domingo, 17 de agosto de 2014

RELATOS


Uno, dos, tres.

Por Fernando Veglia
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En un edificio oscuro y avejentado, recostado sobre la calle Sarmiento, estaba el estudio jurídico “Gutiérrez y Asociados”. En un pequeño ambiente, destinado a la recepción, atendía llamadas telefónicas y clientes Omar Güero, un hombre de cuarenta años, que trabajaba, hacía por lo menos dos décadas, para la adinerada familia Gutiérrez.
El estudio jurídico estaba al mando del hijo menor de don Gutiérrez, Óscar. Un muchacho, haciendo sus primeras armas en la profesión, asociado al abogado de su padre, Juan Carlos Bedart.
Los clientes no eran amables, ni cordiales, eran personas con problemas por resolver. Los había de toda clase, desesperados, violentos, llorones, irónicos. Omar Güero, con su inagotable paciencia, los contenía y comprendía. Lo que no comprendía, acostumbrado al trato respetuoso de don Gutiérrez, eran las actitudes de los abogados y, a veces, las de Óscar y Bedart.
Nueve de la mañana. Omar llegó al estudio, encendió algunas luces y el ordenador del despacho. Sonó el teléfono.
—Estudio Gutiérrez y Asociados, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, buenos días, ¿está el doctor Gutiérrez?
—No se encuentra, ¿quién habla?
—El doctor Viti. ¿A qué hora llega?
—En media hora.
—Dígale que es urgente, por favor. Que me llame. ¿Tiene mis teléfonos?
—Sí, doctor. Hasta luego.
—Hasta luego.
Nueve y media de la mañana. Omar leía los titulares del periódico matutino, mientras bebía té. Sonó el teléfono.
—Estudio Gutiérrez y Asociados ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Llegó el doctor Gutiérrez?
—No ha llegado. ¿Quién habla?
—El doctor Viti. Ayer, me dijo que llamara a las nueve. ¿Usted sabe si está en la  casa?
—No lo sé. Todavía no llegó al estudio. Seguramente está por llegar.
—Por favor, dígale que me llame. Es urgente.
—Sí, doctor. Hasta luego.
—Hasta luego.
 Diez de la mañana. Omar ordenó la agenda del día, comenzó a redactar unos escritos. Óscar Gutiérrez ingresó al estudio.
—Buen día, Omar. ¿Llamadas?
—Buen día, señor Gutiérrez. El doctor Viti llamó dos veces. Pidió que lo llamara, con suma urgencia.
—Si vuelve a llamar, dígale que no estoy.
El doctor Gutiérrez, encerrado en su despacho, comenzó a realizar llamadas.
Diez y media de la mañana. Omar estaba a punto de irse; debía realizar un depósito bancario. De pronto, el timbre del teléfono lo interrumpió.
—Estudio Gutiérrez y Asociados, ¿en qué puedo ayudarle?
—¿Llegó el doctor Gutiérrez o no me quiere atender? —preguntó Viti con fastidio e ironía.
—El doctor no ha llegado –contestó Omar con calma.
El silencio invadió la conversación telefónica.
—¡Usted me está tomando el pelo! ¿Sabe o no sabe a qué hora llega? –preguntó Viti a voz en cuello.
Omar, revestido de la concentración que envuelve a los cirujanos antes de realizar una intervención, contestó: – A las nueve y media, tenía entendido, iba a estar aquí. Pero debe estar retrasado, porque no se ha comunicado conmigo…
—¡Dígale que me llame! –Gritó Viti
La comunicación concluyó abruptamente. Omar, algo molesto, fue al banco.
Dieciséis horas. El doctor Bedart ingresó al estudio jurídico.
—Buenas tardes, Omar ¿Cómo le va?
—Bien doctor. El señor Óscar está en el despacho. El doctor Viti llamó reiteradas veces.
Bedart hizo un gesto de alarma, miró el rostro de Omar agresivamente y su color de piel lechoso mutó en el rojo intenso de una brasa, hasta que su boca expulsó fuego en un grito: –¡Me tiene que avisar al teléfono móvil!
—Señor, yo…
—Señor nada. ¿Hace cuánto que trabaja acá?
—Hace seis meses, pero permítame explicarle…
—¡No me explique nada!
