jueves, 18 de julio de 2019

POETAS AMERICANOS


NEZAHUALCÓYOTL




En la adolescencia llamado Acolmiztli, que en náhuatl significa felino fuerte, cambió su nombre por Nezahualcóyotl, acuñando sobre él la significación “coyote que ayuna” o “coyote hambriento”.

Llegó a ser Rey (tlatoani) de Texcoco y se convirtió en un aliado fundamental de los mexicas, no solo para sacudirse el yugo de Azcapotzalco, también durante el crecimiento y auge del imperio. 
Más allá de sus notables dotes como gobernante, recto e inteligente, Nezahualcóyotl cultivó la erudición y practicó, entre otras artes, la poesía –y ante todo ejerció esa sublime filosofía de vida, esa visión existencial que resumían como “flor y canto” (in xóchitl, in cuícatl). 

Inspirado en la naturaleza, la belleza y la imagen de un creador, ahondando en su obra la búsqueda transcendental, manifiesta expectación frente al transcurrir de la existencia, la reminiscencia, la pérdida y la muerte, reflexionando en torno a la igualdad de todos los hombres que pueblan la tierra.




Yo lo Pregunto

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.


Percibo lo Secreto…

Percibo lo secreto, lo oculto:
¡Oh vosotros señores!
Así somos, somos mortales,
De cuatro en cuatro nosotros los hombres,
Todos habremos de irnos,
Todos habremos de morir en la tierra…

Nadie en jade,
Nadie en oro se convertirá:
En la tierra quedará guardado
Todos nos iremos
Allá, de igual modo.
Nadie quedará,
Conjuntamente habrá que perecer,
Nosotros iremos así a su casa.

Como una pintura
Nos iremos borrando.
Como una flor,
Nos iremos secando
Aquí sobre la tierra.
Como vestidura de plumaje de ave zacuán,
De la preciosa ave de cuello de hule,
Nos iremos acabando
Nos vamos a su casa.

Se acercó aquí
Hace giros la tristeza
De los que en su interior viven…
Meditadlo, señores,
Águilas y tigres,
Aunque fuerais de jade,
Aunque allá iréis,
Al lugar de los descarnados…
Tendremos que desaparecer
Nadie habrá de quedar.


Lo Comprende mi Corazón

Por fin lo comprende mi corazón:
Escucho un canto,
Contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!


Alegraos

Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya
los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia,
fragantes flores,
abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave,
parlotea y canta,
viene a conocer la casa del dios.
Sólo con nuestras flores
nos alegramos.
Sólo con nuestros cantos
perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto,
vuestro disgusto de disipa.
Las inventa el dador de la vida,
las ha hecho descender
el inventor de sí mismo,
flores placenteras,
con ellas vuestro disgusto se disipa.


No acabarán mis flores

No acabarán mis flores,
No cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
Se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
Se marchitan y amarillecen,
Serán llevadas allá,
Al interior de la casa
Del ave de plumas de oro.



Fuente Internet

lunes, 15 de julio de 2019

CICLOS CULTURALES





UMBRAL LITERARIO
 SAN TELMO

INVITA  A SU CICLO 
 MIÉRCOLES 7 DE AGOSTO DE 18:30 A 21:00
 
EN EL BAR NOTABLE “LA POESÍA”, 
SALÓN RUBÉN DERLIS


 






POETAS INVITADOS

BEATRIZ ARIAS
DANIEL ARIAS
SILVIA MARINA CRESPO
CARLOS NORBERTO CARBONE



COORDINAN LOS ESCRITORES

MARITA RODRIGUEZ-CAZAUX
DAVID SORBILLE
OSVALDO VÍCTOR FERNÁNDEZ



MICRÓFONO ABIERTO: 
LECTURA DE 2 POEMAS o 
MICROCUENTOS

*SORTEO DE LIBROS

 
LOS ESPERAMOS TODOS LOS PRIMEROS MIÉRCOLES DE CADA MES 
CON LA MEJOR DISPOSICIÓN PARA COMPARTIR 
LA MAGIA DE LA PALABRA Y LA AMISTAD.

CITA:
EN EL BAR NOTABLE “LA POESÍA”, SALÓN RUBÉN DERLIS
CHILE 502, 1º PISO, CABA.

