domingo, 25 de enero de 2015

RESEÑAS


“El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga

POR FERNANDO VEGLIA
   
Durante unas vacaciones familiares hallé a Horacio Quiroga. Aún era un niño y debía soportar un largo viaje. El automóvil avanzaba, en monótona línea recta, por una carretera interminable y calurosa. La radio estaba encendida, rompiendo el silencio y el inacabable paisaje rural. El locutor, de voz grave y cautivante, anunció que narraría un cuento: “El almohadón de plumas”.
Jordán y Alicia eran una pareja de recién casados y atravesaban los primeros meses de convivencia. En ese contexto, ella sufrió un ataque de influenza y, a pesar de los cuidados, no lograba reponerse. El médico de su esposo, sin poder explicar la extraña enfermedad que la debilitaba, le ordenó reposo absoluto.
Alicia, ante la impotencia de Jordán y el médico, desmejoró rápidamente ―alucinando, amaneciendo lívida― hasta que falleció.
La sirvienta, encargada de deshacer la cama de la difunta, reparó en el almohadón; tenía pequeñas manchas de sangre, quizá picaduras. Llamó a Jordán de inmediato, informándole de su descubrimiento. El viudo, decidido a desentrañar el misterio, abrió de un tajo el almohadón de plumas y descubrió a la repugnante criatura que había acabado con su joven esposa.
Recuerdo que, en la habitación del hotel, revisé mi almohada. El relato me había impresionado y no estaba dispuesto a llevarme una sorpresa desagradable.
“El almohadón de plumas” pertenece al libro Cuentos de amor, de locura y de muerte(1917). Puedo adelantarles que en sus páginas hallarán el amor no correspondido de Octavio Nébel, al despiadado joyero Kassim, que en “La gallina degollada” asistirán al horrible asesinato de Bertita, que en “La insolación”, “El alambre de púas” y “Yaguaí” los animales protagonizarán la historia y que en “A la deriva” y “La miel silvestre” aprenderán que la naturaleza no perdona. Y no daré más pistas, atrévanse a entrar en el universo fatalista y aterrador de Horacio Quiroga.
La obra es sugestiva, trágica. Los personajes y la naturaleza gozan de un crudo retrato realista. La mayoría de los cuentos transcurren en parajes selváticos y nos enfrentarán a enfermedades, a lo inevitable y al desvarío, seduciéndonos con su claridad y sencillez, con la sensación de que pueden ser posibles, de que sus protagonistas fueron reales.

El almohadón de plumas , de Horacio Quiroga (1878-1937) escritor uruguayo.
Fernado Veglia p/ fernandoveglia | enero 25, 2015 

RECONOCIDA POÉTICA

M.R.-C.  agradece al prestigioso poeta español Ángel Arquillos López, la deferencia
al permitir la inclusión de su obra en el presente blog literario.

  
  

                                                  ASÍ PIENSA EL POETA

                                               Por Ángel Arquillos López
                                                      
  
LA SOMBRA BLANCA

  
Me arrojé al abismo de la utopía
y sentí, de pronto, cuando bajaba,
un alivio extraño, porque notaba
mi paloma blanca que me seguía.
  
Con sus tiernas patas me sostenía
y con gran destreza me separaba
del abismo incierto que imaginaba
y volví a mi sueño, porque dormía.
  
Una sombra blanca cruzó mi estancia,
y retando al miedo quise tocarla,
pues me arrebató su dulce fragancia.
  
Intenté, sin fe, poder alcanzarla
y cuando logré ganarle distancia,
desapareció sin poder besarla.


                   
                
  
EL PRIMER DESENGAÑO
  
Descubriste el amor por la mañana,
sin pudor por la tarde lo gozaste,
por la noche dormiste y despertaste,
cuando viste la luz tras la ventana.
  
Advirtiendo el tañer de una campana,
sin pensarlo, cual rayo te alejaste.
Afligido y lloroso me dejaste
por aquella reacción tan inhumana.
  
Sin embargo te quiero todavía.
Si regresas, aquí sigo esperando,
por la tarde, la noche y por el día.
  
No te asombre que aún siga soñando,
pues te quiero, quizá más que aquel día,
y me duele pensar que estés jugando.
  
                   
                   
  
ENFRENTARSE A LA VIDA
  
Si es preciso me enfrentaré a la vida,
con valor, arrojándome al vacío,
aunque deba retar en desafío
al guardián que custodia la salida.

