domingo, 26 de junio de 2016


DUENDE, BANDERA Y VERSO


Por Marita Rodriguez-Cazaux

I

Granada es una llaga abierta que te nombra.
Cuchillitos de plata sobre el monte,
Lumbres de nácar.

Al galope las campanas de Justicia,
Federico,
Y el acero de tu canto
Para parir la España de bandera libertaria.

 El toro embiste la penumbra.
Corceles de guerra hunden los pechos.
Estertor de agonía por olivares
En surco de sudor y lágrimas,
Igualdades reclama el hachazo del hambre.
Muerte y barbarie,
Pétalos de carne herida los encinares,
Grávida de pasiones la serranía
Se calcina en la lengua de la metralla.
II

Desde la mar, el canto de las Sirenas,
Es una voz de espuma que te clama.

Y el ulular en torno de la encina,
El herrumbrado estío,
Los oros espigados de la huerta,
El azahar del amoroso encuentro.

Para que vuelvas como vuelves,
Federico.
Porque no es cierta la muerte que te dieron.
No se mató tu corazón de lirio.
No se calló la rosa de tu acento.
Duende, Bandera y Verso,
Florecieron tus huesos.

Alados
 ojos y sueños
desde la fosa negra trepan al Alba.


El presente poema debe su inspiración en la obra pictórica 
del artista plástico y escritor argentino José Curia, 
a quien la autora agradece la deferencia por la invitación 
a poetizar su obra.



                                                                                                               

viernes, 24 de junio de 2016

GRUPO UMBRAL LITERARIO SAN TELMO - BAR NOTABLE LA POESÍA



GRUPO LITERARIO COORDINADO POR LOS ESCRITORES



MARITA RODRIGUEZ CAZAUX


Nació en Buenos Aires en el seno de una familia de emigrantes gallegos. Formada en Letras y Psicopedagogía, es poeta y escritora en lengua castellana y gallega. Prologuista, ensayista y conferencista, sus obras integran antologías nacionales e internacionales, entre ellas Antología Poetas Latinoamericanos (Editorial Imaginante-2015) y Ecos del Grito de Mujeres Poetas Internacional (2014-2015). Colabora en Periódico Irreverentes y dirige el taller literario “Andamios en tinta”. Ha recibido números premios nacionales e internacionales. Es autora de los libros de ensayos: “Los niños y las niñas de la emigración gallega”, “Cartas de éxodos y lejanías” y “Las voces de los niños emigrantes”. De cuentos: “De amores y desamores” (2010), “Del glamour a la ciénaga” (2013) y “Las amantes son rubias” (2015). De poesía: “Poesía Congregada”, antología que compila los poemarios “Pasos Desnudos”, “Luz raída” y Pulso sensual” (2014) y “Raigambre” poemas en lengua gallega y castellana. Además, escribió “Exiliados”, novela inédita.



DAVID ANTONIO SORBILLE


Escritor argentino nacido el 10 de febrero de 1950 en la Capital Federal, donde reside. Obtuvo premios en varios concursos literarios, e intervino en numerosas antologías y en programas radiales dedicados a la difusión cultural. Publicó: “Las Huellas del Silencio” (poesías, 1999), “Los senderos del alma” (poesías, 2001), “Los muros herméticos y otros relatos” (cuentos, 2001), “Eternamente” (poemario, 2002), “Ofrenda Lírica” (poemario, 2003), “Señales de Vida” (ensayos y poesías, 2003), “Semblanzas Recobradas” (ensayos y poesías, 2009), “Los lugares comunes y otros relatos” (cuentos, 2010), “Un puente de voces” (poemas, 2012), “El Fusil de Trigo” (poemas, 2013), “Tributo a Nuestro Continente” (ensayos, 2014) por el que obtuvo la Faja de Honor de la SADE, y “Del Mágico Sombrero” (poemas, 2016) en coautoría con Ricardo Luis Plaul. Es afiliado de la SADE, y Miembro Honorífico de ASOLAPO (Asociación Latinoamericana de Poetas). Integra el Grupo Marta de París; Grupo ALEGRIA; y Grupo Umbral Literario San Telmo.




OSVALDO VICTOR FERNÁNDEZ. 



