martes, 25 de noviembre de 2014

CITA DE VIERNES

PRESENTACIÓN DE LILITHLA

Tejerina: "Todos formamos parte de la aventura de lo escrito".

De la Redacción de Vitamina


El domingo último se presentó la nueva novela de Ricardo Tejerina, LILITHLA - La tentación tiene nombre de mujer(Dunken, 2014). Seguidores, fans y colegas colmaron el café literario del club 'J. J. Urquiza' de Caseros. La fiera está suelta.

Con gran marco la historia de la "primera mujer" conoció su bautismo público. Ya disponible, la nueva novela de Tejerina, espera seguir los pasos de la anterior propuesta del autor, El Carnaval del Diablo, que fue un éxito de "boca a boca".

En este thriller, el escritor argentino desarrolla una trama de intrigas, misterios y persecuciones en busca de la redención final. Pura ficción en un contexto de absoluta realidad. Locaciones, definiciones científicas y metafísicas, ritos y mitos le sirven al autor para darle carnadura a un relato convincente que a lo largo de sus páginas nos hace creer y convencernos de que existe una conflagración humana y divina que se debate entre nosotros.

En la mesa del café literario del Urquiza, Tejerina con su conocido tono analítico y reflexivo dijo: "Escribí esta novela pensando que el mundo debió haber sido mejor. Se me ocurre que si algo hubiera sido distinto en el origen, muchas cosas serían diferentes en la actualidad... ¿Cuál es el destino de una humanidad ganada por la crueldad y las miserias más terribles? Lilithla es un poco una metáfora del destino humano. Pero claro que también es una aventura que se propone entretener. No concibo la idea de una literatura que no resulte una compañía para el lector".

Con la impecable producción de la gestora cultural Isabel Noya y la participación del artista plástico Rubens Ettomi (ilustrador de tapa y contratapa del libro), la nueva propuesta de Editorial Dunken vio la luz. Lilithla está suelta. Enhorabuena.