Bedart dio por terminada la conversación, encerrándose en el despacho donde estaba Óscar Gutiérrez. Estalló un griterío.
Omar, con los ojos envenenados, abrió el primer cajón de su escritorio, tomó las llaves de su hogar, la billetera y una pequeña agenda. Se fue sin saludar a nadie. Su alma y su cuerpo contenían una carga de odio enorme y temía derramarla, por accidente, sobre otra persona. Necesitaba llegar a su departamento, a un refugio.
Caminar lo relajaba, no le interesaba volver a la oficina, disculparse con Óscar y Bedart o, lo que era peor, volver a escuchar al doctor Viti. Sentía amargura, le habían faltado el respeto. Concentró los pensamientos en su esposa; la sorprendería llegando temprano. Ese día, como tantos otros, necesitaba contención.
Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido. Sin decir palabra, ni siquiera pedir una explicación, entró en la sala, caminó hasta el balcón y, parándose en la baranda, gritó: “¡Gutiérrez, la madre que te parió!” Ante la sorpresa de sus dos únicos espectadores, saltó al vacío.
Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido. Corrió hacia el extraño y lo golpeó hasta que no presentó ninguna resistencia. Lo había matado. Buscó a su esposa con la mirada; hablaba por teléfono entre lágrimas y jadeos. Seguramente estaba pidiendo socorro a la policía. La derribó de un golpe, dejándola inconsciente. La arrastró hasta el balcón y la arrojó al vacío. Sólo restaba vengarse de Óscar y Bedart.
Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido. Saludó cordialmente a ambos. La mujer le presentó al marido de Anita, vecina del octavo “A”. Anita estaba en la cocina. Compartió con ellos el infortunio que lo había desequilibrado y, para su beneficio, la pareja le ofreció trabajo, con un sueldo que doblaba al que tenía.
Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido. Rompió en llanto. El amante de su esposa, aprovechando el momento de debilidad, escapó. Ella sólo atinó a abrazarlo y a explicarle lo sucedido.
Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido…
La hoja, transformándose en una pantalla, permitió que el escritor observase la situación, como quien mira un programa de televisión. Omar, el personaje, lo miró fijamente, estiró sus brazos y tapó la hoja pantalla.
El escritor, incrédulo, volvió a escribir: “Omar ingresó rápidamente a su departamento, sorprendiendo, en el living, a su esposa con un hombre desconocido” La hoja volvió a transformarse en una pantalla. Omar, paralizado, miró al escritor y gritó: “¡No me hagas la vida infeliz! Estoy cansado de ser tu personaje, de tu manoseo ¿Quién te pensás que sos? ¿Cuántos malos posibles finales escribirás?
—Yo escribo el final que quiero –contestó el escritor, sorprendido y fastidiado.
—¡No! Vos vas a escribir el final que yo quiera. Mi esposa está esperándome, desea consolarme, amarme. El hijo de don Gutiérrez, Óscar, muere. Mátalo como quieras. Recibo, de parte de don Gutiérrez, una generosa donación. Bedart y Viti mueren infartados o del peor modo posible…
—Me niego a escribir ese final, es pésimo… Tú eres mi capricho…
—¡Vete al diablo! –Gritó Omar.
—Claro, sí…  –contestó el escritor, enfurecido y a punto de destruir la hoja haciéndola un bollo.
—¿Me querés matar? ¡Asesino!
Omar extrajo un revolver de su cintura y, sin dudarlo, disparó.
En una habitación solitaria, un cadáver tapizaba el suelo y una hoja continuaba descansando sobre un escritorio; en los cuatro renglones finales, podía leerse: “Estimado lector, escribe Omar Güero, esta narración ha finalizado. Ha sido una ficción demencial con rasgos de realismo. Todo lo que puede ser y no ser, expresión de algo es”.


