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sábado, 28 de noviembre de 2015

LAS AMANTES SON RUBIAS - AVANCE





SUPERSTITION
                                        

     La tarde en que lo conocí, llovía torrencialmente. Yo bajaba las escaleras del subte; apresurada, tropecé en los primeros escalones. Quise asirme, patiné. Sentí que mi cuerpo, en desequilibrada estética, perdía estabilidad.
    A la altura que llevaban mis ojos en la caída, un pantalón oscuro, subía. Luego, corridas, zapatos mojados, regatones. Me detuve en el último escalón, el taco de la bota partido.  Un dolor agudo, en la cintura, impidió que me levantase. Estirando la espalda, traté de empinar el cuerpo. En ese instante, una mano firme, impulsándome, me ayudó a ponerme en pie. La misma mano, alcanzó la cartera, el paraguas, el echarpe, mientras yo trataba de mantener estabilidad sobre el tacón roto.
    —Te acompaño a tomar un taxi, no podés viajar así en el subte. ¿Te sentís bien? —se interesó tuteándome con naturalidad, la voz me sonó perfecta.
    Subimos, detuvo un taxi. Sostuvo el paraguas mientras yo me acomodaba en el asiento, me entregó su tarjeta.
    —Llamame, por favor, cuando llegues —dijo antes de cerrar la puerta del auto. 
     Cuando entré en el departamento, me ardía el raspón en la rodilla, el tobillo se había inflamado dentro de la bota. Por supuesto, no lo llamé, preferí tirarme en el sillón del living. Después, me apliqué compresas de hielo y tomé un té caliente. Antes de acostarme, pensé que él había demostrado consideración al decir que lo sentía con su voz perfecta y disqué el número. En el contestador dejé el agradecimiento.
    Al día siguiente la sesión con mi sicóloga rondó el episodio de la caída.
   —Derrumbarse, despeñarse —terció —trasunta una crisis, un estado anímico en baja –aseveró. En un gesto sensual la melena rubia le rozó los hombros.
   —Soy supersticiosa, fue la lluvia, nunca me ha traído buena suerte —la contrarié al recordar que había pasado épocas de crisis mayores sin resbalar por escaleras. Ella hizo un mohín de suficiencia, mi traspié reflejaba torpezas que aún debía acomodar.  Yo había tenido la fortuna de hallar un gesto solidario, atento, entre las indiferencias que transitan peldaños. Me quedó claro.
    Dos días más tarde él llamó, su contestador había registrado mi teléfono. Resolvimos encontrarnos, me invitó a cenar. Al salir, ya esperaba al lado de la puerta de su auto. Se adelantó,  una sonrisa simpática le estiró la boca. Nos dimos un beso ligero, me ayudó a subir al coche.
    Era más apuesto de lo que recordaba. El perfil, el pelo oscuro, se iluminaban con las luces verdes de los semáforos. “Qué seductor”, pensé y sentí un aire familiar, como si siempre nos hubiéramos tratado.
     El maître trajo una botella de espumante francés.
    —Por todas las escaleras de  todos los subtes— dijo con su voz perfecta, y brindamos. El recuerdo del desmañado charme con que pisé el destino aquella tarde, me turbó por un instante. Me pareció que el mozo, al servir la copa, descubría mi rubor.
    —Se lo debemos agradecer a la lluvia ¡Qué destino a favor! —aseguró con aire sensual, volvió a tomarme la mano —Están tocando Superstition, ¿bailamos? —me animó. En dos o tres pasos sintonizamos el ritmo del soul, lo noté sensible, tierno.
   Me sorprendí contándole cosas de mi vida, detalles y fobias, tantas que estaba obligada a perpetuar terapias de apoyo. Él me comentó de sus alcances como escritor y los pormenores de una obra que quería llevar al escenario.
  —Es hora de irnos —propuse por prudencia, aunque quería seguir escuchando sus proyectos. Asintió, levantándose, me cubrió los hombros con el tapado. Por supuesto, me besó al llegar a casa. Se quedó aguardando a que lo saludara desde el ascensor.