Nació en Cañuelas, prov. de Bs. As. el 11 de julio de 1952. Cursó estudios universitarios en UTN. Integra la Comisión Directiva de la Asociación de Artes y Letras de Esteban Echeverría. Es coordinador del café literario "Compartiendo Letras" en Restobar El Andén de Remedios de Escalada. Integra el grupo "Umbral Literario San Telmo", en el bar La Poesía de San Telmo. En el año 2013 publicó su primer libro: “Mis horas violetas” (Ed. Tahiel). En 2015 publicó su poemario "Luz de Luz" (Ed. Tahiel). Sus poemas integran las publicaciones: Antología Internacional Una Mirada al Sur 2013. Antología Nº XII, 2013- Año del Centenario de la Asociación de Artes y Letras de Esteban Echeverría. Antología Grupo A.L.E.G.R.I.A, X Aniversario (2015 Enigma Ed). Antología Poética Voces de la llanura (2016, Ed. Tahiel). Obtuvo primer premio en poesía "Premios Guka 2015", publicación patrocinada por la Biblioteca Nacional. Actualmente está próximo a publicar su tercer libro "Desmesura".



***


TODOS LOS PRIMEROS MARTES DE CADA MES CON LA PRESENCIA DE ESCRITORES, PRESENTACIONES DE LIBROS Y LA MEJOR DISPOSICIÓN 
PARA COMPARTIR LA MAGIA DE LA PALABRA Y LA AMISTAD.


miércoles, 22 de junio de 2016

NARRATIVA




LAS    MUSAS
                                                                                
                                   





                                                                      
          