Yo no puedo aceptar tu despedida,
agobiado por este desvarío,
intentando soltarme de este lío
que aprisiona a mi alma estremecida.

No es mi meta querer recuperarte,
sólo quiero que sepas lo que siento,
porque nunca, mi amor, quise dejarte.

Si me esperas, lo juro, no te miento,
que si logro de nuevo acariciarte,
dejaré la prisión de mi tormento.
  
                        
                        
  
EL PASADO QUE VUELVE
  
Cuando el viento rozó mi cuerpo inerte,
presentí que eras tú que regresabas
y lloré, cuando vi que te alejabas,
cavilando por qué pude perderte.

No intenté ni siquiera retenerte
ni pisé por las huellas que dejabas,
sí, grité, pues contigo te llevabas
la mitad de mi ser hasta la muerte.

Ya no es tiempo para lamentaciones;
aunque el viento me juegue estas faenas,
he perdido la fe por rescatarte.

Reconozco que no podré encontrarte
y procuro disimular mis penas,
porque laten en mí dos corazones.
  
  
  
    
  
  
ÁNGEL ARQUILLOS LÓPEZ (Linares, Jaén). Afincado en Málaga desde 1980, ha trabajado en el Centro Informático del Excmo. Ayuntamiento durante 30 años. Aunque no ha cursado estudios universitarios, desde la infancia se ha sentido atraído por todos los géneros literarios; sin embargo, ha sido la lírica el que más ha satisfecho su sensibilidad estética y donde su capacidad creativa se ha sentido más a gusto.
Ha colaborando en varios boletines de asociaciones literarias y en diversos grupos y foros digitales, en todo caso de poesía, donde ha sido objeto de merecidos elogios por su bien hacer en la composición lírica. Asimismo, ha participado en varios concursos literarios y ha publicado en varias revistas del movimiento esperantista con poemas traducidos y originales compuestos en esperanto.
Recientemente, ha participado en la redacción del poemario de autoría grupal El libro de los Talleres, Edición XVIII (Editorial Dunken, Buenos Aires, 2012), en el que se incluye uno de sus trabajos.
Es autor de centenares de poemas y sonetos, tanto en la lengua internacional (esperanto) como en castellano, y ha publicado tres libros, uno en castellano Al son de mis sonetos y dos en Esperanto: Mediteraneaj eroj y Mediteraneraj eroj II. Pronto publicará el tercer volumen de la serie y un segundo poemario en castellano.
Es redactor del Boletín de la Federación Española de Esperanto y el boletín de la la Asociación Andaluza Esperanto de la que también es presidente.
Quienes estén interesados en conocer la asociación pueden visitar su blog, pulsando aquí: Asociación Andaluza de Esperanto.



sábado, 17 de enero de 2015

VICENTE HUIDOBRO


LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE


Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que me han esperado muchos años
Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en
[otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito 
pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio 
Esperar en silencio





PABLO NERUDA


EL VUELO


El alto vuelo sigo
con mis manos:
honor del cielo, el pájaro
atraviesa
la transparencia, sin manchar el día.

Cruza el oeste palpitando y sube
por cada grada hasta el desnudo azul
todo el cielo es su torre
y limpia el mundo con su movimiento.

Aunque el ave violenta
busque sangre en la rosa del espacio
aquí está su estructura:
flecha y flor es el pájaro en su vuelo
y en la luz se reúnen
sus alas con el aire y la pureza.

¡Oh plumas destinadas
no al árbol, ni a la hierba, ni al
combate,
ni a la atroz superficie,
ni al taller sudoroso,
sino a la dirección y a la conquista
de un fruto transparente!

El baile de la altura
con los trajes nevados
de la gaviota, del petrel, celebro,
como si yo estuviera
perpetuamente entre los invitados:
tomo parte
en la velocidad y en el reposo,
en la pausa y la prisa de la nieve.

Y lo que vuela en mí se manifiesta
en la ecuación errante de sus alas.

¡Oh viento junto al férreo
vuelo del cóndor negro, por la bruma!
Silbante viento que traspuso el héroe
y su degolladora cimitarra:
tú guardas el contacto
del duro vuelo como una armadura
y en el cielo repites su amenaza
hasta que todo vuelve a ser azul.

Vuelo de la saeta
que es la misión de cada golondrina,
vuelo del ruiseñor con su sonata
y de la cacatúa y su atavío!