Relato incluido en el libro Líneas (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005)
publicado en fernandoveglia 
Al Autor  pertenecen todos los derechos y atribuciones.

viernes, 15 de agosto de 2014

DESENCUENTROS



TERCERA PERSONA  


Pensarte en tercera persona.
A la distancia que en la escollera guardan
los pasos esquivos al peligro del río.

Saberte en tercera persona.
Tu sombra sobre otra sombra empalmada,
fija en el mandato que el semáforo indica.

Entenderte en tercera persona.
Monosílabo, interrupción. Silencio.
Apagado murmullo sin arrojo.

En tercera persona, sin Vos y Yo, la vida.
Mansedumbre de vaga simetría. Escondite.
Agazapadas paredes en penumbras.

Equilibrio sobre andamios de cristal,
turbios espejos, cables cortados.
Apenas  migajas en un hambre de guerra.

Perder mi Yo, bajar al nada. Olvidarme del Vos.
Seguir desestabilizando conjugaciones.
Y perderme, perdida, en tercera persona.






 MUDEZ 


Los dos sabemos que no hay palabra cierta.
Que no hay modo de echar a andar
un vocablo que contenga
este ultramar de cuerpos que nos ata.
De cuerpos y de vísceras, de alma,
de lo recóndito, oscuro y luminoso
que batalla en la existencia.

Los dos sabemos que vamos al silencio.
Que no hay para nosotros lengua alguna,
que pueda presentir siquiera.

Sabemos, a verdadera ciencia,
irremediablemente,
que mañana,
hoy, nunca,
o dentro de mil años,
nos hemos de perder.
Y tampoco existirá palabra que lo cuente.



M.R.-C.
PASOS DESNUDOS - 
Poemario (2013)

miércoles, 13 de agosto de 2014

PERIÓDICO IRREVERENTES

EN VUELO

Por Marita Rodríguez-Cazaux
Alas
En vuelo

PERIÓDICO IRREVERENTES

“LOS AÑOS DE PEREGRINACIÓN DEL CHICO 

SIN COLOR”, DE HARUKI MURAKAMI

                                                                                          Por Germán Cáceres *
TAPA II
Tsukuru Tazaki es el único miembro de una autoproclamada pandilla de cinco adolescentes (dos mujeres y tres varones), cuyo apellido no significa ningún color. Esa circunstancia parece aludir a la personalidad vacía, sin relieves, que él mismo suele atribuirse.
Un misterioso y siniestro suceso daña la cohesión y el afecto que anidaban en el grupo, y curiosamente –como la célebre Rashomon, de Akutagawa- cada uno de los integrantes tiene una visión parcial y subjetiva del hecho, tanto que el protagonista llega a integrarlo a sus sueños y a confundir éstos con la misma realidad (“Una sensación peculiar que quizá sólo se experimenta en lugares oscuros, ocultos, en los que lo real y lo irreal se mezclan furtivamente”). De esta manera se plantean situaciones al borde de lo inverosímil que el arte del escritor logra hacer creíbles. Estos jóvenes evocan a las amistades tempranas que refieren El sentido de un final yMetrolandia, de Julian Barnes.
La novela respira cierta fatalidad, situaciones en las que abundan las despedidas definitivas porque los personajes no dudan de que jamás volverán a verse, ya que la vida transita por derroteros zigzagueantes, hasta laberínticos. Por ello el libro termina con un final abierto.
Murakami posee una suerte de imán: el lector no puede menos que devorar sus libros, cuya prosa fluye plácidamente, como si en vez de escribirla en japonés la hubiera realizado en español. Ello también es posible por la magistral traducción de Gabriel Álvarez Martínez.
Como en toda la obra de este narrador, la muerte y el suicidio permanecen omnipresentes a la manera de un leitmotiv. Uno de los personajes afirma: “Con franqueza, te diré que vivir es un fastidio. No me importa lo más mínimo morir”. Los años de peregrinación del chico sin color es también una novela sobre la soledad, la incomprensión entre los seres humanos, los desencuentros amorosos y la pérdida de la mayor parte de las ilusiones juveniles (“Que esa época tan asombrosa haya quedado atrás y ya nunca vaya a regresar. Que tantas posibilidades fabulosas hayan desaparecido, como si el tiempo se las hubiera tragado”).
Todos los personajes, aún los secundarios, resultan vívidos y convincentes a través de los precisos diálogos que reflejan sus perfiles psicológicos y de las insuperables descripciones de sus cuerpos y fisonomías.
Haruki Murakami (Kioto, 1949) –un frecuente candidato al Nobel- ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Franz Kafka, el Tanizaki, el Noma, el Jerusalem Prize  y el Internacional Catalunya 2011. Dentro de su extensa producción pueden citarse sus novelas Tokio blues; Al sur de la frontera, al oeste del solSputnik, mi amor y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

“Los años de peregrinación del chico sin color”, de Haruki Murakami (Tusquets Editores, Buenos Aires, 2013, 320 páginas)

AVANCE "EVOCANDO VIÑETAS 2" DE GERMÁN CÁCERES

          CUBIERTA DEL LIBRO DE PRÓXIMA PRESENTACIÓN
                              
                                    EVOCANDO VIÑETAS 2
                              
                                    DE GERMÁN CÁCERES



Foto: Ilustración de tapa del libro "Evocando Viñetas 2", de Germán Cáceres. Por Alejandro Aguado


