jueves, 16 de abril de 2015

NARRATIVA Y POÉTICA DE JÓVENES ESCRITORES




EL SEÑOR EN SUS NÚMEROS


                                                                                                          Por Pablo Andrés Rial
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Jueves lluvioso en la terminal de Plaza Constitución, exactamente las 18:46. Sigo esperando el tren que lleva más de diez minutos de retraso, eso hace que la gente se concentre en mayor cantidad en la plataforma.
Finalmente el tren arriba y, como de costumbre, dejo pasar a todas las personas que pelean por los asientos libres. Los observo, ajeno a sus impaciencias. Cuando todo aparenta ser más sereno, asciendo a la formación y pido permiso metiéndome entre la gente para llegar a acomodarme, de pie, frente a una ventanilla.
Deseo con ganas que las puertas cierren definitivamente.
Miro hacia todos lados, y bajo la mirada para observar a los afortunados que emprenden el viaje cómodamente sentados. Me distrae la atención un hombre al que veo sacar ansioso de su bolsillo un papel higiénico o de cocina (no se distingue bien). Tiene manos de mucho soñar, su lapicera parece desplomarse de tanto uso y abuso, la siento gritar en cada número que escribe.  Él lo hace de un modo repetitivo, empieza con una fila de números, luego sigue con otras filas del mismo número, pero con menos cantidad, una debajo de la otra. Después traza una línea y repite el mismo método en nuevas filas, como con dureza y pena, como si la tinta no los marcara con fuerza y finalmente, de forma repentina, con el mejor pulso que puede  imprimir su condición de pasajero, en un movimiento incómodo del viaje, hace la última línea… tan derecha como el horizonte que se ve sentado desde una silla bajo el alero de una casa a campo abierto.  Yo solo lo observo. Lo primero que deduzco es que hará una sumatoria de todas las filas para arribar a un resultado que solo él sabe para qué es,  y que por cierto, me es cada vez más intrigante… pero no, nada de eso sucede. Los combina con astucia, los intercala: dos/cinco, dos/cinco, y así consecuentemente.  El hombre termina intensificando mi curiosidad cuando guarda el papel en el bolsillo y queda pensante, como suspendido de una idea.  Sin poder dejar de mirarlo, espero sus siguientes movimientos. Quiero llegar rápido a la estación de destino para bajar y olvidarme de ello, pero es imposible. No me puedo contener.
Tomo mi cuaderno del bolso y tímidamente, escribo en él para que nadie pueda escuchar mi voz: “¿Qué significa? ¿Azar?”
Le enseño lo que acabo de escribir, esperando una respuesta pronta para saciar la obsesión que ha despertado su actitud, pero tengo la desafortunada suerte de que el señor no puede leer.
Levanta sus pequeños ojos.
— Soy corto de vista —dice —y no llevo conmigo los lentes. Entonces ya en medio de tantas cruzadas, determino preguntarle, teniendo en cuenta que, ahora, él también debe tener curiosidad de saber sobre aquello que le escribí. Pienso rápidamente, pero devienen la vergüenza y el miedo en pareja, con sus contundentes características similares, esas que siempre frenan e inhiben. Tomo coraje, y frente a la gente que está pegada literalmente a mis codos, agacho los hombros y me acerco más a él.  Le comento que había visto sus filas de números, luego la aparente sumatoria que parecía ser una combinación entre ellos.   Mientras mi explicación avanza, mi pensamiento también lo hace esperando que él me interrumpa con una respuesta alocada, como si frente a mí tuviera a un perturbado científico o a un matemático frustrado, queriendo hacer nuevas fórmulas. Una persona avocada a las ciencias exactas.
— Son los números para la quiniela…—dice sin vueltas. Y me sonríe.