Vuelan en un cristal los colibríes
conmoviendo esmeraldas encendidas
y la perdiz sacude
el alma verde
de la menta volando en el rocío.

Yo que aprendía volar, con cada vuelo
de profesores puros
en el bosque, en el mar, en las
quebradas,
de espaldas en la arena
o en los sueños.
me quedé aquí, amarrado
a las raíces,
a la madre magnética, a la tierra,
mintiéndome a mí mismo
y volando
solo dentro de mí,
solo y a oscuras.

Muere la planta y otra vez se entierra,
vuelven los pies del hombre al
territorio,
sólo las alas huyen de la muerte.

El mundo es una esfera de cristal,
el hombre anda perdido si no vuela
no puede comprender la transparencia.

Por eso yo profeso
la claridad que nunca se detuvo
y aprendí de las aves
la sedienta esperanza,
la certidumbre y la verdad del vuelo.


*  *  *

OLIVERO GIRONDO



VUELO SIN ORILLAS






Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.


Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.


Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.


Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.


Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.


Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.


Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.


***



HORACIO RENÉ QUINTEROS

                                     
                                        SIN POR QUÉ


   



Lentos colores del eclipse.
Toda su gastada arquitectura,
agua que resbala
del indiviso cuadro.

La más pura memoria
deja caer dos puentes colgantes
entre dos montañas azules.

¿ Qué cuadro es éste
que desborda de un vientre?
¿ Son despojos de una fortuna?

Veo casi nada de la ingente luz.
Veo la vana astronomía,
que sobrevuela un hombre alado,
obstinado en ser Arcángel.

Cerca de los Mares del Norte,
una Mujer.
Distraída, se adormeció
sobre su rey
y, sobre la sombra de un árbol,
se ha convertido en cisne rojo.

En música, rastro
   y ancla
   y red
   y remos,
   y el hálito de un lirio
   y del ruiseñor
   y de los números y nombres
   y de la diáspora del polvo.

Es este don de nombrar
que no me deja.

Sin el oprobio del llanto.
Sin el oprobio de la esperanza.
Cosas elementales
que entre nosotros, han sido.






IMÁGENES DE LOS POEMAS: INTERNET
M.R.-C. agradece la gentileza de Viajando con la Literatura al permitir compartir las imágenes editadas en su Página.

jueves, 15 de enero de 2015

POÉTICA



EXILIO

                                                                    A Stella Victoria Tejerina 




Han emigrado los pájaros de estío 
de mi ciudad. Se fueron. 
Sus alas en busca 
de horizontes sin metralla. 
En inquieta ceremonia despidieron 
sobre el alero de mi ventana 
las hortensias amarillas y el cielo, 
pobre y desnutrido de mi patria. 

Pincelada celeste de relámpagos, 
saeta de traición que cruza los cuerpos 
de millones que, ni siquiera, 
–perdidos en el cuenco de su ombligo– 
de la guerra de asfalto, se enteraron. 
Más, 
para buscar Oriente, 
sobre tu nombre de paz, han levitado. 



M.R.-C.
POESÍA CONGREGADA  (2014)
Editorial Dunken



                                                                          * * *


PERIÓDICO IRREVERENTES


MACHETES EN EL ASFALTO 

(UN CUENTO DE NAVIDAD)