ENTRADA LIBRE

CICLOS Y APORTES CULTURALES

La imagen puede contener: océano, cielo, exterior, texto y agua

miércoles, 10 de julio de 2019

ARTÍCULOS LITERARIOS


POETAS EN PENUMBRAS

Tres grandes grupos literarios marcan el siglo XX: la Generación del 98, la denominada Generación del 27 y, posteriormente, la del 50. Ante ellas nace una pregunta inmediata y hoy ya ineludible: ¿no hay mujeres entre los intelectuales del momento en cada uno de estos grupos, mayoritariamente comandados por hombres?

Y aun más, pensando en el día de la poesía que se celebra el 21 de marzo: ¿qué mujeres poetas escribieron sus obras en aquellos años? ¿Qué ha sido de sus nombres y de sus obras? De esta forma, queremos proponer aquí algunas sugerencias para recuperar, redescubrir y sobre todo incorporar a nuestra tradición cultural la producción poética de las mujeres adscritas a cada una de estas tres generaciones.




Carolina Coronado retratada por Federico de Madrazo.


GENERACIÓN DEL 98

Bajo este epígrafe podemos situar los nombres de Unamuno, Baroja, Blasco Ibáñez, Azorín, Valle-Inclán o el más joven de todos, Antonio Machado. Mucho más difícil nos resultaría dar con un solo nombre femenino. Pero los hay.

Algunas autoras están todavía muy vinculadas al Romanticismo y su poesía tiende hacia ese estilo, como el caso de Carolina Coronado, Sofía Casanova o Rosario de Acuña. Pero el interés por el mundo que les rodea y las circunstancias históricas en que se insertan sus vidas no les resultan ajenos en absoluto.

Sofía Casanova llegó a ser corresponsal en la Primera Guerra Mundial. En 2017 se reeditó su poemario Fugaces, de 1898. Por su parte, Carolina Coronado escribirá poemas relativos a la nueva situación del país tras el Desastre del 98, con versos tan explícitos como estos:


«¡Mejor morir!… antes que gente extraña

pregunte por burlar nuestros sonrojos:

“¿En qué lugar de Europa estuvo España?"».

Esta preocupación por la decadencia española desembocará, como sabemos, en posiciones regeneracionistas con propuestas diversas para sacar al país de esa crisis. Es el caso de Blanca de los Ríos, candidata al Premio Nobel y que dirigió una revista de explícito título, Raza española, entre 1919 y 1930. Entre sus obras líricas se encuentra el poemario titulado Esperanzas y recuerdos, que reeditó y amplió en 1912.

Aunque no escribió poesía, es imposible dejar fuera en relación con el tema del regeneracionismo y la pedagogía a María de Maeztu, que tuvo que exiliarse y murió en Argentina en 1948. Carmen Baroja, conocida por sus Recuerdos de una mujer de la generación del 98, también escribió versos, algunos de los cuales se han recuperado en el libro Tres Barojas. Poemas, de 1995.

Pero también encontraremos mujeres con posiciones mucho más radicales que las mencionadas, como Belén de Sárraga, librepensadora, masona, feminista y republicana que pasó gran parte de su vida en América, donde murió exiliada en 1951.


Consuelo Álvarez Pool

O Regina de Lamo, madre de la gran escritora Carlota O’Neill y abuela de Lidia Falcón. Anarquista y feminista convencida, su activismo a favor de los derechos de la mujer ha quedado plasmado en numerosos artículos y en algunos poemas.

También muy combativa es Consuelo Álvarez Pool, periodista, telegrafista y primera mujer jefa de prensa, que publicó poemas en los medios a comienzos de siglo.

Imposible no dejar constancia de otros nombres, aunque no llegaran a escribir poesía: la periodista Carmen de Burgos, la escritora de ideología conservadora Concha Espina, y la dramaturga María de la O Lejárraga, cuya vida evidencia el paso adelante de mujeres ajenas a las convenciones que las constreñían.
Generación del 27 o de la República

De nuevo ocupan los primeros puestos de este grupo literario nombres como los de García Lorca, Cernuda, Alberti, Miguel Hernández y un largo etcétera bien conocido.

La recuperación de las escritoras adscritas a este movimiento es una labor incansable que ha logrado rescatar la obra de María Teresa León, o la hasta hace muy pocos años desconocida Luisa Carnés.