A Lidia le gustaba hablar de sus viajes.
Nos reunía para contarnos las caminatas, los paseos, el descubrimiento de lugares fantásticos y nos mostraba las fotos para que no dudáramos ni un instante, de las maravillas a las que se accede siendo rico. Tal como ella decía, siendo pudiente.
Si había algo que nos distanciaba de Lidia eran sus veraneos, lugares que jamás pisaríamos según sus cálculos, y que nos mostraba misericordiosa para que no ignoráramos la dicha de semejante experiencia.
Todos los años, en el mes de febrero Lidia partía con sus padres de vacaciones.
A principios de marzo, cuando regresaba, nos ubicábamos en la gran mesa del comedor de su casa, sobre la carpeta de liencillo, para contemplar absortas museos, palacios, puentes, jardines, avenidas, rascacielos, tiendas, restaurantes y aeropuertos. Pedazos de un mundo que existía para nosotras, solamente, en el álbum de Lidia.
Una a una, pasaba las hojas de cartulina donde en cada foto ella aparecía radiante, esmerándose en señalarnos detalles que debían quedar grabados en nuestras pupilas por ser irrepetibles, paisajes que en nada se asemejaban a nuestras incursiones por Mar de Ajó o las piletas de Ezeiza.
Una tarde calurosa, nos quedamos en el patio detrás de la galería y la madre nos trajo bebidas frescas en vasos altos. Lidia bajó la escalera envuelta en un vestido blanco con volados en las mangas y una cinta de seda en la cintura.
- Mirá - me dijo al oído Marcela - parece un ángel - y se estiró la remerita que lavados frecuentes habían llevado a dos talles menores.
Hermosa, sentada en la hamaca forrada de granité, Lidia movía las piernas y sus zapatos charolados reflejaban las luces que se colaban inquietas por la parra. Todas nos miramos los zapatos cuando Lidia cruzó sus piernas.
- Andá a buscar las fotos de Grecia - le dijo la madre, mientras servía unas galletitas confitadas.
- Límpiense las manos en las servilletas - nos mandó Lidia al regresar con el álbum de tapas verdes.
Yo me apuré a tragar las galletas y mi hermana pasó sobre su falda de algodón floreado los dedos almibarados para ser la primera en ver las divinidades que Lidia atesoraba.
Cuando abrió el álbum sobre sus rodillas, fijamos la mirada sobre las fotos.
A mi lado, Mirta que era miope, se inclinaba sobre las estampas, acodada sobre la mesa tapando con sus rulos alborotados el paisaje de ensueño que yo apenas podía adivinar, ubicada en la esquina del sofá de mimbre.
Sobre mis hombros, empujándome la espalda con su peso, Adela, dejaba caer su aliento de sorpresa incontenible y me entibiaba la nuca.
- Miren qué figuras - apuntaba la madre, con la jarra de refresco en la mano - Asombrosas, ¿cierto? Vean lo que es el placer de poder viajar - decía mientras llenaba los vasos.
- Ésta es Hera, esposa de Zeus, el rey de los dioses - contó sabihonda Lidia - y Poseidón, con el tridente - agregó disfrutando nuestros gestos alucinados.
- ¿Qué es un tridente? - se preocupó Susy, apretando temerosa los labios sobre el aparato de ortodoncia que enrejaba sus dientes.
La madre de Lidia se rió piadosa y siguió sirviendo el refresco mientras su pulsera de dijes dorados chocaba contra la jarra de cristal.
- Vayamos a jugar - dijo Marcela aburrida, pero la voz chillona de Lidia tapó su súplica.
- ¡Dejá de tocar las fotos! - le gritó enérgica a Mirta que pasaba sus dedos irrespetuosos sobre los monumentos en ruinas, tal vez porque sus ojos apenas los adivinaban.
Mirta se acomodó los anteojos y me miró mortificada por encima de los cristales gruesos, como hacía siempre que buscaba mi apoyo. Los labios le temblaban.
- Juguemos a las estatuas - dije, devolviéndole la mirada a Mirta - Juguemos a que somos las estatuas del álbum de Lidia.
- ¿Sos loca? Antes tenemos que elegir los personajes del Olimpo, ¿no mamá? - dijo Lidia ladeando el cuello con una gracia estudiada.
- Claro, claro, Lidita, vos podés ser Afrodita, la diosa de la belleza.
Todas miramos la cara de Lidia, los ojos claros, la nariz recta, la dentadura perfecta, la melena ondulada sobre hombros menudos, las piernas de pantorrillas estilizadas y su cintura de bailarina.
- ¿Y yo? - preguntó Marcela, que no sabía de dioses porque sus padres eran ateos.
- Tal vez diosa menor, - la tranquilizó la madre de Lidia, mirando la cara redonda de Adela que poco se parecía a una Nereida.
- Ni siquiera Sirenas - susurró deteniendo con compasión sus ojos delineados en los brazos delgaditos de mi hermana.
Ahí fue cuando sentí que la cara me ardía y por el pecho me subía un calor que iba a convertirse en lágrimas, pero por obra de algún ser mitológico, el agua de mis ojos se detuvo milagrosamente, evitando el papelón.
- Serán Musas - dijo decidida Lidia Afrodita, con cierto aire piadoso, - Yo las nombraré mis musas, las Musas de Afrodita.
Entonces, Mirta se llamó Clío; mi hermana, Talía; Adela, Urania; Susy, Polimnia; Marcela, Terpsícore y yo, Melpómene.
La madre explicó que las Musas eran deidades que habitaban el Parnaso y nos indicó las funciones que debíamos representar.
- ¡Qué lío! - se quejó mi hermana, que odiaba las clases de historia, mientras Marcela ensayaba pasos de baile sobre las baldosas de la galería, con sus zapatillas acordonadas.
Cada una eligió un lugar en el jardín para posar.
Susy se recostó en el ligustrito del cantero, Mirta entre dos limoneros, Adela cerca de los rosales, Marcela y yo, pegadas a la fuente de los enanos y mi hermana al lado del pino que acostumbraban adornar en Navidad.
Tiesas, inmóviles, esperábamos que Lidia Afrodita, dejara caer su mano divina sobre nuestra cabeza y partíamos raudas hasta el tronco que tenía destino de trono, al que teníamos que tocar antes de que ella lo hiciera, para seguir siendo musas.
Las piernas esbeltas de Lidia la ayudaban en la carrera. Adela fue la primera en perder su pobre reinado, dolor que trató de olvidar devorando un alfajor de dulce de leche, sentada en una hamaca de cretona.
- ¡Pido… pido! Licencia para ir al baño - vociferó Marcela y desapareció por la galería saltando apresurada las baldosas en damero, sin dejar de danzar.
La madre de Lidia aplaudía cuando Mirta perdió el ritmo de la carrera por agacharse a recuperar los anteojos y resbaló en las lajas, quedando fuera de juego.
- ¡Una menos, una menos! - se alegró soberbia Lidia Afrodita, apoyada en el tronco - La venganza es el placer de los dioses - sentenció desdeñosa mirando a Mirta que, ya sin jerarquía alegórica, se arrastraba con la palma de la mano las lágrimas por la cara.
Mi hermana había elegido un lugar cercano al trono, para acortar distancias, pero Lidia Afrodita, ignorándola, prefería perseguirnos a Susy y a mí.
- Vos sos muy chica - le dijo la madre de Lidia, cuando mi hermana protestó acalorada porque ella también se sentía una Musa y quería jugar.
- Mejor otro día - la consoló tratando de canjear por un bizcocho la impotencia de mi hermana, inocente de haber nacido dos años más tarde.
- ¡Corré, corré…! - grité varias veces a Susy, pero creo que tenía ganas de abandonar la corona real y beberse otro refresco. Caminando despacio, llegó resignada hasta el trono de la más bella de las diosas, y la dejó ganar.
Atardecía, el sol cayendo sobre la pared del oeste se partía en líneas rosadas.
- Vengan a comer torta a la sala, Lidita, veni a tocar el piano.¡Chicas, a la sala que es tarde! - nos apuró la madre de Lidia, toda dulzura, moviendo las manos de uñas cuidadas y rojas.
- Lidia, Lidia… sigamos nosotras - le dije con odio, cuando quedamos solas en el jardín.
- Es tarde - me contestó seca, sin mirarme - seguimos mañana.
- ¡No, ahora! ¡Hasta el tronco! Te juego que llego antes.
- Está bien, pero apenas dos minutos - me conformó Lidia Afrodita con voz de diosa.
Levantó la cabeza, alargó un brazo, estiró la espalda, se acomodó la melena y con los ojos entrecerrados, se puso en pose, preparada para ganar, calculando que en dos minutos entraría triunfal a la sala para tocar “Claro de luna” mientras yo masticaría una porción de torta con gusto a derrota.
Las dos nos miramos un momento antes de alargar las piernas en un salto y correr hasta el tronco, pero adelantándome, crucé rápida delante de ella y la empujé. Cayó sobre el césped, que empezaba a cubrirse del rocío de la noche.
Trató de erguirse, tambaleante, asustada.
- Lidia Afrodita, te olvidaste de que los dioses me protegen - le dije con una voz desconocida - no quiero ser Melpómene, porque no quiero ser nada que vos decidas. Quiero ser una diosa más fuerte que vos y que mi poder te convierta en piedra.
Sorprendida, inquieta, perdiendo la estética que había elegido, quedó a unos pasos del tronco, que había sido su trono divino durante el juego.
Ni la miré; me di vuelta saltando sobre las lajas grises del jardín, crucé la galería y entré en la sala.
- Apurate, ¿dónde estabas? Por jugar te quedaste sin torta - me dijo mi hermana mientras la madre nos despedía con un beso esquivo para no despintarse.
Doblando un poco la cara vi sobre un plato de guardas azules, media torta rellena con chocolate.
- No me importa - le dije bajando la voz - La venganza es el placer de los dioses. Mi hermana levantó los dos hombros en un movimiento de indiferencia.
Al atravesar la puerta oímos la voz de la madre llamando a Lidia.
- ¡Vení Lidita, vení! ¿Qué hacés todavía en el jardín? - gritaba la madre mientras cruzábamos la calle para subir a la vereda.
Cuando todas nos separamos, los gritos nos llegaron como cristales rotos.
- ¡Lidia!..¡.Lidia…! - Los aullidos de la madre parecían estirar el nombre.
Pero Lidia no podía moverse.
La cara blanca, las piernas paralizadas, los ojos secos.
Hermosa; más hermosa aún que Afrodita, era un trozo de piedra sobre el césped.