                                                                          * * *

Podés adquirir tu ejemplar on line en: http://www.dunken.com.ar/

DUNKEN  SALÓN DE VENTAS: AYACUCHO 357 - CABA

jueves, 20 de noviembre de 2014

PERIÓDICO IRREVERENTES - CUENTO Y RESEÑA







NO TEMPO NOQUE FÓRAMOS RAPACES


                                                                                   Por Marita Rodríguez-Cazaux
Guerra civil
Llegamos de madrugada en camiones que el ejército había dispuesto para transportarnos hasta un destacamento cerca de Vigo, donde quedaríamos esperando órdenes para partir al frente.
Formados por quintas, nos separaron cerca de la estación de trenes. Algunos siguieron kilómetros arriba, otros cerca de A Coruña, donde iban a establecer el cuartel.
Nosotros quedamos en el mismo lugar y levantamos tiendas de campaña, todavía cansados y hasta entumecidos.
Éramos muchachos de veinte años, con la tristeza de la lejanía y la fuerza y la ilusión de un mundo mejor, pensábamos en desmalezar la injusticia y nada nos desanimaba. Por el ímpetu que solo tiene la juventud, nos abrazábamos al heroísmo.
Nada nos desalentaba. Nada; menos “el rancho”.
Cerca del mediodía, en fila, nos juntábamos con el plato y la cuchara. Allí, en esa fila apretada, nos conocimos. Al ser paisanos, nos gustaba hablar en nuestra propia lengua. De esta manera íntima, coloquial, Britos, Cobas y yo, establecimos una amistad sincera y comprometida.
Camilo Britos, era hijo único y extrañaba desesperadamente las filloas y el cocido de cerdo, la cama de sábanas limpias, las toallas perfumadas con laurel. Cobas se desternillaba de risa por la cara de asco del orensano al oler las sopas espantosas y los guisos desabridos.
Yo era el quinto de ocho hermanos y nada sobre la mesa podría hacer que no lo tragara con desesperación. Cerraba los ojos y pensaba que lo que me pasaba por la garganta era un trozo de empanada de bacalao o un toro de merluza; hasta me parecía sentirle el gusto a la salsa de  morrones que mi madre cocinaba en el pote de la lareira.
Recaredo Cobas, con una infancia desamparada, no podía recordar nada que no fuera el plato de comida que le alcanzaba alguna vecina de su aldea, cuando la madre iba a trabajar al campo o el vaso de leche que tomaba en la parroquia de San Xulián. La madre, una muchacha soltera, había dejado su pueblo y andaba por la vida, cubierta de luto y vergüenza, trabajando a jornal en las huertas o lavando ropa para las casas de señoritos. Hacia la tarde, cuando regresaba, unas sopas de milloeran la cena precipitada que el chico devoraba sin hablar.
Después de cinco o seis “ranchos” pestilentes, los tres nos pusimos de acuerdo para lograr la amistad de Villegas, un chico avispado, nacido en Zás, que era quien lo servía. Así rescatábamos alguna sobra y la repartíamos entre nosotros como si fueranduros de plata a cambio de alguna parvadiña que le dábamos en pago.
Una tarde encontramos a Britos retorciéndose de dolor en el baño;  inclinado sobre la pileta de losa cuarteada, vomitaba convulsivamente, los ojos llenos de agua y la cara blanca. Temblaba y tenía las rodillas dobladas, golpeando una contra la otra en un movimiento extraño. Cobas y yo nos abalanzamos para sostenerlo.
Derrumbado sobre el piso de baldosones, un estertor le sacudía la boca. Cobas le acomodó el cuerpo contra la pared de azulejos, yo corrí a la enfermería.
Lo asistieron el cabo García y un médico joven, Luis Morán, que era de Cesures. Detrás del vidrio esmerilado, oíamos a Britos llamar a su padre, a su madre, a toda la familia y en voz alta, delirando, pedía que pasaran al comedor y se sentaran a la mesa.
Quedó en la enfermería tres días. Cuando volvió a la fajina, supimos que tenía problemas vesiculares que le provocaban fiebre y le habían recetado unas pildoritas que, para estos síntomas, tenía el doctor Morán.
El día de maniobras, después de la caminata la fatiga lo rezagó a tal extremo que el sargento lo castigó y tuvo que limpiar la cuadra antes de comer.
El sudor le mojaba la cara cuando volvió, tenía la camisa empapada. Se sentó debajo de un alero, estiró las piernas, el pecho se le curvó hacia adelante, los hombros agobiados. En un respiro hondo, meneó la cabeza hacia atrás y vimos cómo,  silenciosamente, caía de espaldas sobre el pasto crecido.
Cobas y yo corrimos a socorrerlo. Casi en vilo lo llevamos al consultorio del médico y estuvimos esperando en la puerta hasta que salió el enfermero, un aragonés mal encarado que nos echó a los gritos.
Volvimos más tarde, con intenciones de que el enfermero no nos descubriese, sin embargo, la suerte hizo que pudiéramos pasar sin ser vistos.
Britos estaba en la camilla, cubierto con una frazada, la cara dada vuelta hacia la pared. Cobas se acercó despacio, le tocó el hombro.
Sin prisa, con movimientos lentos, Britos giró la cabeza y abrió los ojos. Sonreía con esa sonrisa particular como cuando hablaba de las meriendas del domingo en la casa de sus abuelos, bajo las parras, donde el sol estiraba caricias hasta la hora del serán.
-Hola -le dijo Cobas  -Nos asustaste, paspán. Vaya que hacernos esto en el momento de la cena… ¡Por tu culpa nos quedamos sin comer, papón!
Yo no sabía qué preguntarle, pero se me ocurrió que no podía irme sin abrir la boca, y, en voz baja, le pregunté si necesitaba algo. Cobas me miró como si hubiera dicho una palabrota en la iglesia.
-¿Qué más va a querer?…Con lo bien atendido que está. ¡Pedazo de palurdo! Mira Pérez, mira la almohada que tiene…Mejor nos vamos porque si nos pescan nos dan grilletes por tres días -interrumpió malhumorado, y me tiró de la chaquetilla, arrastrándome un palmo.
