jueves, 20 de noviembre de 2014

PERIÓDICO IRREVERENTES - CUENTO Y RESEÑA





NO TEMPO NOQUE FÓRAMOS RAPACES


                                                                                   Por Marita Rodríguez-Cazaux
Guerra civil
Llegamos de madrugada en camiones que el ejército había dispuesto para transportarnos hasta un destacamento cerca de Vigo, donde quedaríamos esperando órdenes para partir al frente.
Formados por quintas, nos separaron cerca de la estación de trenes. Algunos siguieron kilómetros arriba, otros cerca de A Coruña, donde iban a establecer el cuartel.
Nosotros quedamos en el mismo lugar y levantamos tiendas de campaña, todavía cansados y hasta entumecidos.
Éramos muchachos de veinte años, con la tristeza de la lejanía y la fuerza y la ilusión de un mundo mejor, pensábamos en desmalezar la injusticia y nada nos desanimaba. Por el ímpetu que solo tiene la juventud, nos abrazábamos al heroísmo.
Nada nos desalentaba. Nada; menos “el rancho”.
Cerca del mediodía, en fila, nos juntábamos con el plato y la cuchara. Allí, en esa fila apretada, nos conocimos. Al ser paisanos, nos gustaba hablar en nuestra propia lengua. De esta manera íntima, coloquial, Britos, Cobas y yo, establecimos una amistad sincera y comprometida.
Camilo Britos, era hijo único y extrañaba desesperadamente las filloas y el cocido de cerdo, la cama de sábanas limpias, las toallas perfumadas con laurel. Cobas se desternillaba de risa por la cara de asco del orensano al oler las sopas espantosas y los guisos desabridos.
Yo era el quinto de ocho hermanos y nada sobre la mesa podría hacer que no lo tragara con desesperación. Cerraba los ojos y pensaba que lo que me pasaba por la garganta era un trozo de empanada de bacalao o un toro de merluza; hasta me parecía sentirle el gusto a la salsa de  morrones que mi madre cocinaba en el pote de la lareira.
Recaredo Cobas, con una infancia desamparada, no podía recordar nada que no fuera el plato de comida que le alcanzaba alguna vecina de su aldea, cuando la madre iba a trabajar al campo o el vaso de leche que tomaba en la parroquia de San Xulián. La madre, una muchacha soltera, había dejado su pueblo y andaba por la vida, cubierta de luto y vergüenza, trabajando a jornal en las huertas o lavando ropa para las casas de señoritos. Hacia la tarde, cuando regresaba, unas sopas de milloeran la cena precipitada que el chico devoraba sin hablar.
Después de cinco o seis “ranchos” pestilentes, los tres nos pusimos de acuerdo para lograr la amistad de Villegas, un chico avispado, nacido en Zás, que era quien lo servía. Así rescatábamos alguna sobra y la repartíamos entre nosotros como si fueranduros de plata a cambio de alguna parvadiña que le dábamos en pago.
Una tarde encontramos a Britos retorciéndose de dolor en el baño;  inclinado sobre la pileta de losa cuarteada, vomitaba convulsivamente, los ojos llenos de agua y la cara blanca. Temblaba y tenía las rodillas dobladas, golpeando una contra la otra en un movimiento extraño. Cobas y yo nos abalanzamos para sostenerlo.
Derrumbado sobre el piso de baldosones, un estertor le sacudía la boca. Cobas le acomodó el cuerpo contra la pared de azulejos, yo corrí a la enfermería.
Lo asistieron el cabo García y un médico joven, Luis Morán, que era de Cesures. Detrás del vidrio esmerilado, oíamos a Britos llamar a su padre, a su madre, a toda la familia y en voz alta, delirando, pedía que pasaran al comedor y se sentaran a la mesa.
Quedó en la enfermería tres días. Cuando volvió a la fajina, supimos que tenía problemas vesiculares que le provocaban fiebre y le habían recetado unas pildoritas que, para estos síntomas, tenía el doctor Morán.