Entre las poetas los nombres se multiplican: Ernestina de Champourcin, con una poesía enmarcada en el diálogo con Dios, la canaria Josefina de la Torre, cuya obra se centra en la nostalgia del pasado perdido, la maternidad no realizada y el amor, o Concha Méndez, modelo de mujer moderna y ajena al estereotipo tradicional femenino, que desarrollará una poesía atravesada por la experiencia del exilio.
Documental Las Sinsombrero, cuya emisión dio a conocer el papel de las mujeres de la Generación del 27.

También se escapa del marco tradicional la obra de Carmen Conde, una poeta que destaca por su rebeldía e inconformismo, encubiertos por la expresión poética en una España que no reconoció su valía hasta después del fin de la dictadura, cuando ingresó en la RAE.

Rosa Chacel, ensayista y novelista, será otra de las escritoras del 27 que también escribirá poesía. Nuevas autoras cuya obra estará marcada por la dura experiencia del exilio serán Nuria Parés y Concha Zardoya.

Entre las poetas que desarrollaron su obra dentro de la España franquista podemos recordar la poesía intimista de Susana March o Clemencia Laborda, en cuyas obras se mantiene la imagen de la mujer tradicional, volcada en lo doméstico y la maternidad. Ejemplos señalados serían Celia Viñas, Elena Martín Vivaldi y la Guiomar de Antonio Machado, Pilar de Valderrama:


"Aquel café de barrio, destartalado y frío,

testigo silencioso de nuestras confidencias,

extremo de rigores, conjunto de inclemencias,

que sólo caldeaban tu corazón y el mío.

Una de las autoras más destacadas y que evolucionó desde estos presupuestos hacia una poesía más comprometida es Ángela Figuera Aymerich.

GENERACIÓN DEL 50

La evolución hacia una poesía mucho más preocupada por lo colectivo y lo social nos traerá libros en los que lo urbano cobra un interesante protagonismo, como los de María Beneyto o Josefina Romo Arregui. La transición desde el intimismo del yo hacia la preocupación colectiva y la recuperación de la memoria está representada por Cristina Lacasa.

Pero la renovación del lenguaje será mucho más marcada con Ana María Moix, el uso de la poesía como vehículo de denuncia de Concha de Marco o Julia Uceda, ganadora del primer Premio Nacional de Poesía otorgado a una mujer en 2003. Otras autoras importantes de este grupo son Gloria Fuertes, María Victoria Atencia, María Elvira Lacaci o Pilar Paz Pasamar.


"Nací para poeta o para muerto,

escogí lo difícil

—supervivo de todos los naufragios—,

y sigo con mis versos,

vivita y coleando”.

Gloria Fuertes

Muchos nombres por descubrir, por leer. Grandes poetas que no merecen ese lugar en penumbra en el que siguen situadas.

EXTRAÍDO DE CONVERSATION - POETAS ESPAÑOLAS EN PENUMBRA.

POEMAS AMOROSOS


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Trono de mi mihrab solitario, mi bien, mi amor, mi luna.

Mi amiga más sincera, mi confidente, mi propia existencia, mi sultana, mi único amor.

La más bella de las bellas...

Mi primavera, mi amada de cara alegre, mi luz del día, mi corazón, mi hoja risueña...

Mi flor, mi dulce, mi rosa, la única que no me turba en este mundo...

Mi Estambul, mi Caraman, la tierra de mi Anatolia
Mi Badakhshan, mi Bagdad y mi Khorasan
Mi mujer de hermosos cabellos, mi amada de ceja curvada, mi amada de ojos peligrosos...

Cantaré tus virtudes siempre
Yo, el amante de corazón atormentado, Muhibbi con los ojos desbordados de lágrimas, yo soy feliz.





Suleyman I (1494-1566), sultán del imperio otomano entre 1520/1566. Hijo del sultán Selim I Yavuz y Ayse Hafsa Sultan, princesa crimea.

Conocido como Solimán el Magnífico en castellano, y en el mundo islámico como el «Codificador» o el «Legislador» (en turco Kanuni; en árabe al-Qanuni, debido a la profunda reforma que introdujo en el sistema legal otomano.