Britos cerró los ojos y los volvió a abrir mirándome directamente.
-Un cocido, eso sí  me gustaría…, un buen cocidito -dijo por lo bajo.
-Un cocido… ¡Tienes talento para pedir! Si serás larpeiro, lambón… –masculló  Cobas -. A largarnos, que no se aguanta más este olor a legía.
Me acosté pero no pude pegar un ojo en toda la noche.
Antes del amanecer lo fui a buscar a Cobas. Lo encontré afeitándose en uno de los baños.
Me quedé al costado, mirándome también en el espejo roto donde se le reflejaba la cara enjabonada y la mano arrastrando con destreza la navaja sobre la piel. Pasó la hoja por un paño y me miró.
-Cobas, el cocinero me dijo que hoy el guiso lleva carne de ternera y unos grelos que trajeron para la comandancia -le dije -. Ayúdame Cobiñas, ayúdame a llevarle algo rico a Britos, mira que el pobre está muy débil, parece o carneriño da morriña.
Sacudió los hombros, pero no contestó. Siguió afeitándose y cuando me di vuelta para irme, carraspeó como acostumbraba cuando quería significar indiferencia.
Después, la mañana transcurrió como tantas. Teníamos prácticas con otro grupo y no vi a Cobas hasta la tardiña, cuando aprovechábamos para fumar un cigarrillo y cantar jotas con el aragonés. Cobas se acercó como al descuido y me hizo una seña con los ojos.
-Tengo todo arreglado, Pérez; después de comer, nos vamos hasta la cocina, le hablé a Villegas -susurró con voz áspera.
 “El rancho” de esa noche que sirvieron a la tropa era un guiso aguado de arroz y guisantes. Yo apenas tenía hambre pensando en la escaramuza que Cobas orquestaba. Los nervios me corrían por la espalda, mientras él, cerca de mi asiento, se llevaba la cuchara a la boca y chasqueaba la lengua paladeando el arroz. Parecía tranquilo.
A las nueve y media fuimos a la cocina porque era la hora en que Villegas se quedaba solo, luego de servir los platos a la plana mayor.
Allí, nos estaba esperando.
-Sacad de esa tartera, que es la cena del teniente, acá tenéis un plato hondo. Y tú, Cobas -apuró -dame ahora el encendedor.
Recaredo Cobas tenía un encendedor con la imagen de una modelo en malla verde que, al encender la mecha, quedaba desnuda. Yo no podía creer que el plato de guiso para Britos costara ese erotismo y se lo iba a decir al miserable de Villegas, pero ya el encendedor estaba en sus manos mientras Cobas, apresurado, quitaba la tapa a la olla y metía el cucharón.
Una albóndiga redonda y gorda, rebosante de salsa, humeante todavía en medio de habas y trozos de unto subió a la superficie de un caldo perfumado de azafrán. Cobas, la dejó caer en el medio del plato abundante y tapó todo con un repasador que estaba sobre la mesada de piedra.
-Toma -dijo -llévalo tú. Yo iré adelante.
Entonces salimos los dos por la puerta del costado, hacia la enfermería.
Quedé pegado a la ventana mientras el otro espiaba. No había nadie. Pasamos al cuarto donde descansaba Britos. Sentado en la cama, miraba las manchas de humedad del techo, y cuando nos vio, pareció sorprendido.
-Te trajimos algo para comer, come tranquilo que es la cena del teniente -dijo Cobas. Puse en las manos de Britos el plato de guiso. Al momento, lo apoyó en las rodillas y tomando la cuchara, la hincó en el centro y levantó la albóndiga. Abrió la boca y masticó goloso, arrancando con los dientes los trozos jugosos, pasándose la lengua por los labios manchados de salsa.
Desde los pies de la cama vimos a Britos, las mejillas rellenas, pasar el dedo por el borde del plato enlozado.
Cuando terminó se limpió las manos con el repasador.
-Gracias rapaces, esto sí que estaba bueno -dijo, y sonrió acomodando la espalda en la almohada después de la comilona.
Al rato volvimos a la cocina y dejamos el plato y los cubiertos. Villegas, sentado en el banco de madera donde pelaba las patacas, se entretenía con el encendedor de Cobas y con la chica de la malla escotada, que ya debía tener nombre propio.
Nos fuimos a dormir sin decir una palabra.
Temprano, a la mañana siguiente, cuando entré al baño, Cobas conversaba con Britos.
-Me dieron el alta, estoy como un carballo -me dijo al verme y continuó pasándose el peine por el pelo. Me apuré a lavarme y salí para la rutina.
Hacia el atardecer, coincidimos debajo del alero con el aragonés y un sargento de Las Nieves.
Britos, a voz en cuello entonaba un alalá  mientras el pobre Cobiñas encendía un cigarrillo negro rascando un misto.
Al rato llegaron tres o cuatro que siempre traían novedades. El de Lugo, que era mozo simpático y lingoreteiro, contó que venía una inspección de higiene y andaban por la cocina limpiándola del suelo al techo.
-Como una patena ha de quedar. ¡Lástima de Villegas! Anda como tolo, ordenando las alacenas y dejando las tarteras brillantes. Y para colmo de males, buscando desesperado el estropajo de arpillera que debió extraviar en el lugar menos pensado. Siempre el mismo distraído -rió el lucense, estirando el cuello para aclararse la garganta -¡Vaya o demo a saber dónde lo puso!
Recaredo Cobas me miró, el humo le cubrió por un momento la mirada sarcástica.
Desde la orilla del patio de tierra, la voz de Britos, llegaba más potente que nunca, recitando los versos de Rosalía, con una galanura inimaginable.
Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños.
Pero, en los recuerdos que vuelven, llega palpable la generosidad de Cobas y la voz de Camilo Britos, como un perfume de chuvia miúda que golpea los cristales daquel tempo noque foramos rapaces.
                    
