jueves, 19 de mayo de 2016

CITA LOS PRIMEROS MARTES DE MES




Coordinado por los escritores 
Marita Rodriguez-Cazaux, David Sorbille y Osvaldo V. Fernández


Todos los primeros martes de mes en el bar notable LA POESÍA
 con la visita de escritores afamados y micrófono abierto






Bar La Poesía
Chile y Bolivar - San Telmo - CABA


Sorteo de libros
Entrada abierta al público en general

POÉTICA GALEGA


 
'Blues', de Manuel Rivas.
Manuel Rivas es uno de los escritores gallegos más prestigiosos de la actualidad. Nació en La Coruña en 1957. Ha escrito obras tanto en gallego como en castellano y colabora como columnista en el diario El País. Entre su obra poética destaca este 'Blues':

"Só a noite é o paraíso: dormen os homes. (Solo la noche es el paraíso: duermen los hombres.)
Os soños abren las xanelas (Los sueños abren las ventanas)
e lámbense as feridas nas praias e nas beiras (y se lamen las heridas en las playas y las orillas)
dos ríos. (de los ríos.)
Os soños cantan coa gorxa xeada. (Los sueños cantan con la garganta helada.)
Como esclavos, fan tocar os tambores. (Como esclavos, hacen tocar los tambores.)"



‘Ti e mais eu’, de Celso Emilio Ferreiro.

Celso Emilio Ferreiro nació en Celanova (Ourense) en 1912 y murió en Vigo en 1979. Fue un escritor y político muy activo que incluso trabajó como periodista. Escribió prosa y poesía en castellano y gallego, pero destacó sobre todo por sus poemas en este idioma. En su libro 'Longa noite de pedra' encontrarás esta poesía:

"Falemos de tí e min (Hablemos de ti y de mi)

Tí i eu, saudade (Tú y yo, nostalgia)
de álbores íntimos. (de albores íntimos.)
Tí i eu sin tempo (Tú y yo sin tiempo)
polo tempo que imos. (por el tiempo que fuimos.)
Tí i eu cantando, (Tú y yo cantando,)
chorando e rindo. (llorando y riendo.)



'Roseira do teu mencer', de Xosé María Álvarez.

Xosé María Álvarez nació en Vigo en 1915 y murió en la misma ciudad en 1985. Fue un prestigioso poeta adscrito a la generación de 1936. Entre sus libros más conocidos se encuentra 'Roseira do teu mencer', un conjunto de poemas donde puedes encontrar este:

"Era un airiño soave (Era un aire suave)
que se ergueu pola mañán (que se levantó por la mañana)
e viña de non se sabe. (y vino de donde no se sabe.)
Era un recendo de rosas (Era un aroma de rosas)
de roseira de ningures,(de un rosal de nadie)
que se meteu pola porta. (que se metió por la puerta.). [...]"



'Madrigal a Cibda de Santiago', de Federico García Lorca.

Federico García Lorca no era gallego, pero escribió un conjunto de poemas en homenaje a la poesía escrita en este idioma. La obra, llamada 'Seis poemas galegos' comienza con este 'Madrigal a Cibda de Santiago':

Chove en Santiago (Llueve en Santiago)
meu doce amor. (mi dulce amor.)
Camelia branca do ar (Camelia blanca del aire)
brila entebrecida ô sol. (brilla entre tinieblas el sol.)
Chove en Santiago (Llueve en Santiago)
na noite escrura. (en la noche oscura).
Herbas de prata e de sono (Hierbas de plata y de sueño)
cobren a valeira lúa. (cubren la luna vacía).
Olla a choiva pola rúa, (Mira la lluvia por la calle)
laio de pedra e cristal. (lástima de piedra y cristal).
Olla o vento esvaído (Mira el viento descolorido)
soma e cinza do teu mar. (y las cenizas de su mar)".




CUENTO




M A M Á





Cuando él llegó todo fue distinto.

Poco a poco se hizo dueño de la casa, y de mamá.