El día de maniobras, después de la caminata la fatiga lo rezagó a tal extremo que el sargento lo castigó y tuvo que limpiar la cuadra antes de comer.
El sudor le mojaba la cara cuando volvió, tenía la camisa empapada. Se sentó debajo de un alero, estiró las piernas, el pecho se le curvó hacia adelante, los hombros agobiados. En un respiro hondo, meneó la cabeza hacia atrás y vimos cómo,  silenciosamente, caía de espaldas sobre el pasto crecido.
Cobas y yo corrimos a socorrerlo. Casi en vilo lo llevamos al consultorio del médico y estuvimos esperando en la puerta hasta que salió el enfermero, un aragonés mal encarado que nos echó a los gritos.
Volvimos más tarde, con intenciones de que el enfermero no nos descubriese, sin embargo, la suerte hizo que pudiéramos pasar sin ser vistos.
Britos estaba en la camilla, cubierto con una frazada, la cara dada vuelta hacia la pared. Cobas se acercó despacio, le tocó el hombro.
Sin prisa, con movimientos lentos, Britos giró la cabeza y abrió los ojos. Sonreía con esa sonrisa particular como cuando hablaba de las meriendas del domingo en la casa de sus abuelos, bajo las parras, donde el sol estiraba caricias hasta la hora del serán.
-Hola -le dijo Cobas  -Nos asustaste, paspán. Vaya que hacernos esto en el momento de la cena… ¡Por tu culpa nos quedamos sin comer, papón!
Yo no sabía qué preguntarle, pero se me ocurrió que no podía irme sin abrir la boca, y, en voz baja, le pregunté si necesitaba algo. Cobas me miró como si hubiera dicho una palabrota en la iglesia.
-¿Qué más va a querer?…Con lo bien atendido que está. ¡Pedazo de palurdo! Mira Pérez, mira la almohada que tiene…Mejor nos vamos porque si nos pescan nos dan grilletes por tres días -interrumpió malhumorado, y me tiró de la chaquetilla, arrastrándome un palmo.
Britos cerró los ojos y los volvió a abrir mirándome directamente.
-Un cocido, eso sí  me gustaría…, un buen cocidito -dijo por lo bajo.
-Un cocido… ¡Tienes talento para pedir! Si serás larpeiro, lambón… –masculló  Cobas -. A largarnos, que no se aguanta más este olor a legía.
Me acosté pero no pude pegar un ojo en toda la noche.
Antes del amanecer lo fui a buscar a Cobas. Lo encontré afeitándose en uno de los baños.
Me quedé al costado, mirándome también en el espejo roto donde se le reflejaba la cara enjabonada y la mano arrastrando con destreza la navaja sobre la piel. Pasó la hoja por un paño y me miró.
-Cobas, el cocinero me dijo que hoy el guiso lleva carne de ternera y unos grelos que trajeron para la comandancia -le dije -. Ayúdame Cobiñas, ayúdame a llevarle algo rico a Britos, mira que el pobre está muy débil, parece o carneriño da morriña.
Sacudió los hombros, pero no contestó. Siguió afeitándose y cuando me di vuelta para irme, carraspeó como acostumbraba cuando quería significar indiferencia.
Después, la mañana transcurrió como tantas. Teníamos prácticas con otro grupo y no vi a Cobas hasta la tardiña, cuando aprovechábamos para fumar un cigarrillo y cantar jotas con el aragonés. Cobas se acercó como al descuido y me hizo una seña con los ojos.
-Tengo todo arreglado, Pérez; después de comer, nos vamos hasta la cocina, le hablé a Villegas -susurró con voz áspera.
 “El rancho” de esa noche que sirvieron a la tropa era un guiso aguado de arroz y guisantes. Yo apenas tenía hambre pensando en la escaramuza que Cobas orquestaba. Los nervios me corrían por la espalda, mientras él, cerca de mi asiento, se llevaba la cuchara a la boca y chasqueaba la lengua paladeando el arroz. Parecía tranquilo.
A las nueve y media fuimos a la cocina porque era la hora en que Villegas se quedaba solo, luego de servir los platos a la plana mayor.