                                                                                                 * * *

Apuntes en torno a  “O tempo noque fóramos rapaces”*, Por Alberto E. Feldman

Para todos aquellos que seguimos desde siempre los avatares de la Guerra Civil Española, todo escrito, sea histórico o ficcional  nos enriquece y nos apasiona;  muchos de nosotros parecemos esperar después de tantos años lo imposible,  un resultado  distinto  al que fue.
En este cuento delicioso, Marita pone algunas cosas en su lugar, sin una sola gota de sangre,
Destacando en primer plano la amistad  de tres jóvenes veinteañeros  en la “mili”, en un comienzo de la Guerra en España, apenas esbozada por los camiones llegados  de madrugada al campamento cercano a Vigo,  etapa previa de la partida de los jóvenes soldados para el frente.
Con una suavidad, que contrarresta los horrores por venir, describe la amorosa tarea de dos de ellos, los humildes y sufridos  Cobas y Pérez, para  alimentar mejor y más rico a Britos, hijo de una familia acomodada,  internado en la enfermería por un agudo ataque vesicular, y pone de manifiesto que aún dentro de una catástrofe general, hay un lugar para el afecto y la solidaridad individual.
En un marco donde el “rancho” parece jugar un papel principal, descrito con entretenida prosa, los que hemos hecho el servicio militar recordamos un dicho clásico a la hora de comer: “ Los ingredientes son  siempre los mismos,  pero si el plato se da vuelta  en el aire y cae su contenido, es sopa; si éste queda pegado al plato, es guiso”.
Marita Rodríguez -Cazaux  ha conseguido algo más que construir un bello cuento: ha logrado que muchos de los que leemos con pasión, pero tendenciosa y superficialmente sobre la Guerra Civil,  venzamos el prejuicio de creer que  todos los componentes del Ejército  denominado “Nacional”, incluidos los reclutas oriundos de las provincias gallegas,  seguían entusiasmados a su paisano, el caudillo de El Ferrol.
Con una sencillez meridiana, y lo mismo que al principio, sin consignar fechas, Marita  señala: “Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños”.
                                                                                             * * *         

*Cuento que  pertenece al libro “Del glamour a la ciénaga”, de Marita Rodríguez-Cazaux- Editorial Dunken (2013).



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EN LOS JARDINES DEL GENERALIFE