Tuve que dejar la bici en el patio de tierra para que él acomodara la moto en el garaje y cederle mi estante de juguetes para sus discos de rock.

Mamá se tiñó el pelo y empezó a comprarse pantalones dos talles más chicos. Así, apretada y llamativa caminaba colgada de su brazo, mientras yo, unos pasos apartado de ellos, me moría de vergüenza.

De puro quisquilloso él no permitía que nadie se sentara a la mesa en su lugar y mamá era la única que lo tuteaba. A mí me había prohibido semejante familiaridad y lo llamaba tío.

No me quiso nunca, lo supe en cuanto lo vi.

Me mandaba de aquí para allá y cada tanto tenía que esquivarle un manotazo, mientras mamá parecía vivir en otro mundo, pegada a él.

En mis sueños yo le disparaba, lo atropellaba, lo envenenaba y rescataba a mamá, para que ella se quedara a mi lado, como había sido antes.

Pero en la mañana, al despertar, él seguía siendo el rey de la casa, desayunando feliz mientras mamá le untaba las tostadas con dulce casero.

Soportarlo toda la semana me agotaba, pero los sábados era peor.

Desde la mañana mamá se arreglaba el pelo, se pintaba las uñas, se probada diez veces las blusas y se depilaba las cejas.

Después de cenar iban al club a bailar y yo apenas existía para ella cuando antes de salir, me daba un beso apurado para no desprenderse el brillo de los labios.

De madrugada, cuando volvían, oía los pasos de los dos hacia su dormitorio, la puerta al cerrarse, la risa burlona de él galopando sobre el murmullo de mamá, que se iba perdiendo de a poco, hasta que unos gemidos entrecortados le apagaban la voz.

Por toda la casa se iba extendiendo ese susurro sofocado de mamá, apenas un aleteo, como si hubieran entrado pájaros por la ventana. Era ése el momento en que más lo odiaba.

Una tarde pasé por el kiosco de diarios y vi la revista. Una chica rubia, apenas tapada por una nube de espuma, apoyaba sus manos sobre los pechos altos y redondos. Ahí me acordé de lo celosa que era mamá.

La había sorprendido algunas veces escuchando inquieta cuando él hablaba por teléfono, hurgando en los bolsillos de su campera, revisando sus cajones.

Recordé la furia de mamá cuando en el televisor aparecía una mujer hermosa, su boca apretada mientras él entrecerraba los ojos, pasándose la lengua por los labios.

Tres veces fui y volví, mirando la revista de reojo, inquieto, pero como yo era el que todos los días iba a comprar el diario el muchacho no dudó en vendérmela.

Lo demás resultó fácil. La escondí entre las carpetas del colegio y más tarde, recorté prolijamente todas las fotos de chicas desnudas que me parecieron más lindas.

Altas, maquilladas hasta la exageración. Vestidas de bebitas, de hadas, de mucamas. Calzadas con botas doradas y sandalias con tiras. Envueltas por tules transparentes, acostadas en alfombras, cabalgando sobre caños, con la espalda arqueada y de rodillas.

Algunas ni siquiera mostraban la cara, pero también las recorté.

Esperé ansioso a que salieran para hacer compras en el centro y desparramé los recortes en el botiquín del baño donde él guardaba la crema de afeitar, entre sus compacts y en el estante de sus camisas.

Esa noche los oí cuchichear como siempre, después la risa tenue de mamá, el aleteo inquieto y los ronquidos asquerosos de él.

En la cama, imaginé a mamá, roja de rabia, tirándole la ropa en la vereda, y gritando que se fuera, que no quería verlo nunca más y me metí en un sueño donde todo volvía a ser como había sido hasta que él llegó.

Al día siguiente, espié a mamá, pero mamá lavó la ropa y cantó mientras planchaba. Ni rastros de un ataque de celos.

-Habrá que esperar hasta el viernes, -pensé, porque los viernes mamá se dedicaba a limpiar la casa, desde el cielo raso hasta los pisos, sin dejar de pasar el plumero por cada rincón.