UNA TARDE CON MOZART


                                                                                        Por Pablo Andrés Rial



Despacio, va cayendo entre los espejos de la lluvia, la tarde gris, y condecora un nuevo momento a cada instante.
Un ritmo de verdes plantaciones que escaparon de sus macetas enamoradas del viento, la serenidad de un cuento que consume la candela posada sobre una modesta mesa de hogar en la sala de estar.
Confidencio con las brasas que dan el brillo preciso a la copa de vino, los libros están escritos, las sábanas mantienen el mismo perfume que los jazmines del jardín.
Acaricio, en un pañuelo de raso, la plenitud con la que duerme el gato en el sillón de abrazos ahí acostado como rey, coronado por una mujer que ama a los felinos. Me trae de regreso sus canas de seda, la sonrisa de un barco que está naufragando hacia el otro lado de la habitación.
Veo flotar escarpines hechos al crochet y el cielo se está alejando de mis cuadros de unos siglos claros, como la misma fortuna que me da la imagen viva.


                                                                ***


* Pablo Andrés Rial, Buenos Aires, 1984.

Oriundo de la ciudad de Longchamps, se ha iniciado en la escritura desde pequeño, a los doce años escribió los primeros poemas.
Ha participado en diarios locales, coordinado espacios literarios y obtuvo menciones en varios concursos de poesía. En conmemoración al Centenario de su ciudad, declarado de interés cultural por el Gobierno Argentino Municipal del partido de Almirante Brown forma parte de la Antología "De buena lluvia".
Junto a otros escritores, realizó una antología poética llamada "Instrucciones para morder una nube". Sus trabajos han sido seleccionados en dos antologías editadas recientemente, "¿Por qué poesía?" y "Caleidoscopio", a través de la convocatoria de ROI (Recepción de obras inéditas) de la Editorial Dunken.