         CON ILUSTRACIÓN DE ALEJANDRO AGUADO





Germán Cáceres, Avellaneda, Prov de Buenos Aires  (1938)
Escritor y dramaturgo argentino de emblemática obra cultural.

martes, 12 de agosto de 2014

RESEÑAS LITERARIAS


     

“Poemas combativos”, de Nazim Hikmet



Por Fernando Veglia
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Nazim Hikmet me cautivó con cinco poemas; pertenecían a una breve antología de poesía oriental. El recuerdo de sus palabras, de un gigante de ojos azules, de que todo está por verse y por decirse y de una libertad espiritual, me perseguía. No sabía por qué. Lo cierto era que deseaba hundirme en su mundo.
En algunas librerías resultó un desconocido y en otras un recuerdo. En los usados, por más que revolviese, no lo hallaba. Internet no ofrecía las oportunidades actuales.
Por lo menos, tenía los cinco poemas y sabía que Nazim Hikmet (1902-1963) era un poeta turco, que estudió en la universidad de Moscú y que modernizó la poesía de su país. Militante comunista, estuvo preso –por sedición– más de diez años y emigró a la U.R.S.S. para salvar su vida y nunca más retornar a su patria. Indudablemente fue un hombre comprometido con sus pensamientos y su época, que hizo de su poesía rebelión y resistencia.
Después de siete años y gracias a un llamado telefónico, hallé Poemas combativos; lo comercializaba una distribuidora. Se trata de una antología que reúne veintiséis poemas, escritos entre 1929 y 1950.
La obra ataca a los poderosos, a sus palabras, a la opresión. Alienta a combatir, a  resistir. Testimonia la asfixia de la celda, la libertad del espíritu, los eternos deseos de bienestar y la continua lucha. Evade las pesadas redes políticas, de cruda protesta. Logra, valiéndose de creatividad y de un lenguaje nítido, hacerse atemporal y transponer cualquier frontera.
La poesía de Nazim Hikmet late, vive. Su temática combativa está vigente, puede palparse en las calles, oírse en las manifestaciones, padecer bajo los bastones, resistir y volver a erguirse, palabra por palabra, incansable y desafiante.

EL ENEMIGO
II
Nuestros brazos son ramas que se cargan de frutas
y que nuestro enemigo sacude día y noche, golpeándonos.
Y para despojarnos más fácilmente, más tranquilamente,
ya no encadena más, querida, nuestros pies
sino la raíz misma de nuestro pensamiento.

ENTENDER
Desde el canto de cuna de las madres
hasta el informativo de las radios.
Vencer a la mentira en todo el mundo,
en nuestro corazón, en el libro, en la calle.
¡Qué fantástico gozo el de entender
qué es lo que se va, qué lo que viene!

Página de fernandoveglia.
Al Autor pertenecen todos los derechos y atribuciones sobre el texto compartido en este blog literario.
M.R.-C.