   Era tardísimo, igual, no podía dormir. Me desmaquillé y guardé la ropa. Preparé una infusión y me senté frente a la computadora. En Google, hallé detalles de su carrera. Era columnista en un periódico, colaboraba en una revista literaria, había obtenido dos menciones internacionales por sus obras. Me dormí pensando que se le otorgaba la Palma de Cannes y yo, le entregaba el galardón. Sobre la alfombra roja, lucía tan esbelta como Kate Moos ataviada con un solero de Valentino. Supuse que debería tratarlo con la sicóloga, no es propio soñarse trasvasada en otro cuerpo.
    A la mañana siguiente, temprano, mi hermana llamó por teléfono.
   —Ayer me acosté tarde. Te llamo después  —prometí, pero fue inútil; mi hermana no tiene paciencia para esperar el motivo por el que me acuesto tarde. Al mediodía vino a oír la parte romántica del encuentro.
   —Estaba destinado —concluyó mi hermana —. Ibas a conocer a un hombre de talento—acotó como si la clarividencia fuera su profesión —.Igual, cuidate, no son personas fáciles los artistas —sentenció.
    Me arrepentí de haber comentado con lujo de detalles el encuentro, sin embargo, debo aceptar que esta última frase fue iluminada.
    Telefoneé a mi sicóloga para la cita semanal.  Transcurridos los treinta y cinco minutos dio por finalizada la charla. Me recomendó trabajar la autoestima y seguir con ejercicios de respiración acompasada.  
     Pasadas dos semanas nos vimos en el Petit Colón. Entré, sentado a una mesa alejada se levantó para indicarme el lugar. No escatimó galanterías, daba gusto. 
     En la charla, me confió un proyecto con editores holandeses tentados en armar una obra teatral con su último relato.  Sintetizando, los holandeses pensaban saltar la boletería con una obra en idioma castellano, se la compraban con la condición de que se hiciera cargo de la puesta. Hasta aquí todo en marcha, pero, en la trama, el personaje principal no tenía el calibre que ellos exigían y había que modificarlo.
   —Quieren que se destaque lo científico, proponen una historia que gire en torno a un terapeuta que experimente lo que le ocurre a sus pacientes, alguien que no pueda mantenerse alejado del conflicto —me explicó —.No le puedo encontrar el hilo. Me entusiasma la idea pero me cuesta darle carnadura. El proyecto se llevaría a las tablas de inmediato, los holandeses están ansiosos, así que, imaginate—confesó —, estoy preocupado.
   —¿Eso te preocupa? Tonterías… Te consigo una cita con  mi sicóloga, es súper profesional, pude orientarte. Y por lo visto, el protagonista sería un colega —aporté.
   —¿Te parece? Me da cierto pudor mezclarme —se disculpó.
   — Dejá, ni que fuera terapia de pareja…—me reí—  ¡Nada que ver! Vos con tu inquietud y yo con la mía, ella es impecable en análisis. Ya vas a ver. Dejámelo a mí, te pido turno para esta misma semana.
   Dicho y hecho, en la primera sesión, empatía y manos a la obra. Literal, pues ella se ofreció a proporcionar ideas para la trama.
    —¿Cuál es el tema? —quise saber.
    —Bueno…, lo evalué y creo que dará un giro sobre el original —agregó pensativo—.Voy a pulirlo, merece revisarse. No puedo perderme este guantazo de buena fortuna, lástima que rechazaron el préstamo que solicité en el banco, tendré que meterme en una cueva de buitres, no es justo perder la oportunidad.
      Debí seguir escuchándolo sin terciar, sin embargo, su voz, ahora melancólica,  volvió a parecerme perfecta y, me ofrecí a  facilitarle el dinero. Se resistió, “ni se te ocurra, no puedo permitirlo, apenas nos conocemos, qué pensarás de mí…”. Finalmente, aceptó. 
    —Lo hago porque insististe —dijo —.Te paso el número de la cuenta del banco. Directamente depositá el dinero, así ni lo toco.
    No le faltaba razón, mirado reflexivamente, mejor depositar el dinero, así me aseguraba de que no iba para otro fin. Al día siguiente ingresé en su cuenta el monto acordado. Lo llamé para confirmar la operación bancaria.
    —¡Qué bueno! Gracias, sos divina. ¿Querés venir a casa a comer esta noche?
    —Tengo cita con la sicóloga, pero, a la salida paso. Llevo helado—prometí.