-Cuando mamá descubra los recortes -,me repetía a cada momento, -estallará de celos y aquellos pájaros nocturnos no van a desvelarme más.

Él llegó a la tardecita, yo preferí quedarme por el fondo, haciéndome el distraído.

Después de acomodar la moto, entró.

En la cocina a esa hora, los dos acostumbraban a tomar unos matecitos.

Me asomé apenas, apoyándome en la puerta. Estirada sobre la mesa y rodeándole los hombros mamá le acomodaba el pelo sobre la frente. Él chupaba la bombilla con los ojos cerrados.

Después mamá bajó la voz y acercándose cada vez más le susurró en la oreja. No pude oír pero la mirada de él me pareció más oscura.

- Mirá qué turro, que guachito turro -dijo con los labios casi cerrados -esperá que lo agarre, no le van a quedar ganas de hacerse el vivo conmigo.

Mamá acomodó la espalda en la silla y sonrió.

- Ya vas a ver cuando lo vea, ya vas a ver -repitió él y se levantó con un movimiento lento.

Yo salí por la puerta del patio y me fui hasta la plaza. Una fatiga me apretaba el pecho. Ahí me quedé mientras la tarde se iba poniendo más fría y los faroles se encendían.

Regresé contando las baldosas de la vereda. Al dar la vuelta a la esquina lo vi. Parado en la entrada y fumando.

Cuando levantó la vista, tiró el cigarrillo, lo aplastó con el pie y se acercó. Sin moverme, entre las piernas sentí que me corría agua.

Tomándome del pelo descargó un golpe sobre mi cara. Después otro, y otro, y otro.

Por la nariz hasta la boca, me llegaba un sabor casi dulce, me dolía el cuello y caí.

- Hijo de puta -dije desde el suelo, pero él ya no podía oírme.

Su espalda ancha y su nuca se fueron inclinando dentro de mis ojos cuando traté de levantarme de costado, apoyándome en los codos.

Delante de la puerta, encendió con calma otro cigarrillo, el humo se volvió denso, rodeándolo mientras entraba.

Mi pantalón y los zapatos estaban mojados. La cara me latía.

Pasé por la cocina, mamá preparaba la cena.

- ¿Viste, no?, te lo tenés merecido por insolente, -dijo y siguió batiendo huevos en un plato hondo.

En la mesa, él ni me miró. Y mamá tampoco.

Después de comer, yo llevé los platos a la cocina, ella los apiló en la pileta de la mesada.

- Mamá, - le dije en voz baja, pero mamá puso la cafetera en el fuego y sacó dos tazas de la alacena.

- Salí, - dijo - salí del medio -. La voz de mamá me dolió más que los golpes.

Más tarde, ni siquiera me dio las buenas noches.

Supe entonces que era tanto el odio, que era demasiado para odiarlo solamente a él.

Cuando al día siguiente me levanté, ya lo había decidido.

Él, en el patio, aceitaba la moto. Con silbidos desparejos repetía la música de la radio.

Mamá, le tiró un beso breve antes de entrar al lavadero. Al minuto salió llevando la escalera para limpiar el baño.

Ella odiaba las manchas verdes de la humedad, así que antes de repasar uno a uno los azulejos, mamá frotaba una esponja con lavandina por el techo del baño.

Entré en el momento en que estaba con la esponja en la mano y el olor a lavandina era una oleada picante.

- Sos vos, - me dijo al oír mis pasos - ya habrás aprendido, así que,

Antes de continuar fue doblando la cabeza para mirarme de frente.

- entrometido, y cuidate, cuidate ¿entendés?, porque la próxima voy a -decía la voz de mamá subida en el último peldaño y raspando los hongos del techo.

Yo ya no la escuchaba.

Me acerqué a la escalera y con toda la fuerza de mi cuerpo, empujé.

Mamá fue perdiendo la forma de un cuerpo erguido, con las manos tratando de agarrarse a la barra de la cortina.