                                                                                                         Por Alberto Ernesto Feldman

Generalife
¡Qué contenta se hubiera puesto la señorita Alicia Mercado, profesora de Música  del secundario, si supiera cómo fructificó lo que  sembró en aquel lejano 1955 en una clase de 2° año!… En ese entonces y para sorpresa nuestra, que estábamos cansados de aprender de memoria las notas del pentagrama en  todas las claves y una teoría musical que a nadie interesaba, entró a la clase cargando un tocadiscos portátil y un disco que temblaba en sus manos.
-¡Buen día chicos! ¡Quiero que escuchen esto y me digan lo que sienten!…
La mayoría nos reímos estúpidamente al principio. Ella  no conseguía mantener la disciplina y para nosotros, una horda de casi cuarenta salvajes, la clase de Música era una extensión del recreo.
-Esto se llama “Noches en los jardines de España”, tiene tres partes, todas referidas a jardines y es de Manuel de Falla, un  brillante músico andaluz- dijo mientras comenzaban los primeros acordes:
… paaaam… pam,pam,pam,paaaam…pam-pam-pam-taaaam…
Empezamos a hacer silencio, primero asombrados y luego hipnotizados por la belleza de una lluvia de notas cantarinas que nos hablaban de surtidores de agua entre macizos de flores  y plantas acuáticas. Más que intuir, veíamos el movimiento de los peces de colores  en esas piletas rectangulares y, unos pocos minutos más tarde y hasta el final de la obra, ya olíamos jazmines y azahares y contemplábamos, con la boca  abierta, rosas y dalias volando  por el aula.
Mientras el piano y la orquesta seguían pintando ese cuadro, donde la delicadeza de la filigrana árabe y la rotunda solidez de lo español se trenzaban, de la misma forma que el  palacio, que  Carlos  V hizo construir, se erguía desafiante entre la serena belleza de los arcos y las columnas de los recintos moros, la voz de la profesora nos contaba que  la palabra “Generalife” era la
castellanización del árabe de “Jardín o huerta del Arquitecto”, que la Alhambra y sus jardines habían comenzado a construirse en el año 1328 y  que en 1492  un lloroso califa Boabdil rendía allí, ante los Reyes Católicos, el último reducto árabe en España.
En ese punto confundo un poco las cosas. No estoy seguro si lo decía la profesora Alicia Mercado en aquella inolvidable clase de Música de 1955 o la guía de turismo, explicándonos lo que veíamos en la  Alhambra, en la primavera del 2001.
Caminando por esos maravillosos jardines,  no podía concentrarme en lo que decía la guía. Estaba desatento, la música de Manuel de Falla daba vueltas y vueltas en mi cerebro y me  estrujaba de emoción el corazón.
Profesora: Esto es lo que me hizo sentir la  Música que usted trajo. Muchas gracias y perdone por la demora en contestarle.

* * *

"EL HOMBRE QUE DIJO ADIÓS”, DE ANNE TYLER

                                                                                                                    Por Germán Cáceres
Autor
Está narrada en la primera persona de Aaron, dueño de una editorial de Baltimore, cuya esposa Dorothy, falleció en un accidente ocurrido en la propia casa de este matrimonio sin hijos. Pero la imagen de ella se le presenta fugazmente, y el protagonista evoca los momentos felices que vivieron: “y desprendía una especie de calma, una calma que emanaba de su interior y que hacía que me sintiera en paz siempre que estaba con ella”. Estas visiones fantasmales de Dorothy no pueden menos que evocar el filme Ghost, la sombra de un amor (1990), de Jerry Zucker.
Tyler utiliza un estilo simple para contar una historia sencilla, sin ramificaciones, hecha de mínimos detalles, propios de la cotidianeidad. Hay ternura y calidez en su enfoque. El tratamiento trae a la memoria la película neorrealista Umberto D (1952), de Vittorio de Sica, que relata la triste y rutinaria existencia de un viejo jubilado.
Aaron y Dorothy son buenas personas y, por lo tanto, queribles. En principio parecen haber gozado de una felicidad cándida: “tu esposa es precisamente la persona con la que quieres comentarlo todo.” Pero Aaron comienza a reconocer que hubo cosas que no anduvieron bien y enumera los muchos malentendidos que sucedieron, hasta que por último admite que las discusiones se convirtieron en la forma de dialogar de ambos: “Lo que sí recuerdo es aquella sensación tan familiar, de agotamiento e impotencia., (…) en la que nos peleábamos obstinadamente, sin que ninguno de los dos venciera nunca.” Y la novela se torna triste y amarga, como si los pequeños pormenores de la vida diaria fueran portadores de infelicidad y frustración.
No obstante, surge un espacio para la esperanza: Aaron vuelve a casarse, cesan las apariciones de Dorothy y con su nueva esposa tiene una hija. Como si aportar descendientes al planeta fuera la posible solución de los conflictos de familia.
Uno de los tantos logros del libro es crear un suspenso acerca de cuál personaje femenino elegirá Aaron –si es que lo hace- entre la galería que surca El hombre que dijo adiós.
La perspicacia de Anne Tyler –como su incuestionable cuota de escepticismo- parecería indicar que los mejores momentos de una pareja se encuentran en los comienzos de la relación: “retroceder a la casilla número 1: simplemente ´estar´ juntos, al principio. Sentarnos y ya está. No hablar; no estropear las cosas. Sentarnos allí, codo con codo, y ver pasar el mundo.”
La traducción pertenece a Ana Mata Buil.
La autora nació en Minneapolis en 1941 y ha publicado diecinueve novelas. Obtuvo los siguientes premios: Pulitzer 1989 por Ejercicios respiratorios, National Book Critics Circle Award en 1986 por El turista accidental, PEN/Faulkner Award en 1983 porReunión en el restaurante Nostalgia.