Allí, nos estaba esperando.
-Sacad de esa tartera, que es la cena del teniente, acá tenéis un plato hondo. Y tú, Cobas -apuró -dame ahora el encendedor.
Recaredo Cobas tenía un encendedor con la imagen de una modelo en malla verde que, al encender la mecha, quedaba desnuda. Yo no podía creer que el plato de guiso para Britos costara ese erotismo y se lo iba a decir al miserable de Villegas, pero ya el encendedor estaba en sus manos mientras Cobas, apresurado, quitaba la tapa a la olla y metía el cucharón.
Una albóndiga redonda y gorda, rebosante de salsa, humeante todavía en medio de habas y trozos de unto subió a la superficie de un caldo perfumado de azafrán. Cobas, la dejó caer en el medio del plato abundante y tapó todo con un repasador que estaba sobre la mesada de piedra.
-Toma -dijo -llévalo tú. Yo iré adelante.
Entonces salimos los dos por la puerta del costado, hacia la enfermería.
Quedé pegado a la ventana mientras el otro espiaba. No había nadie. Pasamos al cuarto donde descansaba Britos. Sentado en la cama, miraba las manchas de humedad del techo, y cuando nos vio, pareció sorprendido.
-Te trajimos algo para comer, come tranquilo que es la cena del teniente -dijo Cobas. Puse en las manos de Britos el plato de guiso. Al momento, lo apoyó en las rodillas y tomando la cuchara, la hincó en el centro y levantó la albóndiga. Abrió la boca y masticó goloso, arrancando con los dientes los trozos jugosos, pasándose la lengua por los labios manchados de salsa.
Desde los pies de la cama vimos a Britos, las mejillas rellenas, pasar el dedo por el borde del plato enlozado.
Cuando terminó se limpió las manos con el repasador.
-Gracias rapaces, esto sí que estaba bueno -dijo, y sonrió acomodando la espalda en la almohada después de la comilona.
Al rato volvimos a la cocina y dejamos el plato y los cubiertos. Villegas, sentado en el banco de madera donde pelaba las patacas, se entretenía con el encendedor de Cobas y con la chica de la malla escotada, que ya debía tener nombre propio.
Nos fuimos a dormir sin decir una palabra.
Temprano, a la mañana siguiente, cuando entré al baño, Cobas conversaba con Britos.
-Me dieron el alta, estoy como un carballo -me dijo al verme y continuó pasándose el peine por el pelo. Me apuré a lavarme y salí para la rutina.
Hacia el atardecer, coincidimos debajo del alero con el aragonés y un sargento de Las Nieves.
Britos, a voz en cuello entonaba un alalá  mientras el pobre Cobiñas encendía un cigarrillo negro rascando un misto.
Al rato llegaron tres o cuatro que siempre traían novedades. El de Lugo, que era mozo simpático y lingoreteiro, contó que venía una inspección de higiene y andaban por la cocina limpiándola del suelo al techo.
-Como una patena ha de quedar. ¡Lástima de Villegas! Anda como tolo, ordenando las alacenas y dejando las tarteras brillantes. Y para colmo de males, buscando desesperado el estropajo de arpillera que debió extraviar en el lugar menos pensado. Siempre el mismo distraído -rió el lucense, estirando el cuello para aclararse la garganta -¡Vaya o demo a saber dónde lo puso!
Recaredo Cobas me miró, el humo le cubrió por un momento la mirada sarcástica.
Desde la orilla del patio de tierra, la voz de Britos, llegaba más potente que nunca, recitando los versos de Rosalía, con una galanura inimaginable.
Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños.
Pero, en los recuerdos que vuelven, llega palpable la generosidad de Cobas y la voz de Camilo Britos, como un perfume de chuvia miúda que golpea los cristales daquel tempo noque foramos rapaces.
                    