    El living era pequeño; en un vértice, una mesa oficiaba de escritorio, sobre ella la computadora y un grupito de libros amontonados.
    —Pensé que tendrías paredes llenas de libros, maquetas de teatro, montañas de películas, no sé, esas cosas…
    —La biblioteca la tengo en el campo, por ahora, más que leer, estoy escribiendo. No hablemos de libros esta noche. Vení, ponete cómoda —invitó—. Ahora mismo llamo al delivery, iba a preparar algo para sorprenderte, pero todo el tiempo libre lo dedico a la obra. Hice cambios, mañana voy a terapia, se me hizo imprescindible.
   Sentados en el balcón, brindamos por el estreno. Esa noche, demostró ser fantástico en escenografías de recurso pasional. Dos días más tarde, llamó para encontrarnos en Palermo.
    —Tengo casi rematada la historia. En la semana entrante firmo el contrato para la obra, seguro la estrenan antes de fin de año.
   —Faltan tres meses para fin de año —tercié; desde luego, su entusiasmo restó importancia a la inmediatez para preparar semejante proyecto.
   —Me opongo a que ellos manejen la publicidad —previno con acento contrariado.
   —Pero, ¿la pagarías vos? Es un desembolso de dinero…
   —Eso te quiero consultar. ¿No te parece mejor esta libertad de elegir la imagen del afiche? Ser dueños de la propaganda… Contrataría al musicalizador, la distribución en las salas me pertenecería por completo…No es tema menor, apenas unos pesitos  considerando el éxito que traerá la pieza. Tengo un resto, pero no llego, y creo que debiera aprovechar la buena mano—apuró.
    La idea no tenía refute, las ganancias se adivinaban mayores. Ofrecí unos ahorros, él aseguró que los duplicaríamos.
   —Cuando cobremos los derechos —dijo pluralizando.
   Al mes, el guión estaba dispuesto, iba a presentarlo a los holandeses. Esa tarde, estuve pegada al celular, no me moví de casa, falté a la sesión con la sicóloga. Hacia las diez de la noche, desde el auricular, su voz perfecta era un huracán de odio. Los holandeses habían rechazado la idea central del guión, retiraban la oferta de la obra teatral, el estreno quedaba en agua de borrajas.
   —No entendieron nada, son unos imbéciles. Todo perdido, la obra al garete… el tiempo que me pasé armando los diálogos, la atmósfera…—se quebró.
   Las inversiones que había demandado el sueño de la puesta en escena no se podría recuperar a menos que se realizara por cuenta propia.
   —¿El tema es bueno? —inquirí.
   —Cómo podés dudarlo…—contestó casi ofendido.
   —Te ayudo a llevarlo al escenario —dije de un tirón. Me sonaron extrañas mis propias palabras, pero a esa altura, la obra nos pertenecía por igual, era lógico que me involucrara.
   —Es humillante, ¿cómo voy a presentar mi obra con tus recursos?
   —Te propongo un tanto por ciento mayor que el tuyo —sostuve— Y queda la deuda saldada.
    Hicimos cuentas, el proyecto prometía. 
    —Lo pasado, pisado—lo entusiasmé y lo invité a cenar. Declinó, estaba cansado. Consulté con mi sicóloga, para algo era la sicóloga de los dos; me tranquilizó diciéndome que lo llamaría; “hay que evitar las depresiones”, acotó sabiamente.
    Él volvió a meterse de lleno en maquetas. Se ocupó de la publicidad y bosquejó un afiche: en penumbras, sobre un sofá, el cuerpo perfecto de una mujer rubia. Detrás de ella, el perfil de un hombre aparecía en claroscuro, vuelto a medias hacia otra imagen difumada, imperceptible.
    —Un personaje secundario —explicó. 
    Para la presentación, dio lustre un bar temático de San Telmo, allí se organizó el avance y las entrevistas. Mis ahorros menguaban, pero iba a resarcirme con el éxito que prometían los diarios en los que colocamos avisos  publicitarios.
    —Tengo el teatro —dijo una noche, cuando cenábamos en casa de mi hermana.
    —Qué nervios, ¿no? Contame, ¿de qué trata el tema?—lo instó ella,  mientras servía el postre.