VERTIGINOSA GEOGRAFÍA


                                                                                                                  Por Leonel Álvarez Escobar
OmbúTrazos rectos y curvilíneos… manchas; jirones; retazos; redondez y superposición; textura y comas traslúcidas. Pinceles; brochas y esponjas. Paredes; géneros; cemento y roca. Un universo de color que estallaba hacia las pupilas como aguas cantarinas. Pero siempre lo seguro, su isla, su espacio verde y acallado; de a ratos melodioso pero en quietud y envuelto en remanso. Necesitaba otra urbe, otras canciones, diferentes sonidos. Era necesario, era emergente volar…
Cuando la última brisa de verano, se ahogó en la atmósfera de la humedad del litoral, partió rumbo a su destino. Entre sus palmas sujetaba la seguridad para arriesgarse, para lograr romper una barrera invisible y abandonar el cúmulo de dudas, esas que se anidaban de adolescente en su interior. A veces se asomaban entre los objetos de su bagaje, vestigios de alguna particular sombra, a veces, solo a veces.
Un joven y aventurero artista plástico, a quien la vida parecía sorprenderlo, con alguna que otra pictórica grandeza. Con algunas frustraciones, pero que lo fortalecieron para seguir adelante. Como todo luchador. Dejando atrás los sauces y la correntada fresca de su río, se condujo en una línea de larga distancia, por las rutas hacia un particular cardinal. Sus pensamientos le dibujan delatoras sonrisas en su rostro.
Mientras se conducía sobre una ondulante trayectoria, miraba a través del cristal y el rudo cortinaje, esos retazos de color, que componían un bello tapiz natural. Saturado de diversidad de color y texturas.
Por momentos se volvía urbano y nuevamente se transfiguraba en rural. Deseaba detener el móvil, armar su caballete, dejarse fluir entre formas y pigmentos. Estos anhelos lo avasallaban una y otra vez. En este recorrido las ansias aumentaban. El corazón se aceleraba. Muchas horas de viaje…
Cuando sus sentidos lo abandonaban, irrumpían sus ilusiones y dispares de imágenes mentales.
De improviso, la noche, fallas en el motor del ómnibus interprovincial. Todo el pasaje obligado a descender. Podrían estirar sus piernas o fumar mientras llegaba el auxilio.
El joven se cautivó por una silueta tras un alambrando. Con agilidad, sorteó los hilos paralelos de acero y caminó con andar lento hacia un gran árbol. Inmenso tótem. Monumental especie. Semejaba ser el único, en los alrededores, conservando todo su follaje.
Capturó su atención un intrigante movimiento en la cercanía. No lograba distinguir su origen. Aceleración en su pulso. Se mantuvo alerta pero continuó sus pasos. Cuando estuvo cerca se alarmó. Se sobresaltó de miedo. Un ser pequeño, robusto, parecía escondido bajo el gran sombrero que descansaba sobre tu cabeza. Lo asustó. Cayó preso del espanto. Así, paralizado a unos metros durante un instante, que parecía liado a la eternidad, contempló cómo aquellas garras sujetaban un alargado pan de campo. Con ritmo lento lo atravesaba con una aguja que destellaba. Una y otra vez el pan era cocido con desesperación.
El perplejo joven intentó huir pero sus piernas no respondían. El extraño ente levantó su cabeza y con una mirada llena de horror lo increpó fijamente. Un grito opacado lo impulsó a lanzarse en una carrera tras sus pasos. Agitado, confundido, sin mirar atrás, en cada zancada parecía levitar brevemente.
El ómnibus se alejaba conduciéndose sobre la desolada ruta. Corrió y corrió sin detenerse hasta despertar de su temeraria pesadilla. No fue difícil interpretarla como su miedo a esa aventura. Miraba de reojo, algo le impedía moverse, se asustó porque cuanto más lo intentaba más sentía su cuerpo soldado al asiento. Algo lo acechaba, presentía que el espantoso ente del oscuro ombú se iba acercando, abandonando las sombras del coche. Experimentaba pavor, se sentía indefenso, vulnerable, no podía mover absolutamente ninguna extremidad. Era desesperante.
Comenzó a sentir la presencia cada vez más próxima, no podía verlo porque estaba petrificado incluso en sus pupilas, pero percibía un sórdido andar hacia él. Intentaba gritar, pero no podía. Entonces en medio de la desesperación, se dejó como caer del asiento, deslizándose al piso.
Ahí fue cuando pareció ser sacudido por el frenazo repentino del móvil. Abrió sus ojos luego de la sacudida y se encontró con el alba, con el resto de los pasajeros dormidos y un bello paisaje tras la ventana que reclamaba por espectadores. Se vislumbró del suceso. Había sido cautivo de un terrible episodio de la denominada parálisis del sueño. Agitado y con sudor procuró la calma.
El viaje continuó su trayecto. La metropolitana ciudad lo recibía mientras el amanecer se extinguía. Recordaba aquellas imágenes y tantas otras, en donde los rostros de las personas se desdibujaban o mutaban horriblemente, arrasándolo entre filas de gentes que parecían estar en procesión.
Una estación terminal le brindaba una particular bienvenida y todo comenzaba a girar, mientras un desfile de unidades urbanas se presentaba frente a él y le ofertaba destinos.
Cientos de ojos semejaban un choque contra su cuerpo. Era algo inquietante. Sentía deseos de volverse, porque se agitaba y el corazón intentaba traicionarlo por el temor.
En los primeros metros todo intentaba procurarle aire, quietud y voluntad para seguir. Como una publicidad comercial que lo motivaba a proseguir su andar.
Así, moría de repente al cuestionarse, pero su corazón desfibrilado, por la motivación de alcanzar su objetivo, retornaba a latir saturado de pasión y tenacidad.

…he aquí, situado casi en el corazón de este particular páramo urbano, siento constantemente un particular vértigo. A veces creo que es un poco molesto tener que moverme, recorriendo sus arterias con una sensación que me impide disfrutar de lo diverso y exquisito, que a mi paso voy devorando con las pupilas y que cada tanto hace festín en mi boca. Desde que pongo el primer pie, comienzo a perder un poco la seguridad y el vaivén, la oscilación constante de gentes, me obnubila. Deposito una a una con temblor las monedas en la máquina. Esta parece impacientarse ante mi comportamiento. Entonces la arquitectura, que irrumpe continuamente en el paisaje gastronómico local me inspira descripciones, me genera intrigas, me tienta a degustaciones y mi curiosidad me empuja al descenso. Necesito recorrerla a pie. Sentarme en algún café como “Bar la Academia”, que lleva casi nueve décadas desarrollando sus ricos sabores artesanales, que me han generado desparramar tinta sobre papel y ese vértigo a la ciudad se disipa de momento. Tal vez el embrujo del dulce de leche en aquel alfajor, tan exuberante, tan basto, me acarició el alma. Sería un bello exceso, algo pecaminoso, hasta sexual probarlo nuevamente. Entonces pido solo otro café, mientras miro hacia la acera. Avenida Callao no pierde su ritmo. Quiero quedarme aquí y deseo salir y recorrerla. Experimentar el vértigo y a la vez esa necesidad por conocerte, por perderte el miedo Buenos Aires. Al menos en este fragmento político de tu Capital Federal. Así acariciarte cada vez más profundo en tu vertiginosa geografía y desear volver y volver…
                                                                                             ***
Leonel Álvarez Escobar, Santa Fe.
Escritor. Nominado en diversas selecciones, ha integrado antologías literarias. Es autor de “Sombras y conjuros”,  de Editorial Dunken.