                                                                                                 * * *

Apuntes en torno a  “O tempo noque fóramos rapaces”*, Por Alberto E. Feldman

Para todos aquellos que seguimos desde siempre los avatares de la Guerra Civil Española, todo escrito, sea histórico o ficcional  nos enriquece y nos apasiona;  muchos de nosotros parecemos esperar después de tantos años lo imposible,  un resultado  distinto  al que fue.
En este cuento delicioso, Marita pone algunas cosas en su lugar, sin una sola gota de sangre,
Destacando en primer plano la amistad  de tres jóvenes veinteañeros  en la “mili”, en un comienzo de la Guerra en España, apenas esbozada por los camiones llegados  de madrugada al campamento cercano a Vigo,  etapa previa de la partida de los jóvenes soldados para el frente.
Con una suavidad, que contrarresta los horrores por venir, describe la amorosa tarea de dos de ellos, los humildes y sufridos  Cobas y Pérez, para  alimentar mejor y más rico a Britos, hijo de una familia acomodada,  internado en la enfermería por un agudo ataque vesicular, y pone de manifiesto que aún dentro de una catástrofe general, hay un lugar para el afecto y la solidaridad individual.
En un marco donde el “rancho” parece jugar un papel principal, descrito con entretenida prosa, los que hemos hecho el servicio militar recordamos un dicho clásico a la hora de comer: “ Los ingredientes son  siempre los mismos,  pero si el plato se da vuelta  en el aire y cae su contenido, es sopa; si éste queda pegado al plato, es guiso”.
Marita Rodríguez -Cazaux  ha conseguido algo más que construir un bello cuento: ha logrado que muchos de los que leemos con pasión, pero tendenciosa y superficialmente sobre la Guerra Civil,  venzamos el prejuicio de creer que  todos los componentes del Ejército  denominado “Nacional”, incluidos los reclutas oriundos de las provincias gallegas,  seguían entusiasmados a su paisano, el caudillo de El Ferrol.
Con una sencillez meridiana, y lo mismo que al principio, sin consignar fechas, Marita  señala: “Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños”.
                                                                                             * * *         

*Cuento que  pertenece al libro “Del glamour a la ciénaga”, de Marita Rodríguez-Cazaux- Editorial Dunken (2013).



                                                                                            * * *



EN LOS JARDINES DEL GENERALIFE


                                                                                                         Por Alberto Ernesto Feldman

Generalife
¡Qué contenta se hubiera puesto la señorita Alicia Mercado, profesora de Música  del secundario, si supiera cómo fructificó lo que  sembró en aquel lejano 1955 en una clase de 2° año!… En ese entonces y para sorpresa nuestra, que estábamos cansados de aprender de memoria las notas del pentagrama en  todas las claves y una teoría musical que a nadie interesaba, entró a la clase cargando un tocadiscos portátil y un disco que temblaba en sus manos.
-¡Buen día chicos! ¡Quiero que escuchen esto y me digan lo que sienten!…
La mayoría nos reímos estúpidamente al principio. Ella  no conseguía mantener la disciplina y para nosotros, una horda de casi cuarenta salvajes, la clase de Música era una extensión del recreo.
-Esto se llama “Noches en los jardines de España”, tiene tres partes, todas referidas a jardines y es de Manuel de Falla, un  brillante músico andaluz- dijo mientras comenzaban los primeros acordes:
… paaaam… pam,pam,pam,paaaam…pam-pam-pam-taaaam…
Empezamos a hacer silencio, primero asombrados y luego hipnotizados por la belleza de una lluvia de notas cantarinas que nos hablaban de surtidores de agua entre macizos de flores  y plantas acuáticas. Más que intuir, veíamos el movimiento de los peces de colores  en esas piletas rectangulares y, unos pocos minutos más tarde y hasta el final de la obra, ya olíamos jazmines y azahares y contemplábamos, con la boca  abierta, rosas y dalias volando  por el aula.
Mientras el piano y la orquesta seguían pintando ese cuadro, donde la delicadeza de la filigrana árabe y la rotunda solidez de lo español se trenzaban, de la misma forma que el  palacio, que  Carlos  V hizo construir, se erguía desafiante entre la serena belleza de los arcos y las columnas de los recintos moros, la voz de la profesora nos contaba que  la palabra “Generalife” era la
castellanización del árabe de “Jardín o huerta del Arquitecto”, que la Alhambra y sus jardines habían comenzado a construirse en el año 1328 y  que en 1492  un lloroso califa Boabdil rendía allí, ante los Reyes Católicos, el último reducto árabe en España.
En ese punto confundo un poco las cosas. No estoy seguro si lo decía la profesora Alicia Mercado en aquella inolvidable clase de Música de 1955 o la guía de turismo, explicándonos lo que veíamos en la  Alhambra, en la primavera del 2001.
Caminando por esos maravillosos jardines,  no podía concentrarme en lo que decía la guía. Estaba desatento, la música de Manuel de Falla daba vueltas y vueltas en mi cerebro y me  estrujaba de emoción el corazón.
Profesora: Esto es lo que me hizo sentir la  Música que usted trajo. Muchas gracias y perdone por la demora en contestarle.