jueves, 7 de agosto de 2014

PERIÓDICO IRREVERENTES



PÁGINA 23, QUINTO RENGLÓN


                                                                                                     Por Marita Rodríguez-Cazaux
Mujer casada
Decidimos veranear en el mismo pueblo costero en el que, años atrás, habíamos pasado nuestra luna de miel. El mismo que la agencia de viajes publicitaba como un paraíso para parejas enamoradas, casas blanqueadas de cal recostadas en médanos desparejos y barcazas de madera pintada.
-El lugar ideal para una apasionada luna de miel -aseguró el vendedor al entregarnos los pasajes -.Un lugar para vivir todo el mar -recuerdo aún su voz, metálica, impersonal, colgada de su sonrisa.
Al bajar del tren, nos recibió un cielo que dejaba de ser cielo para meterse en un rumor azul que batallaba a unos pocos metros de nuestro abrazo. Sin embargo, cerrada al paisaje de ese oleaje arrebatado, consumiéndose en la impotencia que replegó el deseo, la pasión había resbalado por nuestros cuerpos y cercenada de caricias, se ahogó entre las sábanas, lamiendo apenas la orilla, sin poder llegar a las playas.
Aquél tiempo pasado era, todavía, una herida color sepia, como las fotos que yo guardaba entre las tapas de un álbum de cuero.
Esta vez, la mañana apenas despuntaba cuando partimos en auto. En la ruta una llovizna nos fue acompañando, tenaz, hasta la costa. Al llegar, el mar parecía un manto amarronado cubriendo la escollera.
El hotel, minimalista y elegante, anticipaba una estadía inolvidable, atención personalizada, playa privada, cine, sala de juegos, piscina cubierta. Una alfombra de diseño impecable, nos amordazó los pasos. Desde la araña de caireles, una luz despojada cayó sobre nosotros.
La lluvia continuaba aún, cuando después de desempacar, bajamos al salón. La música de un piano se oía cercana. Nos sentamos en las poltronas del bar.Sobre la mesa había un libro de Keegan. Sentí curiosidad, estiré el brazo, empecé a hojearlo. 
Un señalador rugoso marcaba la página 23.                                                                                                  
En el quinto renglón me detuve, “Cada vez que la mujer felizmente casada sale de su casa, se pregunta cómo sería dormir con otro hombre”. Desde lejos, el oleaje, lanzándose contra el malecón, se rompía en un grito afónico.
Cansados del viaje, con la intención de cenar temprano, subimos a cambiarnos y pasamos al comedor. Elegimos un sitio próximo a los ventanales. La neblina esmerilaba la noche. En la arena, la espuma era una bata de satín, arrugada y desprendida en el silencio que acompañó el rito de la cena.
Al día siguiente un sol lacio caía sobre la playa. Caminamos hasta la rambla. Después del mediodía, no quise quedarme en el cuarto y bajé a tomar un café.  Apoyado sobre la barra, estaba el mismo libro.
Parece perseguirme, pensé, y volví a abrirlo. Página 23, quinto renglón. Alguien debió olvidarlo, supuse y salí a caminar.
Debajo de la llovizna paseando hacia el muelle sería dormir con del viejo puente la frase me perseguía sin lograr amordazarla otro hombre una y otra vez repetida y empalmada. Y siguió al regreso  hoy y mañana   y el día siguiente   sentados en el salón  a la mesa del bar  recorriendo las calles estrechas  cuando sale de su casaotra vez camino al hotel, otra vez cómo sería
El mal tiempo nos decidió a regresar. Esperaba en la recepción a que acomodaran las maletas en el auto, cuando vi el libro apoyado en el mostrador. Torpemente, lo guardé en la cartera.
En el auto, desandando el camino, viajamos en el mismo silencio. La pasión, otra vez furtiva, sin dejarnos alcanzarla  felizmente casada se pregunta sin permitirnos entrar a un mar que mirábamos de lejos y la rutina callada al salir de su casa en un disimulo cordial que la atenuaba siguió siendo parte del secreto que los dos ocultábamos. La distancia que nos unía era una presencia inseparable y el desencanto como sería  tapiando un amor de noches desveladas  dormir con otro hombre siguió ocupando entre nosotros el lugar más ancho de la cama.
Y como si hubieran retornado conmigo, continué escuchando como sería las mismas palabras al bajar del auto  al abrir la puerta se pregunta y levantar las persianas y más tarde todos los días y después a todas horas, agazapadas,  felizmente casada sin orden  acechando imprevistas. Ni siquiera la cercanía del sueño las alejaba y durante las noches, respiraban sobre mi almohada.
Entonces me propuse olvidarlas. Tenía tantas cosas para hacer que no podía anclarme en una frase. En una simple frase de novela cuando el día apenas me alcanzaba para vivir mi vida de mujer casada, servir el desayuno  una mujer felizmente  lavar las tazas y acomodar las camisas planchadas en las perchas  como sería  derechas y prolijas sin apretar demasiado el cuello ni los puños en la estrechez del placar.
No podía perder mi tiempo para compartirlo con una frase. Cambiar las sábanas doblar las remeras se preguntaba cada vez que organizar la reunión de colegas profesionales frisar las supremas rellenas preparar el café y darle golpecitos a los almohadones del sofá.