Vi como se iba resbalando sobre los azulejos de la bañadera. Al caer chocó contra el lavatorio.

Su cabeza golpeó contra el inodoro.

Sobre la frente, le iba manchando el pelo un hilo espeso, de color amarronado.

Movió un brazo, y me pareció que iba a levantarse, pero mamá siguió tendida en las baldosas, mirando con los ojos fijos, el techo con humedades.

Salí al patio y lo llamé. Se acercó con las manos sucias, y esa mirada oscura que me aterrorizaba. Por un momento pensé que iba a sacudirme una cachetada, por haberlo molestado.

- Es mamá, tío. Lo espera en el baño.

Él caminó hasta el baño, dejando sobre el parquet el barro chirlo del patio.

Antes de entrar al baño, se detuvo en la puerta, un sonido de espanto le subió desde el pecho. Agachado sobre el cuerpo de mamá le sacudió los hombros, manchándole el vestido de grasa negra.

En un último abrazo, la cabeza de mamá colgaba hacia atrás y la cara de él era una mueca deformada.

Fui hasta el teléfono, marqué el número.

- Fue él - dije, y colgué.



M.R.-C.
DE AMORES Y DESAMORES

Editorial Dunken









CUENTO




EL ESPÍRITU EN LA BOTELLA 




Viví con don Severo Linares desde chico.

Don Severo me llevó de boyero y aprendí con el tiempo a cuidar potros y ensillar caballos; hasta que una tarde perdido entre los sueños que alcanzaba bebiendo, se fue despacio, metiéndose en la botella, mirándome desde adentro, con ojos de despedida.

Yo había obedecido siempre a don Severo, por eso no lo contradije y ahí quedó, dentro de la botella, arrugado y callado como siempre.

Pensé que era un buen lugar para descansar y a nadie molestaba, así que lo dejé sobre el estante del armario, cerca del fogón de ladrillos, en la penumbra de la tapera.

Lo dejé ahí y me olvidé de la botella y de don Severo Linares hasta que apareció el Lucio Santos.

El Lucio no faltaba al baile de los sábados y desde la tardecita gustaba entonarse con unos traguitos antes de que la orquesta subiera al escenario, por eso, cuando lo vi venir por la lomada a esa hora, me sorprendí.

A las zancadas y encorvado, bajó por la calle de los ligustros, abrió la tranquera y se me quedó mirando, y yo a él, todavía con la sorpresa abriéndome la boca.

-La Blanca -dijo -. No me da ni cinco.

-Qué decís, si la Blanca es un abrojo, siempre en la puerta de la casa con cara de lechuza, mirando para todos lados, esperando que alguno doble la esquina; entrá nomás Lucio y tomate conmigo unos mates antes de ir al baile.

¡Que lo tiró!, justo la Blanca, me repetí para mis adentros al pasar la puerta de la cocina porque sabía de ciertas andanzas de la chica.

-Estás destornillado -me dijo el Lucio- Cómo voy a ir a bailar con la tristeza que tengo. ¿No ves que se me caen las lágrimas, grandes como higos?

Y siguió hablando y hablando, pero tan bajito que yo apenas lo escuchaba mientras trataba de medir el tamaño de sus lágrimas.

La pucha, pensé, ahora qué le digo al Lucio, porque la verdad, no soy muy versado y en cuestiones de mujeres entiendo poco, pero el Lucio ya se estaba sentando a la mesa de la cocina y estiraba la espalda en la silla, acomodando los pies sobre la tierra apisonada, con trazas de quedarse para largo.

-Te pico un poco de salame y queso -dije mirándolo de reojo y acerqué el mate y la pava, dispuesto a escuchar las quejas del Lucio, que es lo que hago cuando un tipo me habla de mujeres esquivas.

-Mate no quiero, dame algo fuerte; grapa, dame grapa -dijo el Lucio, con los ojos entornados, desajustándose el nudo sobre el cuello, arrugando las iniciales bordadas en celeste, entrelazadas en el pico del pañuelo.