* * *

"EL HOMBRE QUE DIJO ADIÓS”, DE ANNE TYLER
                                                                                                                    Por Germán Cáceres
Autor
Está narrada en la primera persona de Aaron, dueño de una editorial de Baltimore, cuya esposa Dorothy, falleció en un accidente ocurrido en la propia casa de este matrimonio sin hijos. Pero la imagen de ella se le presenta fugazmente, y el protagonista evoca los momentos felices que vivieron: “y desprendía una especie de calma, una calma que emanaba de su interior y que hacía que me sintiera en paz siempre que estaba con ella”. Estas visiones fantasmales de Dorothy no pueden menos que evocar el filme Ghost, la sombra de un amor (1990), de Jerry Zucker.
Tyler utiliza un estilo simple para contar una historia sencilla, sin ramificaciones, hecha de mínimos detalles, propios de la cotidianeidad. Hay ternura y calidez en su enfoque. El tratamiento trae a la memoria la película neorrealista Umberto D (1952), de Vittorio de Sica, que relata la triste y rutinaria existencia de un viejo jubilado.
Aaron y Dorothy son buenas personas y, por lo tanto, queribles. En principio parecen haber gozado de una felicidad cándida: “tu esposa es precisamente la persona con la que quieres comentarlo todo.” Pero Aaron comienza a reconocer que hubo cosas que no anduvieron bien y enumera los muchos malentendidos que sucedieron, hasta que por último admite que las discusiones se convirtieron en la forma de dialogar de ambos: “Lo que sí recuerdo es aquella sensación tan familiar, de agotamiento e impotencia., (…) en la que nos peleábamos obstinadamente, sin que ninguno de los dos venciera nunca.” Y la novela se torna triste y amarga, como si los pequeños pormenores de la vida diaria fueran portadores de infelicidad y frustración.
No obstante, surge un espacio para la esperanza: Aaron vuelve a casarse, cesan las apariciones de Dorothy y con su nueva esposa tiene una hija. Como si aportar descendientes al planeta fuera la posible solución de los conflictos de familia.
Uno de los tantos logros del libro es crear un suspenso acerca de cuál personaje femenino elegirá Aaron –si es que lo hace- entre la galería que surca El hombre que dijo adiós.
La perspicacia de Anne Tyler –como su incuestionable cuota de escepticismo- parecería indicar que los mejores momentos de una pareja se encuentran en los comienzos de la relación: “retroceder a la casilla número 1: simplemente ´estar´ juntos, al principio. Sentarnos y ya está. No hablar; no estropear las cosas. Sentarnos allí, codo con codo, y ver pasar el mundo.”
La traducción pertenece a Ana Mata Buil.
La autora nació en Minneapolis en 1941 y ha publicado diecinueve novelas. Obtuvo los siguientes premios: Pulitzer 1989 por Ejercicios respiratorios, National Book Critics Circle Award en 1986 por El turista accidental, PEN/Faulkner Award en 1983 porReunión en el restaurante Nostalgia.


* Germán Cáceres (Avellaneda, 1938) Dramaturgo, conferencista y escritor argentino.