* Germán Cáceres (Avellaneda, 1938) Dramaturgo, conferencista y escritor argentino.






“LUNAR”, DE MELISA ORTNER

                                                                                                  Por Mariana Ruíz
Ortner
Veo un antiguo pueblo, a  sus habitantes y viajo en bicicleta  por sus calles extrañas.
Un leve cosquillo en mi nariz dice que los pelos de gato están bailando en el aire. Pero no estoy en medio de ellos, la lectura de los versos causa la sensación.
Estoy con la abuela viendo como cocina, mientras un sonido de teclas de piano resuena como eco en mi imaginación.
Una columna diferente, un cuerpo alterado, una nueva mujer. Clavos y fierros se hacen carne en su espalda para darle paso a un distinto nacer, renacer una y otra vez…
La niña adorada, el amor eterno, la tristeza en algunos momentos, la esperanza y el fortalecimiento.
La muerte, aún lejana pero cerca de repente, en algunos instantes toma protagonismo haciendo surgir a las almas que vagan perdidas buscando la luz de la luna. Mientras los hombres en la tierra lloran las partidas.
La luna descripta en sus diferentes fases, como si en esos cambios reflejara, a su vez, los estados de ánimo, mostrando la ternura que se esconde en ella.
Observo el libro, lo abro, lo cierro, lo palpo, lo husmeo y siento que acaricié la luna. La distancia disminuye y de repente profeso una eterna devoción hacia ese astro que, dependiendo el ciclo en el que se encuentre, cambia de forma y de tamaño. Por momentos se la ve lejos y por otros muy cerca, manteniendo siempre su brillante luz.
Melisa con su primer poemario nos hará transitar cada semblante de su vida, cada sentimiento y cada sensación, desde la angustia y el ahogo hasta la felicidad perdurable.
Pequeñas formas que para ella pasaban desapercibidas, hoy se volvieron atractivas y asombrosas, un mundo nuevo se colocó delante para darle rienda suelta a las palabras y entramarlas en delicados versos.
El arte aparece como la primera vez, distorsiona el ojo humano dotándolo con la extraordinaria capacidad de ver los objetos de diferente manera, los transforma en otra cosa para darles una nueva identidad: la identidad de la poesía.
La autora nos abre un sendero compuesto de bellas palabras, versos e historias ocultas, invitándonos a caminar junto a ella este recorrido Lunar.
Un libro que mezcla el amor por las frases con la técnica para poder expresarlo en tan simples y pequeñas oraciones, exponiendo en cada capítulo un aspecto personal de la vida de la autora.
Un libro sumamente inspirador para todos aquellos que creen que el amor no sólo se encuentra entre las personas, sino también en los pequeños detalles.
Una niña/mujer con su largo cabello del color de las hojas cuando comienza el otoño, sostiene una luna grande y completa. La observa curiosa, tratando de descifrar los enigmas que esconde, mientras las rimas, frases y versos revolotean al compás de la luna.
Así comienza Lunar; desde la tapa marca los indicios que encontrarás en su interior y, desde aquel lugar, podrás advertir cómo la luna en tus manos se posó.
Tapa


"Lunar", es el primer poemario Melisa Ortner. Lo presentó el 18 de Septiembre en Mu Punto de Encuentro, en el barrio de Congreso, Buenos Aires. 