Nada fácil cuando el reloj se reparte en ocupaciones   sale de su casa y no se puede desaprovechar el tiempo felizmente casada  hacer pilates evitar la celulitis, cepillar el traje  ordenar las corbatas pasar por la peluquería para rejuvenecer el corte con otro hombre y darle brillo a los muebles.
La frase me pesaba como una mochila arrastrada por toda la casa.
Guardé el libro en el placar, detrás de una manta de viaje, con la serena convicción de que cuando sale de su  la frase quedaría archivada. Pero la frase no necesitaba del libro y se asomaba cuando quería de su casa se pregunta  sin aviso y sin pronóstico.
Decidí desembarazarme de la página. Empecé a hojearlo pero no la encontré.
Un libro no puede perder una hoja como un árbol, me tranquilicé y recorrí todas las hojas hasta llegar a la contratapa. No estaba. Como si un renglón pudiera perderse dentro de un libro, o unas palabras se borraran solamente por haberlas gastado demasiado.
Maldita frase, esperándome como un asaltante listo para sorprenderme en cualquier rincón, pensé mientras rompía las hojas. Caídas sobre la alfombra parecían pañuelos rasgados cuando salí hacia el supermercado. Ni siquiera las levanté.
Esperaba en la fila de la caja cuando un gesto de disculpa curvó la espalda de una silueta en sombras entrando en mi mirada.
-es que un hombre felizmente casado –murmuró casi pegado a mi costado, cuando…
Bajé la vista, empecé a contar los productos, miré las etiquetas, corroboré los vencimientos de la manteca y el yogurt.
-sale de su casa, siempre se pregunta -oí que decía antes de que la cajera, a toda velocidad  terminara de embolsar la compra  como sería dormir con
Sin mirarlo, mientras me apuraba a sacar las frutas y pagaba, un perfume a madera y menta me llegó más cercano. Cerré las bolsas tratando de pensar en las hamburguesas con queso que prepararía para la cena y la cobertura de chocolate del postre.
En el estacionamiento volví a verlo. Cargaba en un auto varias bolsas blancas.      Hizo un ademán con la mano. Sin responder al saludo, subí a mi auto y salí hacia la avenida.
Al parar en el primer semáforo rojo, estiré los brazos sobre el volante. Ahí me di cuenta de que la frase había desaparecido de mi cabeza.
Por fin se callaron las palabras, me sorprendí y puse la radio. Un tema del verano, llenó el ambiente. Espero que no salgan en medio de la música, murmuré como si yo misma fuera otra persona a la que le contaba un secreto, pero la frase no apareció entre el frenético éxito musical.
Al entrar, tampoco en el living, esperándome como de costumbre, ni en la cocina, mientras colocaba en la heladera las botellas de gaseosas, las carnes, los lácteos.
Debe estar en el dormitorio, ahí es dónde le gusta estar, pensé segura de volver a encontrarla al subir las escaleras.
Pero ni en el dormitorio, ni en el baño estaba la frase.
Será en el escritorio, me dije mientras guardaba el desodorante en el botiquín mirándome al descuido en el espejo.
Fue en ese instante, reflejada bajo la luz de la tulipa, cuando me vi; como por primera vez y sin tener que ver nada conmigo.
Parece mi cara y mi cuello, y el escote y los hombros, pero no soy yo, dije sin voz, mientras mis manos, que no eran mis manos, arreglaban un mechón alborotado sobre una frente joven. Un rumor de olas llegaba desde lejos.
Por la escalera bajé con otros pasos, ajenos al ritmo de los míos. Una figura ágil, despegada de la mía, me siguió hasta el jardín.
El estío acortaba las tardes y ya se sentían los primeros fríos, pero un sol de enero iba cayendo sobre mi vestido de escote abierto y una brisa marina acercaba el perfume de eucaliptos al cruzar la galería.
Desde el patio, como si estuviera apartada de mí misma, lo vi sentado en el banco de hierro pintado. Tenía el libro entre las manos y lo hojeaba.
Levantó la cabeza y sonrió. Caminó despacio mientras cerraba el libro.
Un abrazo silencioso y detenido recorrió una espalda esbelta que ya no me pertenecía. Sobre su boca no eran mis labios los que se abrieron al beso. Ni mi cintura la cintura estrecha que se apretó a su cuerpo.
Reclinada sobre su hombro, al bajar el cuello, unos pies jóvenes dentro de sandalias con tiras que bordeaban dos tobillos delgados, se empinaron en arenas húmedas de espuma. Un rumor de sal, nos fue cubriendo.
Como recién parida, asombrada de caricias, mi mirada se llenó de su ojos.
Ni él ni yo hablamos. Para eso estaba la página 23, quinto renglón.
Más tarde, cuando el sonido acostumbrado de llaves llegó desde la puerta, él ya no estaba.
Otra vez el saludo de siempre, otra vez aquella rutina de hierro encarcelándonos. Descolgué la ropa de las cuerdas del lavadero y regué las azaleas.
Antes de entrar, una mujer felizmente   un frío gris me hizo cerrarme el escote se pregunta cómo  El perfume del mar todavía era como un abrazo cuando detrás de mí dormir con otro hombre  cerré la puerta y las palabras me esperaban.

Del glamour a la ciénaga (2013) 
Editorial Dunken  - Ayacucho 357 - CABA
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