“LUNAR”, DE MELISA ORTNER

                                                                                                  Por Mariana Ruíz
Ortner
Veo un antiguo pueblo, a  sus habitantes y viajo en bicicleta  por sus calles extrañas.
Un leve cosquillo en mi nariz dice que los pelos de gato están bailando en el aire. Pero no estoy en medio de ellos, la lectura de los versos causa la sensación.
Estoy con la abuela viendo como cocina, mientras un sonido de teclas de piano resuena como eco en mi imaginación.
Una columna diferente, un cuerpo alterado, una nueva mujer. Clavos y fierros se hacen carne en su espalda para darle paso a un distinto nacer, renacer una y otra vez…
La niña adorada, el amor eterno, la tristeza en algunos momentos, la esperanza y el fortalecimiento.
La muerte, aún lejana pero cerca de repente, en algunos instantes toma protagonismo haciendo surgir a las almas que vagan perdidas buscando la luz de la luna. Mientras los hombres en la tierra lloran las partidas.
La luna descripta en sus diferentes fases, como si en esos cambios reflejara, a su vez, los estados de ánimo, mostrando la ternura que se esconde en ella.
Observo el libro, lo abro, lo cierro, lo palpo, lo husmeo y siento que acaricié la luna. La distancia disminuye y de repente profeso una eterna devoción hacia ese astro que, dependiendo el ciclo en el que se encuentre, cambia de forma y de tamaño. Por momentos se la ve lejos y por otros muy cerca, manteniendo siempre su brillante luz.
Melisa con su primer poemario nos hará transitar cada semblante de su vida, cada sentimiento y cada sensación, desde la angustia y el ahogo hasta la felicidad perdurable.
Pequeñas formas que para ella pasaban desapercibidas, hoy se volvieron atractivas y asombrosas, un mundo nuevo se colocó delante para darle rienda suelta a las palabras y entramarlas en delicados versos.
El arte aparece como la primera vez, distorsiona el ojo humano dotándolo con la extraordinaria capacidad de ver los objetos de diferente manera, los transforma en otra cosa para darles una nueva identidad: la identidad de la poesía.
La autora nos abre un sendero compuesto de bellas palabras, versos e historias ocultas, invitándonos a caminar junto a ella este recorrido Lunar.
Un libro que mezcla el amor por las frases con la técnica para poder expresarlo en tan simples y pequeñas oraciones, exponiendo en cada capítulo un aspecto personal de la vida de la autora.
Un libro sumamente inspirador para todos aquellos que creen que el amor no sólo se encuentra entre las personas, sino también en los pequeños detalles.
Una niña/mujer con su largo cabello del color de las hojas cuando comienza el otoño, sostiene una luna grande y completa. La observa curiosa, tratando de descifrar los enigmas que esconde, mientras las rimas, frases y versos revolotean al compás de la luna.
Así comienza Lunar; desde la tapa marca los indicios que encontrarás en su interior y, desde aquel lugar, podrás advertir cómo la luna en tus manos se posó.
Tapa


"Lunar", es el primer poemario Melisa Ortner. Lo presentó el 18 de Septiembre en Mu Punto de Encuentro, en el barrio de Congreso, Buenos Aires. 


                                                                                  * * *

lunes, 17 de noviembre de 2014

EL LIBRO DE LOS TALLERES - ROI - EDITORIAL DUNKEN



CONVOCATORIAS ROI - EDITORIAL DUNKEN



Gracias a nuestros presentadores 
los escritores 
Carlos Penelas, Marita Rodríguez-Cazaux y Ricardo Tejerina,

por su gran labor en la presentaciones 
de las Convocatorias ROI.

Foto: Gracias a nuestros presentadores Carlos Penelas, Marita Rodríguez-Cazaux y Ricardo Tejerina, por su gran labor en la presentaciones de las Convocatorias ROI.
Foto: Dunken  -   Disertaciones de los escritores en la Feria del Libro Internacional
en Buenos Aires (2014)

domingo, 16 de noviembre de 2014

ARTÍCULO LITERARIO




“Siete sonetos medicinales”, de Almafuerte

Por  Fernando Veglia
2013-03-09-17-15-10
Debo confiarles que soy incapaz de recordar un poema o una frase célebre. Envidio a los que pueden hacerlo y citarlas en su beneficio. Ante un estímulo determinado, mi obsesiva mente reproduce, reiteradas e intolerables veces, dos o más palabras de un poema o texto que no recuerdo, ni identifico. Resulta torturante no saber de dónde provienen; sólo descubriendo el origen desaparece la agobiante repetición.
Este proceso me ocurría frente a la adversidad. Mis pensamientos repetían: “Clavo enmohecido, clavo enmohecido, clavo enmohecido” Increíblemente, esas palabras surtían efecto. Me sentía mejor, me fortalecían. A pesar de que era evidente que las había leído, no sabía a qué obra pertenecían.
Aliviado el pesar, necesitaba desembarazarme de la insoportable repetición. Inspeccioné los libros de poesía. Observé las frases subrayadas y los señaladores de novelas y cuentos. No había caso, no estaban en la biblioteca. En el ordenador, pensé. La búsqueda parecía interminable. Estaba por renunciar, diciéndome que “Clavo enmohecido”, asaltando mis pensamientos a cada instante, no era tan desagradable; después de todo, le debía gratitud. Una frase me detuvo entonces:  “Si te postran te levantas”. Lo tenía. Siete sonetos medicinales de Almafuerte.
Estaban en un documento de Word. Enérgicos, indomables, dirigidos a los oprimidos, instando a reaccionar contra la injusticia, a reflexionar, a fortalecer el espíritu, resistir y  avanzar. La lectura fue rápida, directa. Imaginé a un orador gritando los sonetos a voz en cuello, apasionándose. Imaginé coraje y un día decisivo.
Las palabras que mi mente evocaba torpemente eran piezas de “¡Avanti!” y “¡Piú avanti!”
¡Avanti! 
Si te postran diez veces te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas…
No han de ser tus caídas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
Asimilan el humus avarientas,
Deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
Nada más necesita la criatura,
Y en cualquier infeliz se me figura
Que se rompen las garras de la suerte…
¡Todos los incurables tienen cura
Cinco segundos antes de la muerte!
··········
¡Piú avanti!
No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora…
¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Descubierto el origen, nunca más volví a recordar aquellas alentadoras y borrosas frases. Resulta extraño. Ahora, concluida esta reseña, vienen a mi mente “Camino al andar, camino al andar, camino al andar”. Será cuestión de seguir buscando.