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“ARAB JAZZ”, DE KARIM MISKÉ

Miské
El título es un homenaje a la novela White Jazz, de James Ellroy, a quien el autor admira de una manera que puede tildarse de devoción. Además – como Ahmed, el protagonista de Arab Jazz-, Miské es un asiduo lector del género policial: Horace Mc Coy, James Hadley Chase, Raymond Chandler, James Cain, Dashiell Hammett, y la lista continúa. Pero también cita conjuntos de rock, música pop y hip-hop, famosas marcas de ropa, y utiliza términos actuales en el marco de un rico vocabulario.
La acción transcurre  en el Distrito 19 de París, uno de los más violentos y peligrosos, dominado por el crimen, la droga y la corrupción policial. Ahmed deambula entre el sueño y la vigilia, en medio de fantasías. Los demás personajes, como él, se muestran idos, ausentes y pensando en un hipotético futuro.
La novela se abre con un horrendo asesinato ritual (como los de la serie True Detective), cuyos pormenores de pesadilla van detallándose con cuentagotas. Su lectura no es sencilla por cuanto  Karim Miské crea un clima fantasmagórico y narra los hechos desordenadamente, como si proviniesen de asociaciones de ideas que cobraran fuerza propia. Y así surge un mundo apabullado por la violencia y el descontrol sexual.
Su escritura es envolvente, repleta de matices y con muchos monosílabos. La traducción de Eduardo Berti resulta ejemplar: realizó un trabajo maestro, de orfebrería.
La compleja trama de Arab Jazz introduce permanentemente nuevos personajes con tortuosas historias personales. Asimismo, están acosados por una ansiedad incontrolable y por el sentido del pecado propagado por los grupos fundamentalistas religiosos (musulmanes, judíos y cristianos). La novela subraya que muchos de sus miembros consumen drogas sintéticas o son pacientes recuperados (“…y eso es lo que yo deseaba: una inmersión en la locura de las religiones. La gran locura de los creyentes o, mejor dicho, de quienes colman sus agujeros, su vida interior, con el cemento de la certidumbre”, afirma un comisario.)
El escritor conoce en profundidad el universo de los marginados de París, y parece querer decir que los sumergidos no se quedarán quietos: van a matar en forma salvaje a quienes los explotan. Lo terrible es que esta rebelión deriva hacia el fundamentalismo y  genera el espanto. Una canción tiene la siguiente letra: “La vida de un árabe, la vida de un negro, /No valen nada, hermano mío, en este lugar…”)
Este libro escapa a los cánones de la literatura policial y se convierte en una creación original.
Karim Miské nació en Abidjan, Costa de Marfil, en 1964, y es hijo de padre mauritano musulmán y de madre francesa marxista. Vive en París y estudió periodismo en Dakar. Es documentalista y ésta, su primera novela,  en 2012 obtuvo el Gran Prix de Littérature Policière. En una entrevista que le hizo Silvina Friera para Página/12(10.8.14) definió Arab Jazz como “una novela metafísica sobre el mal” (…) “El problema de nuestra época es que piensa que se puede eliminar el mal y la violencia y eso engendra aún más problemas con el mal y la violencia.”