-Grapa no tengo, pero mirá, tomemos este vinito que compré en Chajá y todavía no probé, parece bueno, por la botella digo, mirá que color brillante -le alcancé a contar, pero el Lucio, se había levantado y curioseando descubrió en el armario la botella donde guardaba su paso por esta vida don Severo.

-Dejá Lucio, no toqués esa botella -quise frenarlo, porque el respeto es el respeto y cada uno elije donde quiere ser enterrado, pero el Lucio, ya la estaba destapando y se servía un trago en el vaso.

De un soplo se lo bebió. Vi como paladeaba el vino dulzón de la mejor cosecha de aquel año.

Volvió a servirse. Enderezando el codo, inclinó la cabeza hacia atrás y por la garganta le bajó hasta la última gota del líquido rojizo.

-Se emborracha el Lucio, me dije para mis adentros, se cae redondo, lo tengo que acostar en el catre, o se pone loco y rompe la silla y el farol. O empieza a gritar, o canta, o se larga a reír con esos dientes cuadrados que tiene. Pero el Lucio se sentó otra vez y se acomodó el sombrero sobre la nuca, con tal destreza que el ala le sombreó los ojos, apenas caída sobre un costado.

Carancho que el Lucio es lindo, pensé, con esos bigotes rubiones, parecidos a los de don Severo, y la mirada verdosa como filtrada de sol. Y hasta me pareció que me adivinaba el pensamiento cuando se levantó tranquilo y, sonriendo, se sacudió el pantalón abullonado.

Salió del rancho cuando el horizonte iba cayendo como un rebencazo sobre los lapachos.

Pasó la tranquera. Sin cerrarla, siguió camino hasta el cruce de la vía muerta. Al bajar la lomada, lo vi desaparecer.

Apurado manoteé la botella de don Severo y por si acaso se le ocurría volver al Lucio, la escondí detrás del botijo del agua. Pero, el Lucio no volvió.

Después de un tiempo, me enteré que había cambiado mucho y traía para el pueblo unos zainos comprados en Chasquito.

Es loco el Lucio, seguro los cuatrereó, supuse sabiendo cómo le tiraban los naipes y que nunca tenía plata.

Un atardecer, cuando menos lo hubiera imaginado, el Lucio llegó montado en un overo potrillo, con botas de empeine repujado y un faconcito plateado acomodado en la cintura.

Sentados los dos en un banco bajo, a la sombra del alero, apurando un matecito perfumado con cáscaras de naranja, me contó que pensaba comprarle al Gringo, las tierras del cauce.

-Estás tomado, Lucio -le contesté- ¿Con qué dinero? No te habrás metido en líos allá, cuando te fuiste mareado porque la Blanca ni te miraba.

-No entendés, te digo que todo es bien parido, no hay nada raro. Voy a comprarme las tierritas porque me vino buena la mano, siempre quise quedarme acá y la granja del Gringo me gustaba de antes.

También a don Severo Linares, las tierras del Gringo le parecieron siempre las mejores por el cauce que entraba en la hondonada y por la orientación del terreno.

-Hacés bien, pero vos no podés pagar lo que valen.

-¿Quién te dijo? -me interrumpió el Lucio-. Para algo tengo la plata en el banco.

Recordé que don Severo llevaba los ahorros al banco. “Una moneda sobre la otra”, me aconsejaba.

-Me gustaría una casa con ventanas sobre el lado del norte, sobre el cauce que da a la quinta, por la orientación, ¿sabés? Ayuda a amainar los vientos -siguió diciendo Lucio Santos y se relamía los labios, acomodándose el pañuelo sobre la camisa de cuello recién planchado.

-La Blanca está engordando, quien iba a decirlo, ¿no? Ella, toda mía, y de chiripa un gurí; cosas que pasan -y acariciaba la hebilla del cinto trenzado, cerrando apenas los ojos.

“Cosas que pasan”, decía de fijo don Severo mientras armaba un cigarro en el patio, cuando volvía de visitar a la Blanca.