Derechos de Fernando Veglia para fernandoveglia (2014)

Siete sonetos medicinales (1907) Almafuerte (1854-1917), seudónimo del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios.

                                                                ***

sábado, 15 de noviembre de 2014

IMAGEN Y LÍRICA











MIRADA DEL POETA




Detrás del cristal,
parpadea 
pretérito obstinado.
Mares y auroras. La calle alta.
En flash, 
la refracción de la rosa, 
la elegía y la espina. 
Pozo y espada.
Lumbre de ascuas. 
Urdido en catacumbas, 
el pensamiento tantea
 la piedra donde reclinar la cabeza.
Sesgado de exilio, el Mar Rojo, 
 la Patria errante.

Cosmos del Poeta
 sin puntos cardinales,
despeñado de fervores. Y la mirada, 
verde y acuosa,
en el océano del verso.

Fugaz y esquiva, la Musa, 
mujer desnuda,
  escapa por la pupila.


                                                                                                                  M.R.-C.



LOS RELOJES, Poema de Carlos Penelas.

Foto compartida en Face por Piero de Vicari.
La imagen pertenece a su Autor, a quien se reservan todos los atributos y derechos.

jueves, 13 de noviembre de 2014

INVITACIÓN ABIERTA




AVANCE


A BARLOVENTO



Desde mi ventana miro 
los hombros y la espalda, 
el pelo oscuro en un perfil a medias 
y la menuda mano 
que abanica un barquito de hojas entintadas. 


Botado en astillero de letras de molde 
se abre al raso río que la lluvia ha dejado 
por el borde de los adoquines. 

Latidos de brisa despareja 
llevan la nave hacia el dragado de la alcantarilla. 

Entonces, levanta el barco, 
pasa los dedos sobre la pringosa hoja, 
y vuelve a armar otro barquito destintado. 

Con honores de patriótica escuadra 
lo bota a barlovento por mares inventados. 

Desde el malecón de la vereda 
hasta mi ventana sube perfumado de tinta, 
mesana desplegada, 
el invencible himno de la patria libre.



POESÍA CONGREGADA ( 2014)











CUERPO VACÍO



Qué haré con este cuerpo mío.
Con esta descompaginada escenografía
empalmada a mí, sin entraña fecunda.
Con esta carga en desnivel que arrastro
paso tras paso, por un camino yermo.


Qué haré con este errante sentimiento
que se resiste y se retuerce y se remonta
en anárquico bramido por mi pecho.

Con esta pobre luz que me gobierna,
este desprevenido hachazo
que amputa la raíz, la savia joven.


Cuándo podré cambiar este sudario sucio
por un desnudo cuerpo que se pudra,
libre ya del dolor de verse estéril. 





POESÍA CONGREGADA (2014)



















Imagen de ilustración en el blog: Internet

PRÓLOGO Y PRESENTACIÓN

En el marco de la ‪#‎ConvocatoriaROI‬ compartimos con ustedes la tapa del primer libro seleccionado de la "Convocatoria Obra Individual - Ficción". El libro es "Invernadero" de Leandro A. Kreitz.