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EL PIANO Y LA TROMPETA

                                                                                                    Por Alberto Ernesto Feldman

Piano y trompeta
Un poco para tratar de conciliar el sueño, que ahora, a los setenta años, no quiere quedarse conmigo después de la  cinco de la mañana, y otro poco para repasar, con una dulce melancolía, los primeros pasos de  ese joven médico psiquiatra que  fui,  reviví  esta madrugada el caso de Carlos H., uno de mis primeros pacientes particulares, en una época en que creía que todo lo que debía saber estaba en los libros.
Carlos era un muchacho de algo menos de treinta años, aproximadamente la misma edad que tenía entonces. Había sido traído a la consulta por sus padres, un matrimonio mayor de aspecto severo y trato muy formal, deseoso de recuperar la salud mental de su hijo que, según su criterio,  al que en principio adherí, estaba muy deteriorada. Me dejaron una lista  de  cuatro o cinco  actitudes rutinarias de su hijo, que, al parecer,  no dejaban lugar a dudas sobre su comportamiento maníaco y que me servirían como  orientación para abordar el tratamiento.
En la segunda consulta vino solo y parecía mucho más tranquilo y desenvuelto que la primera vez, entonces decidí  encarar con determinación el primer punto de la lista.
-Carlos… ¿Qué lo lleva a levantarse todos los días a las 6.30 de la mañana, volver a acostarse a las 6.45 y  dejar la cama definitivamente a las 8.00?
Me contestó con  dos preguntas:  -Doctor, ¿Usted  fue a primer grado en el turno de la  mañana?… ¿Usted vivió en algún humilde barrio de los suburbios?- y antes de  que tuviera tiempo  de  pensar la respuesta, me  disparó la  tercera  pregunta: -¿Usted tuvo que caminar  quince cuadras todos los días, llueva o truene, para llegar a  la escuela?
Tuve que admitir que mi respuesta era tres veces negativa.
-Entonces, doctor, tendrá que convenir conmigo en que difícilmente podría ponerse en el lugar de un chico de seis, o pocos  años  más, caminando en invierno, pisando escarcha, con la nariz, las orejas y los dedos duros de frío y llenos de sabañones,  añorando el solcito del mediodía, sólo porque su padre piensa que el turno tarde es para los  débiles y los  haraganes.
-Carlos, eso no explica su actitud actual de todas las mañanas.
-Sí, lo explica, doctor, siempre que usted quiera verlo.  Pongo el despertador a las seis, me levanto como un zombi y, cuando me avivo un poco, me doy cuenta que no tengo seis años y que no voy a  salir a ese frío brutal,   porque  ahora soy empleado y entro a las  diez. Vuelvo a la cama, que  todavía está calentita y duermo durante una hora y cuarto el mejor de los sueños…
Irritado conmigo mismo, pensé que mi paciente me  iba ganando  uno a cero.
Cuando se fue, miré el segundo punto de la lista y, para mis adentros,  me dije que   descontaría la ventaja en el próximo partido, digo, en la siguiente consulta.
En esa  tercera entrevista, que fue la última, una vez que  entró,  saludó y  se sentó  cómodamente frente a mí,  le descerrajé a quemarropa  el segundo punto de la lista dejada por sus padres:
-Carlos, ¿cuál es la razón para tocar, todos los días, el timbre de la casa de al lado e irse sin esperar que lo atiendan?
Nuevamente contestó con otra pregunta: -Doctor… ¿Usted nunca jugó al “Rin-raje” con sus amigos?
-Sí, cómo no, todos lo hemos jugado alguna vez, respondí.
-No, todos no. Yo no jugaba ni tenía amigos, me pasaba las tardes mirando por la ventana como jugaban los otros chicos… No me dejaban salir;  mi madre temía a las malas compañías,  a la mordedura de un perro, a  los accidentes de tránsito, a  las enfermedades contagiosas y, un poco más tarde, a todo lo referido al sexo… Por solo mencionarle algunos de sus temores… Por otra parte, si toco todos los días el timbre de la casa de al lado y me voy sin esperar respuesta, no veo porqué se  asombra; después de todo, cuando usted jugaba al “Rin-raje”, seguramente  no se quedaría esperando a que  salga el dueño de casa, ¿verdad? De todos modos, no se preocupe doctor, esa casa está desocupada  desde hace muchos años, y yo toco el timbre sabiendo que, como todos los días, mis padres están mirándome desde la puerta de casa, con sus cabezas asomadas,  para asegurarse de que llego a la esquina sano y salvo. Yo actúo para ellos; ellos ya actuaron para mí. Me pasé toda la vida entre un padre que quería que su hijo  se “hiciera  hombre”,  a fuerza de privaciones,  y una madre que quería  evitar que algo me lastimara, creo que  una de las pocas cosas  en que se pusieron de acuerdo es en traerme hasta usted… ¡Tuve que decirles que dejo pasar ocho  ómnibus y que doy cuatro vueltas a la manzana antes de entrar al trabajo, como escribieron en esa lista que usted tiene ahí,  sólo  para justificar el tiempo que empleo en mis clases de Música en un Conservatorio próximo,  porque  papá piensa que la Música es cosa  inútil,  y por lo tanto descartable. ¡No sabe usted lo feliz que soy tocando la trompeta! ¡Creo que cuando me aumenten  un poco más  el sueldo, me voy a vivir solo y  a formar mi propia banda!… ¡Y seguramente me voy a animar a tener  una chica a mi lado!
Lo vi tan feliz, con la mirada brillante, conservando su trabajo y con  proyectos tan viables, que no  pude menos que  decirle,  al despedirnos, que quienes debían  recibir atención médica eran sus padres.
Poco tiempo más tarde, caí en la cuenta de que él me había  enseñado algo que no  estaba escrito en ninguno de los libros que había estudiado;  que nunca es tarde, aun  teniendo que luchar contra viento y marea,  para completar el rompecabezas de la vida.
Y fue desde entonces que me puse a  tocar el piano, que es lo que siempre me había gustado.
Después de todo, ya le había hecho el gusto a mi padre, que quiso que fuera médico, y ahora había llegado el momento de  complacer a  mamá… ¡A ella sí que le gustaba la Música!… ¡Estos viejos!…