M.R.-C.
DE AMORES Y DESAMORES - CUENTOS (2010)
EDITORIAL DUNKEN
AYACUCHO 357  













sábado, 18 de junio de 2016

POÉTICA






RECUERDO


Sube, 
con rítmico estertor ,
serena remembranza, 
y arrebata las voces
que los portarretratos 
encarcelan.


Pasajeros 
de la cansada onda,
por la orilla de la infancia,
regresa
el cantar de mamá
-agua celeste como sus ojos bellos- 
y aquella letanía del torno 
que perfumaba la madera.

Mi infancia ha sido un alalá.
Y ellos.



M.R.-C.

POÉTICA


                                        ANTONIO REQUENI



                                             PIEDRA LIBRE



El padre juega con sus criaturas.
La cara vuelta contra la pared
y el brazo levantado hasta los ojos,
está contando como si llorara.
Y mientras cuenta sus criaturas crecen,
van por el mundo, suben escaleras,
se enamoran o estudian geografía.
Cuando termina de contar, el padre
entra en los cuartos y revisa muebles.
Apenas ve. ¡Quién apagó las luces?
Su voz, que ha enronquecido, los invita
a dejar de una vez sus escondites.
Y los hijos, regresan, jubilosos.
¡Cómo han crecido! Son casi tan altos
como los sueños que en su juventud
solían desvelarlo dulcemente.
¡A contar! ¡A contar! -exclama el padre.
(los grandes siempre vuelven a ser niños).
Y los hijos se apoyan contra el muro,
hunden la frente entre los brazos. Cuentan.
Y mientras cuentan -once, doce, trece…-
el padre se va haciendo pequeñito.
Cuando terminan de contar lo buscan.
Lo buscan, pero el padre no aparece.
Se ha escondido debajo de la tierra.

miércoles, 15 de junio de 2016

POÉTICA





OKUPA

Escandalizo la urdimbre de tu verso.
La sosegada latitud 
del meridiano en tu letra.
Tilde de estocada, 
tu lápiz desenvaina
la esdrújula confesión que callas.


M.R.-C.-