Con la colaboración de Estudiantes de la Carrera de Edición de la UBA, Escritores, Talleres Literarios y distintas personalidades e instituciones ligadas a la Cultura y a las Letras argentinas presentamos ROI (Recepción de Obras Inéditas), un innovador proyecto literario que conecta Autores Independientes con Editores Independientes, teniendo como objetivo principal evaluar permanentemente una gran cantidad de obras para analizar su publicación impresa mediante una plataforma dinámica de preselección colectiva.
La presente obra fue elegida para su publicación en el marco de esta propuesta, siendo preseleccionada en primera instancia por la estudiante de la Carrera de Edición de la UBA Florencia Estévez Bejo y seleccionada en forma definitiva por la poeta y escritora argentina Marita Rodríguez-Cazaux.





Publicado por Editorial Dunken






PRÓLOGO DE LA OBRA

Por MARITA RODRÍGUEZ-CAZAUX




Leer la obra de los autores noveles destacados por su creatividad y oficio, escritores y poetas talentosos, es siempre un gozoso ejercicio que debo agradecer a Editorial Dunken, por convocarme para su selección. 

Como en oportunidades anteriores celebro el formidable envío de material literario aportado a ROI, y me congratulo con los aciertos que han tenido los compiladores sobre las obras. 

Muchos son los trabajos que merecen destacado puesto, y de ellos, como en todos los concursos serios, hay que decantarse por una obra. En este caso, es ganadora la presente novela juvenil de Leandro Kreitz, “Invernadero”, dividida en dos partes, La Central y Exilio. 

La Literatura recrea la realidad y propicia a la vez la evasión de lo real, permite que se modifique el entorno, rompe el nexo de lo temporal para abrirse a nuevos espacios; en síntesis, potencia la imaginación sin fronteras, por lo que esta novela que tan impecablemente cumplimenta estos atributos, merece primer plano. 

Las enseñanzas y el entretenimiento que la existencia cotidiana pareciera no aportarnos, pueden hallarse en el ejercicio lúdico de la lectura y, a ese juego de aprendizaje lleva la atmósfera de “Invernadero”, además del disfrute de una trama de buena urdimbre. 

Hermes, Adrián, Ana, la Ciudad Perdida, la Central, la Ciudad Vieja, Edgard, Mario, Damián, Ángela, el tiempo pasado y el futuro, el presente modificado, la mujer de largas pestañas, Máximo, Tomás, los engendros, darán curso a lo inexplorado. 

Orientada hacia un público juvenil y su comprensión, el vocabulario es bien dispuesto en conceptos y significados para los jóvenes, sin embargo, mantiene un léxico trabajado y rico, plus que lleva peso mayúsculo en su formación cultural. 

A esta altura, quisiera acercar al Autor, un pensamiento personal. El escribir, es parte de nuestra identidad, así, a través de nuestra obra nos evidenciamos frente a los demás, muchas veces como quizá, ni siquiera imaginamos ser. La obra se convierte así, en un denunciador de aquellos sueños, proyectos, ensoñaciones que nos agitan. Un mundo íntimo que espera encontrar el mundo interior de quien nos lee. Se genera entonces, una suerte de trueque, el mismo que, desde tiempos inmemorables pretende la humanidad: ser cabalmente comprendido. En otras palabras, “el círculo” de sentimientos, el redondel que vuelve infinita la creación. Esta obra, a las claras, consigue esa corriente circular entre Lector y Autor, entre “contador y escuchador” como gustaba decir Octavio Paz. El “verdadero milagro” según el gigante poeta César Vallejo. 

Para finalizar, invito al Amigo Lector, al disfrute que ofrece una novela que entretiene hasta el punto final. 

                                                                    M.R.-C.
                                              

                      Buenos Aires, 2014

Recepción de Obras Inéditas
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RESULTADO: CONVOCATORIA DE OBRA INDIVIDUAL - FICCIÓN
En el marco de la Convocatoria ROI anunciamos la publicación del libro seleccionado de la Convocatoria Obra Individual - Ficción 'Invernadero' de Leandro A. Kreitz.

La presente obra fue elegida en el marco de la Convocatoria ROI Obra Individual - Ficción, siendo preseleccionada en primera instancia por la estudiante de la Carrera de Edición de la UBA Florencia Estévez Bejo y seleccionada en forma definitiva por la escritora argentina 
Marita Rodríguez-Cazaux.

PRESENTACIÓN DE 'EL LIBRO DE LOS TALLERES' 

El día sábado 29 de noviembre se estarán presentando los volúmenes XXIV, XXV y XXVI de 'El Libro de los Talleres', una convocatoria en la que participan numerosos talleres literarios de todo el país.