Protegió y buscó el desarrollo de las ciencias y las artes, y acogió a numerosos filósofos. Fue mencionado como uno de los más notables poetas musulmanes.

Pese a tener varias concubinas, Solimán se casó legalmente con una de ellas,Hürren Sultan (Roxelana), quien fue célebre en las cortes europeas de la época por su influencia en el gobierno otomano. A ella se considera dedicado el poema que se publica en el presente blog.

AVANCE




DIÁSPORA

                                                                                                   
Anoche,
mis padres regresaron a mis sueños.
En lozana liturgia recuerdo
la levedad de sus pasos de niños.
Con gesto familiar entraron a mi cuarto
hasta detenerse frente al espejo.
Aquí estoy, les dije sin decirles,
al verlos abrazar
las preñeces sagradas de las fotos.
Un instante, tan solo.

Desde anoche,
barquitos de papel
navegan invisibles por la casa.



"EXILIO EN SEPIA", DE MARITA RODRIGUEZ-CAZAUX
 POEMARIO
EDITORIAL DUNKEN

viernes, 21 de junio de 2019



EL PÁJARO



Los jueves, en casa de Laura, organizábamos un taller de lectura que remataba con comentarios sobre el texto. Para aquella tarde habíamos concertado leer alguno de los cuentos de Di Benedetto, pero, Laura tenía un compromiso de último momento y postergaba el encuentro. Decidimos llevarlo a cabo en un barcito de Boedo, a pasos del subte para comodidad de todos.

La tarde cerraba con garúa y ese aire húmedo que despeina recuerdos, días en que nadie puede, detrás de cristales de niebla, escaparle al gesto de entrecerrar los ojos, como queriendo mirar hacia adentro.

Al entrar, el café desguazaba las voces propias que tienen los bares porteños. Mal que le pese a muchos, en esta ciudad que el escritor mendocino minimizó por orgullo provinciano y donde el destino impuso que falleciera, los bares invitan a internarse en la bohemia solitaria que manda leer un libro sobre una mesa que, siempre, tiene una pata más corta para desacompasar la inercia del pensamiento.

Alfredo ya estaba sentado a la mesita del rincón. Al verme, hizo una seña, un ademán acompañado de disimulado pudor. Enseguida, llegaron Pilar y Román. O Román y Pilar, porque no parecen habituarse a ser ellos mismos sin la sombra del otro, pegados como un género reversible.

—¿Qué tal, vos más vos?— les dijo Alfredo; ellos, acostumbrados a sus bromas ni le contestaron.

Cuando el mozo traía cuatro pocillos de café, entró Juan. Resulta imprescindible que el mozo disponga los pocillos en la bandeja para que Juan llegue, hemos hecho la prueba. Como siempre, cruzó el salón, apurado, sin aliento, dejó el libro sobre la mesa y se quitó la campera.

—Hermosa sonrisa —dijo Pilar, mirando la tapa. Acercó la mano y pasó los dedos sobre la foto en blanco y negro. Los ojos oscuros, la barba canosa, la boina.

—Media sonrisa —rectificó Juan. Ella hizo un mohín incómodo.

—Dejate de corregir. Te creés el más avispado —lo atacó Román.

—Ya salió el “salva novia” —lo retó Juan impostando la voz.

—Debíamos haberlo leído mucho antes —sentenció Alfredo. Ninguna novedad, Alfredo siempre opina que vamos con retardo, como si él aportara innovaciones.

—Yo lo leí, y vos también —le apuntó Juan que tiene la memoria detenida en aquella época de Filosofía y Letras .—Acordate, hicimos una monografía con el flaquito Ayala, el que tuvo que rajarse.

Juan es un ensayista talentoso, tiene la milagrosa suerte de vivir de la literatura. Su léxico es agudo, tanto, que acierta cabalmente al describir las acciones y los tiempos porque Ayala, en verdad, se fue rajando. La imagen del amigo, su destierro, la tortura, el infortunio de la pérdida, nos llevó otra vez al escritor exiliado.

Pilar tomó el volumen y lo abrió al azar, “Mariposas de Koch” leyó con su voz menuda, de chica rubia.

—Empiezo —dijo alargando la última letra para que pareciera una pregunta. Pilar logra sutilmente que un mandato, una aseveración, aparenten ser subordinada pregunta.

Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis. Yo veía a mi burro mascar margaritas y se me antojaba que esa placidez de vida, esa serenidad de espíritu que le rebasaba los ojos era obra de las cándidas flores. Un día quise comer, como él, una margarita. Tendí la mano y en ese momento …—Servime agua —le pidió a Román, y siguió con la lectura.

El cuento fue cerrando un nudo cada vez más apretado. No pude escapar a la imagen del protagonista, su aliento húmedo, repugnante. El olor que despedía su pelo, la ropa. Alfredo sacudió una pelusita del sueter, me pareció que lo hacía con asco, un gesto que tapa otro, pensé mientras la motita verde se balanceaba hasta caer.

—… ciegas, las pobrecitas. Punto final —dijo Pilar. Reclinó los hombros sobre el respaldo de la silla. Juan se quitó los anteojos y volvió a ponérselos.

Callados, se me ocurre ahora que debimos pensar lo mismo, pensamos en aquella mancha roja, pegajosa, que latía en el suelo, aún tibia. Recordé la voz de mi padre diciendo que la guerra era una escupida sepia que volvía sepia a la gente, los árboles, la lluvia, el aire. Al fin, siempre se recuerdan las cosas por un color, afirmaba.

—Léelo otra vez, Pilar —pidió Juan. Noté que Román se estremecía. Pilar volvió sobre las palabras, esta vez su acento tembló dos o tres veces y tropezó en la palabra escupitajos.

Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros, equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, leía Pilar, la cara sombreada por la luz de una tulipa de pared. Cuando llegó al final, cerró el libro.

—Pobrecitas …, pobrecitas las mariposas. ¿Te das cuenta? —dijo Juan y me miró —Está obligándonos a sentir lástima por ellas.

—O quiere desviar la lástima —dijo Román —, que ignoremos la proximidad de la muerte, y distrae su propio cuerpo del estertor, la respiración raída, de esa punzada a traición. Quiere que no sepamos del zumbido en los oídos que detona en la almohada cuando, boca arriba, somos un único ojo que mira el cielorraso. Y lo trágico, más que la muerte, la necesidad de inventar mariposas, de volverse loco para morir sin aparentarlo ante la mirada escrutadora, morbosa de los otros.

—Dejate de ver visiones, cortó Alfredo —. Acá la cosa es que el tipo está loco, ¿entendés?, loco total y se pianta creyendo que sus escupidas son mariposas.

—Se las come, igual que se come las flores —dijo Pilar, como si lo que había leído estuviera todavía en su boca como un bocado sin tragar. Noté que el mentón le temblaba y los labios se contraían como si reprimiera un reflujo. Román le acarició la nuca, luego apoyó la mano sobre la de ella.

En la vereda, las luces de neón afilaban los cuerpos. Al llegar a la esquina nos despedimos. Pilar y Román bajaron las escaleras del subte. Juan y yo esperamos a que Alfredo sacara el auto del garaje. Lo vimos doblar en la primera calle, seguimos caminando juntos hasta la esquina de Chile.

—Nos hablamos —dije, y él repitió lo mismo, o algo parecido, no sé.

El jueves siguiente nos reunimos en casa de Laura, leímos un cuento de Marosa Di Giorgio, seguimos la rutina, nos despedidos de la misma manera que siempre. Finalizado el invierno tuve un viaje de trabajo y abandoné el taller hasta el regreso de las vacaciones. Cada tanto hablaba con Juan, sabía que Alfredo había logrado una beca, y que Pilar y Román rentaban una chacrita. Tuvo que llegar abril para encontrarnos nuevamente.

—Cambiaste las cortinas Laura, qué lindas —dije cuando entré. Juan se levantó a saludarme.

—Llegaste temprano… Así me gusta, que empieces el año con buena letra. Él hizo un ademán pícaro —.Siempre el mismo payaso —me reí y me senté junto a Laura.

Sonó el portero eléctrico, Alfredo avisaba que alguien le había abierto, quizá el encargado, y subía directamente. Saludó amable, pero lo noté esquivo. Los chistes que siempre hacíamos al encontrarnos no tuvieron respuesta, se ubicó de costado, cerca de la cabecera de la mesa.