EL POETA


                                                                                               Por Natalia Scialchi
poeta


El poeta puede estar triste,
pero antes de llorar toma su pluma y escribe
antes de tenderse sobre la cama,
lo hace sobre sus cuadernos.


El poeta siente, con el alma, con el cuerpo.
Todo calla, todo oculta,
todo plasma en sus cuadernos.


El poeta está hecho con palabras,
es recolector de recuerdos.
Ser apasionado, sensible,
amigo de la pluma,
del tiempo y de los cuadernos.


Natalia Scialchi, formada en Letras, sus sensibles poemas integran antologías independientes.

miércoles, 15 de abril de 2015

PERIÓDICO IRREVERENTES



LA VOZ


                                                                                                                Por Marita Rodríguez-Cazaux
women speaker“Cuando cruce tu voz, me libraré de mi cárcel”

La tarde, cuarteada de nubes, promete lluvia. Desde la cocina la voz de Sandra lo único que faltaba, esta lluvia, me decide.
Orquestaba por los ruidos altisonantes de las cacerolas, de espaldas, al oírme entrar en la cocina, menos mal que el merengue quedó parejo la voz de Sandra me marea de especias. Veo que pasa una cuchara plana sobre la torta.
—Voy a caminar un rato—le aviso y tomo las llaves del perchero. Ella gira para mirarme apenas, no vuelvas tarde, hay cosas para  Cierro la puerta, el batir de la licuadora tapa sus últimas palabras.
En la calle, me desvío en la esquina y sigo hacia el sur. Sandra desprecia los barrios de casas bajas este olor miserable me da náuseas, no hay nada como el norte repite con acento impostado, monocorde.
En Rocha, doblo con idea de entrar en algún café. Sigo las veredas de cordones verdes de yuyos. No sé cómo aguantás el olor a río sucio, su voz afilada se detiene en un semáforo. Cruzo, la calle se hace más ancha y se me antoja que por ella caminé en otros tiempos, al encuentro de una mujer. Una mujer del sur, pienso,  es inútil, no cambias más dice la voz de Sandra, descabezando mi fantasía.
La lluvia se torna tupida. Qué asco, van a manchar la alfombra, apunta la voz de Sandra cuando paso los charcos; la imagino superponiendo felpudos, dos, tres, una hilera de alfombras, para que todos se limpien los zapatos antes de entrar. Asomada al ventanal de la cocina, contemplando los nubarrones, la boca fruncida, las mejillas arrebatadas por el calor del horno, la voz de Sandra maldice.
Apartándome en Jovellanos, me acerco a la ochava. Bajo unos toldos tensados por armazones de hierro, una mujer rubia, apoya la espalda en la pared.
Camino hacia ella sin quitarle los ojos de encima, como si quisiera que mi mirada la obligase a mirarme.
Un silbido altisonante desde un auto la distrae, el perfil se ilumina por el reflejo de los faros. Me sorprende la boca sin maquillaje.
Da un paso hacia el costado,  y me ve.  Como si lo hubiera adivinado, como si realmente mi deseo penetrara su pensamiento, detiene sus ojos en mí.
—Te acompaño —digo frente a ella, acepta. Un perfume fresco me sube por la nariz.
Caminamos hasta un bar, entramos. Estiro el brazo para acercarle la silla.
—No nos presentamos —digo. Ella sonríe.
—Ya nos vimos —responde, y me parece la verdad más absoluta.
El reloj del bar marca la hora en que la voz de Sandra se vuelve riego sobre las plantas del jardín,  pero llueve, no hace falta regar las plantas, mejor arreglo el placard, El mozo coloca los pocillos sobre la mesa.
Ella ladea la cabeza, mira hacia la ventana.
—Me gustan los silencios que tiene el sur, son los que cuentan todo —dice.
Inesperadamente, el bar me parece desierto, hasta el sonsonete de la lluvia se me antoja detenido.