                                                                                                                                             Por Alberto Ernesto Feldman
Artista Callejero
Hace sólo un momento que acabo de llegar a casa, pero no pude evitar sentarme inmediatamente a escribir esto que estás leyendo.
Cada verano me fui poniendo más viejo y son muchos veranos. Me fui olvidando poco a poco de  esos aires de Navidad que comenzaban los primeros  días de diciembre, cuando terminaban las clases,  entre el olor de los jazmines y los duraznos, los chicos jugando bajo un sol de fuego y la mirada vigilante y protectora de nuestros padres.
Insensiblemente nos deslizábamos  hacia el próximo año,  con esa parada tan emotiva  en el encuentro  familiar de Nochebuena,  donde todo prometía ser bueno y feliz  para siempre. Luego,  verano tras verano, me fue ganando el desencanto.
Pero hace un rato, no más de una hora, volví a recuperar el significado del 24 de diciembre, y volveré a sentirlo mañana como cuando era un niño de diez años, hace  ya más de sesenta.
Pero basta de cháchara, que aquí va la explicación.
Vengo del dentista, desde hace casi  un mes voy dos veces por semana por un largo tratamiento.  Viajo desde Belgrano hasta Villa Pueyrredón, y de regreso tomo el ómnibus 107 ó el 114, en la esquina de las avenidas Mosconi y Constituyentes, hasta Cabildo.
Mosconi es una ancha avenida de una sola mano y, esperando por primera vez el ómnibus, hace casi un mes, observé a un muchacho de rasgos aindiados, de no más de diecisiete o dieciocho años, que como tantos otros,  trata de sobrevivir mostrando a su público,  en su mayoría automovilistas al principio  indiferentes, lo que sabe hacer,  cosa  que,  como vi muchas veces,  lo hacía  merecedor  tanto de un aplauso como de una aprobación en moneda.
Me dejó paralizado de asombro. Dejé pasar varios colectivos y vi su número cada corte de semáforo, una vez  tras otra.
Su espectáculo era de circo,  de los mejores circos. Hacía malabarismos, no con pelotitas ni clavas de madera, sino  con  tres machetes de gran tamaño, que golpeaba uno con otro  para probar su legitimidad con un pesado sonido metálico.
Los arrojaba a gran altura, girando, y los recogía  con seguridad por el mango. Cada tanto se desplazaba un poco y tomaba uno de ellos de espalda,  por supuesto sin mirar, y lo volvía a  la ronda con los otros dos. Lo mismo hacía levantando una pierna y pasándolo  por debajo de la rodilla, e incorporándolo luego en sincronía al  ciclo de los otros, todo a gran velocidad.
En un momento,  colocó un machete sobre su nariz apoyando el mango, y caminó varios metros teniéndolo en equilibrio mientras arrojaba los otros al aire, siempre girando, recogiéndolos y volviéndolos a tirar, hasta que con un impulso de su cabeza arrojó al aire el que tenía montado en su nariz  y reconstituyó  otra vez su trío de machetes voladores.
Nunca perdió el control sobre sus filosos instrumentos ni fue ninguno a parar al suelo. No había visto nunca nada igual. Quien tiene un dominio neuromuscular semejante, es un fenómeno.
Mientras esperaba  el cambio de luces para exhibir su número, el muchacho se acercó a la parada de ómnibus y aproveché para  felicitarlo con admiración.
Lo volví a ver cuatro o cinco veces sucesivas, coincidiendo con  la espera del ómnibus después de cada  sesión con el  dentista.
Le pregunté  donde había aprendido su destreza y si sabía que lo suyo era un espectáculo circense de mucha calidad, también le dije que debía hacerse conocer por medio de la televisión o la radio. Contestó que  varias personas  le habían dicho antes lo mismo. Aseguró que lo que sabía, lo había aprendido en la calle, de otra gente que, como él, vivía también en la calle,  que no quería obligaciones ni horarios,  era libre y ganaba lo suficiente, moneda a moneda, haciendo lo que le gustaba.
Lo decía todo en un castellano perfectamente claro, pero con un acento  cantarino  que  mostraba  a las claras su origen guaraní. La firmeza con que decía esto y  la expresión de sus ojos,  parecían un canto a la libertad. Por un momento, casi me convencí de que era un ser libre y feliz.
Medité y al  llegar a casa,  concluí que sólo un gran dolor y una gran resistencia podían  combinarse en una persona  y hacer soportable la soledad de la calle, el dolor de alguien entre una multitud ajena.
El  viernes  pasado  lo vi  trabajando más rápido que de costumbre. En los quince minutos que estuve esperando el ómnibus, no descansó. Cuando cambiaba la luz y terminaba su acto en Mosconí, volaba a  Constituyentes. Así alternó su número entre las dos avenidas. No sé cuántas veces lo habrá hecho ni cuantas horas al día, pero hoy 23 de diciembre, terminé con el dentista y  me extrañó no ver a mi joven fenómeno luciéndose con sus machetes.
Me acerqué al puesto de diarios de la esquina y le pregunté al  hombre si sabía algo de él.   –Sí, señor – me dijo – Andrés vino a Buenos Aires, hace cinco años, a buscar a su padre, pero no lo encontró.   Ayer completó el dinero del pasaje  para volver a Oberá, Misiones, a pasar  la Navidad con su  madre ¡Hace  cinco años que no la ve!…
Me sentí muy feliz de haber sido testigo de  este episodio.
Mañana  celebraremos  Nochebuena y pasado Navidad, pero desde hoy, para mí, diciembre volvió a oler a jazmines y  duraznos.