-Ojala el gurí tenga sus ojos -se entusiasmó el Lucio -del mismo color del romero dulce.

-Ojos de romero dulce –repetí, acordándome de que así piropeaba a la Blanca don Severo, cuando ella pasaba ondulando sus andares por delante de la chacras.

Y ahí nomás, me memorié del espíritu de don Severo Linares añejado en la botella y del día en que el Lucio Santos se lo bebió de un trago, desesperado de amor por la Blanca.

Volví a fijarme en las letras bordadas en el pañuelo.

La L . La S.
La S. La L.





M.R.-C.
DE AMORES Y DESAMORES
Editorial Dunken

jueves, 12 de mayo de 2016

PRESENTACIÓN DE PARASKEVA EN LA 42° FERIA DEL LIBRO INTERNACIONAL DE BUENOS AIRES




EN LA 42° FERIA DEL LIBRO INTERNACIONAL EN BUENOS AIRES 

SE PRESENTÓ EN LA SALA HAROLDO CONTI 

PARASKEVA, DE MARA TODOROFF

MARA TODOROFF, nacida en Montevideo, nacionalizada argentina. Actualmente reside en Alta Gracia, Córdoba.

De ascendencia búlgara, es poeta, escritora y compositora de obra afamada, acreedora a numerosos premios y menciones de honor.
Fue Presidenta  de SALAC y fundadora de ECA.
Alguna de sus obras han sido incorporadas a libros de estudio editados por Kapelutz.
Integra numerosas antologías y selecciones literarias.


La escritora y poeta Mara Todoroff entrevistada por Marita Rodriguez-Cazaux

Es autora de "El alma desnuda", Amaramara","Paraskeva", "Fragmentos y una lágrima",
"Y los cuentos..., cuentos son" y "Abrakadabra".

Distendida charla que sumó al auditorio


La obra de la escritora está disponible en Editorial Dunken - Ayacucho 357 - CABA

PRESENTACIÓN DE LIBROS



HAROLDO CONTI, CAMINOS AL ANDAR.

De Federico von Baumbach*

*Licenciado en Ciencias de la Comunicación y avanzado de la carrera de Edición de la Universidad de Buenos Aires.
Ha participado en talleres literarios dictados por los escritores Mario Goloboff y Vicente Battista, y en clínicas literarias coordinadas por Guillermo Martínez.
Dictó talleres literarios en Centros Culturales y de forma particular, es corrector literario de la editorial Palabras, integra el equipo de redacción de la revista Dangdai y es asesor de contenidos editoriales de la revista que publica el Ministerio de Educación de Chile.


SOBRE EL LIBRO:

En la esencia cotidiana, capaz de narrar toda esa vieja y sencilla historia de la gente en medio del camino, donde “La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas”, el enfoque literario abre el análisis crítico y el reconocimiento a la escritura de sus relatos, que el lector con ternura descubrirá o no olvidará porque ya ha quedado identificado con la noble arquitectura de su prosa. (De editorial Godot).

Libro destacado Fondo Nacional de las Artes.

"Haroldo Conti. Caminos al andar",
del Licenciado Federico von Baumbach.
Presentación a cargo del autor, Néstor Restivo y Vicente Zito Lema.
(Ediciones Godot)
Imágenes tomadas en la Fundación Tomás Eloy Martínez



 
Federico von Bauchbach y Marita Rodriguez-Cazaux

martes, 3 de mayo de 2016

PRESENTACIÓN DE LIBROS






Miércoles 4/5 Presentación del libro 
"EL ARCA DE MANOLO Y ORGAZ"
(Epistolario)



Autores: Ricardo G. Peyrás y Osvaldo Rey Sumay.



Componen la Mesa Literaria
Prof. Dr. Guillermo Jaim Etcheverry
Ricardo G. Peyrás y Osvaldo Rey Sumay.


Interviú a los autores: Marita Rodríguez-Cazaux


Desde las 18:00 en el Salón Editorial Dunken
Ayacucho 357 - C.A.B.A.

Entrada abierta al público.