—¿Salimos? —propone, se levanta del asiento, se cuelga la cartera al hombro.
En la calle, ofrezco tomar un taxi porque la llovizna continúa. Se opone, y seguimos por la vereda, pegados a las medianeras de las casas. En la esquina doblamos.
Me acerco a la recepción mientras ella espera en un sofá tapizado de pana.
Le cedo el paso, ella misma atenúa la luz y elige la música. Se sienta en el borde de una otomana, un detalle ínfimo, al cruzar las piernas,  me invita a acercarme.
Desprendo su blusa. La piel clara de los senos me agita la mano y la llevo bajo el corpiño negro que los cubre. La beso. Cómplices, vamos despojándonos de la ropa. Paso los dedos sobre el temblor de su vientre, los deslizo hacia los muslos. Con suavidad, arqueándose, me desplaza hacia ella. Palpitando, siento mi fuerza sobre su pubis. Ella, presiona la rodilla en torno a mi espalda. Cubriéndola, me explayo sobre un canal tibio. La beso, esta vez, apretado a su estertor.
Poco a poco, la música vuelve a llenar el cuarto. Ella se incorpora, el pelo rubio resbala sobre el cuello. Me parece más delgada.
Con pudor, dejo dinero debajo de su cartera. Tras un gesto simple, lo guarda.
En el palier, propongo vernos otra vez.
—Dejalo al azar —se adelanta para darme un beso ligero —, el sur es misterioso —responde.
Atraviesa una cochera, y sale a la calle. No la sigo, me quedo estático, de pie en el lugar, como si ese proceder fuera lo natural.
Regreso por la avenida, la lluvia ha dejado un satén arrugado sobre el pavimento.
¿Sos vos? pregunta la voz de Sandra desde el dormitorio, apenas retiro la llave de la cerradura.
A esa hora, la voz de Sandra, melancólica como si fuera parte de la penumbra que cierra el día, se agrisa. Después, la voz avanza hasta el living y se mete en la cocina, en unos minutos comemos, no andes de un lado a otro desordenando, mejor vení… me apura. Entro, un olor a almíbar empalaga el lugar. Miro la torta encima del aparador.
Sentado a la mesa, la oigo masticar, traga, y adivino que ya llega toda su voz, atropellada, impaciente, detrás del bocado que  le ocupa la boca.
… veinticuatro años, dice, estira la mano para tomar el vaso, no me negarás que duramos… la voz de Sandra se levanta Ah, pero el año que viene, tengo otra idea…, el año que viene lo festejamos en un salón  asegura y se sumerge en la pileta, y se vuelve líquida y resbala sobre los platos.
La voz de Sandra se encierra en el baño, medita ante el espejo y luego pasa al dormitorio, entre las sábanas se convierte en rechazo.
Ocupo mi costado de la cama, y brindamos y cortamos la torta, dice, ajena, la voz de Sandra, antes de apagar el velador.
Percibo un tenue suspiro, sé que va a llegar la respiración acompasada de su voz en medio de la oscuridad del cuarto; pero, la lluvia se vuelve más intensa y ahoga la voz de Sandra; una luz roja la detiene, cruzo la avenida, veo la silueta delgada, el pelo rubio. Ella levanta la cabeza, y su boca sin maquillaje, me promete todos los silencios.


                                                                                              ***

Publicado en la fecha por periódico Irreverentes.

martes, 14 de abril de 2015

POÉTICA GALLEGA CON ILUSTRACIONES DE LUZ DARRIBA


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 “Remontar o río” en Buenos Aires

“O río novo non para de cantar anque te achegues.”




El viernes 17 de abril a las 19.00 horas en la Federación de Asociaciones Gallegas de la República Argentina (Chacabuco 947, Ciudad de Buenos Aires) se realizará la presentación del libro de poesía “Remontar o río”.