—Tengo que contarles algo —dijo—, murió Román. Me llamó el hermano hace unas semanas. En enero tuvo un ataque, finalmente se complicó.

No sabíamos que Román estaba enfermo, ninguno de nosotros lo hubiese imaginado; en las reuniones del taller, se mostraba sereno, afable, siempre pendiente de Pilar y Pilar de él. Los dos, dentro de un mundo que los demás apenas percibíamos.

Pasado un momento, Laura encendió una lámpara, la luz dividió la habitación en dos, aproximé la silla a la izquierda donde podía ver mejor las letras del texto. A la hora, coincidimos en irnos; en el ascensor, no dijimos palabra.

Seguimos asistiendo al taller, generalmente leía yo, o Laura, pero no era lo mismo, la voz de Pilar tenía un color especial. A la salida, varias veces me prometí, “es la última vez, no vuelvo más”, pero, llegaba el jueves y volvía.

Así pasaron los meses, diciembre iba promediando y era hora de despedirnos hasta el año próximo. Las Fiestas alborotaban las calles, los comercios. Supuse que un libro era un buen regalo para despedir el año en el taller; sabía el gusto de cada uno, no podía equivocarme al elegir. Aproveché el tiempo libre del almuerzo y me llegué hasta la librería.

Había elegido una novela para Juan y un poemario para Alfredo, faltaba encontrar algún libro de Huidobro, el preferido de Laura. Iba recorriendo los anaqueles, cuando la vi. Estaba de espaldas, pero reconocí el pelo rubio, los hombros delgados.

No me acerco, pensé, quizá hasta se moleste si la saludo, pero en ese momento giró hacia el costado y quedamos enfrentadas. Al verme, se acercó con naturalidad; yo tenía entre las manos los libros y la cartera, entonces ella, rodeándome, me abrazó levemente.

—Si estás comprando te espero —dijo.

—Tengo que pagar —contesté y tomé, del estante más cercano, un libro al azar. En la caja pagué, recogí las bolsas transparentes con los libros. Salimos hacia la calle; unos adornos plásticos colgaban de los cables del alumbrado.

—Quería decirte…—se interrumpió como si se arrepintiera de una confidencia —.Estaba enferma cuando empecé el taller, una molestia me había llevado al médico. Agazapado, el mal ya se extendía por mi cuerpo. Al conocer a Román no quise decírselo, más tarde, no pude ocultarlo. Al principio supusimos que era una equivocación, confusiones, errores en los estudios. Luego, no quedaron dudas.

La mirada de Pilar se me antojó clavada en imágenes que no podía describir.

—¿Cómo puede ser que sea más alto, más ancho que mi propio cuerpo?, le preguntaba mirándome al espejo. Creo que fueron esas palabras las que lo tentaron a sentirse tan enfermo como yo.

Quise encontrar alguna de esas frases que, creemos, pueden servir para volver sereno un dolor salvaje. No se me ocurrió ninguna.

—Siento picotazos por dentro, le dije una noche en la que el dolor me doblaba, replegándome sobre el vientre. Es el pájaro, afirmó, pero te beso y me lo trago. ¿Viste qué fácil? Ya no te volverá a despellejar. Y me besaba, una y otra vez, hasta que el dolor iba desapareciendo. Con el tratamiento, fui recuperando el ánimo, me sentía más fuerte. Él, sin embargo, apenas…

—Dejalo, Pilar, mejor no volver atrás —la detuve.

—Ya es atrás.

Bajó la cara, el flequillo rubio, liso, le ocultó los ojos.

—Hace unos meses tuvo un ataque, se descompensó, lo internaron. En la misma noche se agravó. Siempre suponemos que aquello que no tiene explicación le pasa a los demás, para nosotros el destino jamás es inexplicable —dijo Pilar.

—Es tarde, mejor te acompaño —sugerí.

Caminamos hasta la avenida. Detuvo un taxi, nos apuramos a abrazarnos. Antes de subir al auto, un estertor le movió el pecho. Tosió, con la lengua limpió el hilo traslúcido sobre los labios.

Me miró como si una neblina nos separara.

—El pájaro—me dijo en el mismo tono que le era propio —. Qué haré para que vuelva.



***

M.R.-C.
Las amantes son rubias
Cuentos (2106)
EDITORIAL DUNKEN