El auténtico Héroe encarna a El Hombre y a El Guerrero, en la noción cumplida de los tres términos, es decir, sin desprenderse de su carnalidad, tampoco puede obviar el afán de colosal contienda y su entrega de estoicismo.
Esta figura, que debe pensarse mítica por su trascendencia, se acerca a la de El Poeta, adalid que batalla en éxtasis, desprendido del común, vivificado por sublimes sentimientos.
Así, en campo minado de realidades, habrá de transfigurarse, peregrino de opuestos, para sostener, laurel, lira o espada.
Si no lo hiciese, ¿cómo podría vivir la muerte y morir la vida, desvelar lo incomprensible, elevar la mirada hacia el orden superior? ¿Cómo percibir la emoción, la belleza, lo etéreo, sumergido en la sociedad atribulada que lo rodea?
En el panorama de este magistral cosmos, transcurre la poética del escritor argentino, Máximo Franklina quien ya conocemos como acreditado novelista de ficción, cercano a la estatura de héroes y antihéroes, dioses y mortales, en su obra “Entre la tierra y el cielo”, en la cual incluyó, “El Alba” y “Sueños”, dos poemas superiores, en los que se advierte un personal estilo, enriquecido por culta lectura.
 Esta singularidad de profunda contemplación, suerte de “práctica sigilosa que llamamos lectura”, al decir de Alan Pauls, incita a Franklin a mostrar escenografías de magnetismo sustancial, donde el paisaje se ve cabalmente sostenido por filosofías  leídas y recreadas.
Devoto del silencio, la meditación a “media luz”, alejado de todo bastardismo,     Máximo Franklin, atraviesa ventura o tribulación, en tiempo pretérito, presente y futuro, bajo recursos y mecanismos propios de un hacedor y un observador, dualidad que gobierna la Inspiración.
Así como un árbol, supera su figura de árbol, y es perfume de verdor y madera, flor, nido, ave, trino, cuna y féretro; el verso de Franklin, se encuentra potenciado por mayores proporciones, deslumbramientos expandidos en círculos borgianos o cajas chinas que guardan en su interior miríadas de otras muchas.
A este reclamo logístico acude la Musa, en el escenario de la Naturaleza, la Vida, el Amor,  el Destino, el Ocaso, la Partida, para gestar y dar a luz poemas y elegías de excelsitud.
La molécula de ejemplos intelectuales que dejaron su propia huella en sus obras, también debe considerarse en el potencial literario de Franklin, quien calca presencia personal en sus poemas, donde la transparenta, aún más intensa y desnuda que en su carácter de prosista.
Es innegable la manifiesta estrategia en las estrofas, el elocuente montaje, la percepción oportuna del adjetivo, la disposición a la originalidad, que encontrará el Lector, de una lírica de cautivante y sugestivo vértigo.
Como corolario,  permítaseme un pensamiento personal en torno al Autor.
El Poeta no escapa a la razón ni al análisis, pero respira el oxígeno de lo visceral, lo recóndito. Su sentido de vida, es evidenciarlos, volverlos materiales a los demás, mostrarlos a través de la palabra y de la manera más bella. Esta cualidad que roza lo divino, es un don que baja de lo Alto.
Al leer la obra de Máximo Franklin, no puede menos que percibirse la sutil fineza de este privilegio, y tan generosamente otorgado, que no solo acrisola sus versos, sino que es puesto en valor para que lo reciba quien pase, quien deambule en busca de universos hiperestésicos.

Una gota de mí

Articulo editado por periodico Irreverentes en la fecha

martes, 5 de julio de 2016

PROCLAMA



Está en los poetas, la resistencia.
No es fácil la barricada del poema. Para eso, hay que tener agallas, 
y adrenalina dispuesta a jugarse el verso que no rima, y el que rima.
Ser tapia dispuesta al graffiti que otro quiere ver expuesto, 
sin temor a la piqueta.




M.R.-C.