“Remontar o río” es una pieza singular (por su formato no tradicional e innovador) de la poesía en Galicia, que contiene los textos de la reconocida escritora Helena Villar Janeiro y las ilustraciones de la artista multidisciplinaria Luz Darriba. 
Asimismo, el libro es una edición única y limitada de 500 ejemplares numerados que responde a las características de libro objeto- artístico.
“Remontar o río” es el último libro de poemas de Helena Villar Janeiro, nacido de su reciente viaje por el centro de Europa, en un recorrido en barco por el Danubio a contracorriente entre Budapest y Linz.
En esta única presentación que se desarrollará en Buenos Aires, en la Federación de Asociaciones Gallegas, se contará con la presencia de Luz Darriba, ilustradora y co-realizadora del proyecto, y de la escritora argentina de origen gallego Anahí Almasia.
Se cursa invitación con entrada abierta al público.

Helena Villar Janeiro, “Remontar o río”, 2013


Luz Darriba na Praza Castelao - Bos Aires




PENELAS, RODRÍGUEZ-CAZAUX Y TEJERINA 
JUNTOS EL 24 DE ABRIL


En la Feria del Libro Intenacional en Buenos Aires, los 3 autores de Editorial Dunken estarán compartiendo con el público y los colegas en el stand de la editorial el viernes 24 desde las 20:00 hs.
La cita es en el stand 823 del Pabellón Verde.
Y recordá que por ser el "Día de la Feria", la entrada es libre y gratuita desde las 21:00 hs.
¡No faltes!!!



Publicación de Vitamina Cdigital.

lunes, 13 de abril de 2015

EDUARDO GALEANO


Lejos de tendencias, el fallecimiento de Eduardo Galeano, me llevó a las palabras de un profesor hace tiempo: "No es el número de obras, sino el caudal de lectores".
Es el caso de Galeano, que queda multiplicado en las reflexiones frente a sus trabajos. En los enunciados de sus utopías y realidades. Queda en la penetración abarcativa a la que mueve su palabra, pensada, expresada y escrita.
Es innegable que, en escala libre sobre todos los universos de lectores que se acerquen a sus escritos, Galeano queda. Queda -como generosamente hubiera dicho-, en segundo plano, para que el primer escenario, sea la humanidad.





El escritor uruguayo, es autor de Las venas abiertas de América latina, El libro de los abrazos, El fútbol a sol y sombra, Espejos, y Patas arriba.

Además, el escritor había dejado preparado para su publicación un texto inédito que quería que se publicara después de su fallecimiento. La editorial Siglo XXI anunció que el texto habrá de conseguirse a partir del mes de mayo en España, México y la República Argentina.

Galeano, nacido en Montevideo el 3 de septiembre de 1940, vendió una caricatura política a un semanario del Partido Socialista uruguayo cuando tenía catorce años.
En los años ´60, se metió de lleno en el mundo periodístico como editor de los diarios Marcha y, después, Época.
En la década del 70, con la llegada de la dictadura a Uruguay, el periodista se exilió en la Argentina, donde fundó y dirigió la revista Crisis. Sin embargo, después del golpe de Estado de 1976, el escritor debió volver a dejar su país de residencia. Entonces, voló a España, donde vivió hasta 1985, cuando regresó a Uruguay ya en democracia, y fundó el semanario Brecha.

En 2010, Galeano recibió el prestigioso premio Stig Dagerman en Suecia y en 2013, el Premio Alba de las letras. En la Argentina, fue homenajeado con el Doctorado Honoris Causa en la Universidad Nacional de Cuyo (2008) y en la Universidad de Buenos Aires (2009). También recibió la distinción Deodoro Roca de la Federación Universitaria de Buenos Aires "por ser un ejemplo para la juventud latinoamericana" en 2011.


Fuente: Internet

*El presente blog literario adhiere al sentimiento de duelo por el fallecimiento del prestigioso literato uruguayo y comparte su pensamiento social.



La noche

I

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya;
pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

II

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

III

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

IV

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

                                                                                            Eduardo Galeano

domingo, 12 de abril de 2015

AUTORES NÓVELES



MADRUGADA

                                                                             Por Eugenio Pereyra Sala (Argentina)



Escribo desde el espacio, del estruendo y la agonía
Desde le punto que me mira en este papel reciclado
Escribo desde el ataque de iluminado poeta
Porque no sé la receta de aventura cotidiana
Y escribo de la macana que golpea mi conciencia
y dejo puertas abiertas al corazón lastimado
Escribo de lo abusado de este cuerpo que me pesa
la relación despareja de la emoción, alma y vida
La incertidumbre me mira y lo que sé solo en parte
me duele no saber darme entre principios y anales
las obras descomunales la sonrisa imperfecta
Soy un punto en esta raya interminable de vida
Soy parte de esta mentira, soy solo papel  y lápiz.
En el vacío, la praxis de un poeta amarillista
Lo que no me hace artista, solo un pregonero huraño
Un bufón, un ermitaño, un simplón de la palabra
Alguien que se ensaña en desgarrar garabatos.





MI CAMA ESTÁ COLMADA DE FANTASMAS

                                                                                Por Natalia Scialchi (Argentina)


La noche se tornó distinta, todo fue fugaz.
Lo que pudo ser un cuento de hadas,
se transformó para mí..., en una barrera de sensaciones.

Aún no estaba preparada
y él colmó mis sábanas.
Tomó mi cuerpo, mi mirada
y aniquiló mi alma.

Hoy, aquel pasado se hace presente,
es mi principal enemigo.
No puedo culpar al otro, el miedo es mío.

No sé lo que me ocurre.
Nadie podrá entenderme,
decido caminar sola.
Dicen que soy bella, la piel dorada.
Nada puedo creer, nada deseo escuchar.
No puedo armar mi presente, no puedo construir nada,
pesan demasiado sus heridas en mi cuerpo, en mi alma.

Nadie comprende mi mirada.
Nadie comprende el vacío de mi cama.
Nadie sabe que está colmada de fantasmas.




SOLO NOS QUEDAN LOS CUERPOS

                                                                              Por Víctor  Daniel López (México)



Solo nos queda el sexo
y es un sexo sin besos,
un sexo sin caricias,
sin lengua,
sin habla.

Solo nos quedan nuestros cuerpos,
frágiles
y lejos de ser
inmunes.
Nuestros cuerpos que se
estrellan
contra el vacío 
y las rocas.
Sin aliento,
sin rumbo,
sin sentido.
Huyendo de las olas.

Solo queda la noche
que grita, callada y sola,
la noche que oscurece
al alma triste y rota.

Queda la vida
para verla pasar,
el día para huir
de él;
el llanto para
acompañarle
y el universo 
para suplicarle.

Solo quedan las palabra

cargadas de pólvora,
labios de fuego, 
y besos tristes de invierno.

Queda el espectro
de una sonrisa
melancólica y lejana,
que yace bajo tierra
y que sale por las noches
a rondar aquellas calles
que en tiempo alguno
le pertenecieron
y fueron nuestras.

Queda la arena,
el viento;
una oscuridad inmensa
sumergida
bajo movimiento.

Quedas tú, 
quedo yo.

Y las memorias,
y el pasado, 
y la vida congelada
que alguna vez posó sobre
nuestras manos.



CRISANTEMOS AMARILLOS PARA UN AMOR DE ABRIL

                                                                              Por Eligio García Vázquez  (Perú)


Hoy que tengo aleluyas en mis manos
me gustaría
mientras lleno de sonrisas mi nostalgia
cantar una canción para María
hoy quiero esconder
mi bermeja incertidumbre en un suspiro
vestirme con exordios de ternura
fundirme en el piélago del río
hoy que tengo
mi canto desgarrado en los meñiques
quiero escribir mis versos
con ósculos de olvido
olvidar mis penas de Homo Sapiens
en la plausible belleza de las tardes
hoy que tengo ojos de Pascua
me gustaría
plagar con ocasos mi silencio
diluir mi soledad
en su voz de perejil
cubrir de otoño mis poemas
regalarle crisantemos amarillos
a este amor de abril.


* Obras seleccionadas en antologías poéticas de Editorial Dunken.

DOMINGO DE PRESENTACIONES

Ricardo Tejerina y Marita Rodríguez-Cazaux



Foto: Gentileza de Vitamina CDigital