    —Esperá el estreno…—la detuvo con una sonrisa—.El teatro queda en Barracas, decorados nuevos, escenario en redondo, ideal para armar un vértice iluminado y otro en penumbras. Se sabe, el cosmos humano dividido. Y, ni qué decir de la protagonista.
   —Eso, eso… ¿cómo es la protagonista?—pregunté, pero él, en el mundo de sus ansiedades, no debió oírme.
    —No, mejor no les cuento—decidió—, para eso estará la Premier.
    Durante la semana siguiente, no nos vimos, él tenía entrevistas con artistas y eso sisaba su tiempo. Por teléfono, me contaba los recursos, las ideas, los proyectos que iba ejecutando.
   —A último momento siempre hay cambios, es la adrenalina del estreno. Me abrió la cabeza la terapia, te lo juro, no hubiera podido hacerlo sin ese recurso. Hoy tenemos un ensayo con el musicalizador, después voy a la sicóloga; mejor dejamos la salida para otro día. El fin de semana me encierro a ensayar.
  —¿No vamos a vernos?—dije con pena. Él prometió “hacer un lugarcito” entre tantas ocupaciones. Lamentablemente no fue posible. El lunes, mi sesión con la sicóloga avanzó sobre la realidad de estar enamorada de un hombre apasionado por el teatro, un escritor dinámico, un creativo sin tiempo para naderías. ¿Naderías? No se me había ocurrido esta palabra para definir mis necesidades.
     La noche de la presentación, diluviaba.  Mi sicóloga había sido invitada, era innegable su mérito sobre el libreto, su participación profesional. Nos encontrarnos en el hall del teatro; como siempre se la veía radiante,  segura, el pelo impecable.
      Apenas llegamos, él salió al encuentro. Lo noté nervioso, ella le propuso seguir la obra entre cortinados.
    —El estreno es decisivo —terció.
    Me acompañaron hasta la butaca y desaparecieron por una escalerilla cerca del escenario.
    Sentada en la butaca, aguardé espectante. Las luces bajaron, el telón fue levantándose despacio. En la oscuridad, un sofá tapizado en rojo, una mesita baja, el sillón giratorio del analista. Hacia la izquierda, una puerta enfrentada a un ventanal con vidrios espejados.
   Un joven de pelo oscuro, cruzó el escenario tras el sonido de una campanilla. Luces verdosas se desviaron iluminándolo. Se me antojó haber visto antes la misma imagen. Desde el foro, irrumpió una silueta femenina. Alta,  sensual, la melena rubia sobre los hombros.
      Con desenvoltura, traspasó el umbral, juntos caminaron hasta el centro del escenario. Los vi abrazarse, separarse, volver a encontrarse. Sentados en el sofá, uno en brazos del otro, se besaron. Ella se irguió, caminó hacia la puerta, él la detuvo abrazándola por la espalda. Resbalando por el cuerpo de la mujer rubia, él se dejó caer. De rodillas, lo vi empequeñecerse. Ella giró, lo instó a levantarse.
      —Tenés que decírselo. Ahora —puntualizó con firmeza—¡Ahora mismo!
     Él caminó hacia el borde del escenario, pegado al proscenio, detuvo un instante los ojos sobre la platea. Los focos altos, impactaron en su figura. Bajo un cono iluminado, su voz sonó perfecta. Reclinada sobre el brazal del sofá, la mujer rubia, cruzó las piernas soberbias. Los pies, calzados en stilettos, eran flechas disparadas a la primera fila. 

***

MARITA RODRIGUEZ-CAZAUX
LAS AMANTES SON RUBIAS (2015)
EDITORIAL DUNKEN









jueves, 12 de marzo de 2015

PERIÓDICO IRREVERENTES


RUIDO DE CARACOL QUEBRADO


                                                                                                         Por Marta Emilia Picotto
Hebilla

Acaso fue nomás que se asomó demasiado o que pisó muy cerca del borde y que la tierra estaba algo movida y  él rodó hasta el fondo y se fracturó la columna a la altura de las cervicales y por eso se murió. Era de llegar tarde, con unas copas de más. Pero, ni que me lo juren voy a creer que en vez de ir directo a la puerta de entrada, encaró por la puertita del fondo y no se acordó del pozo que esa misma tarde terminamos de cavar…
Así trate con todas mis fuerzas de imaginarme que soy él y recorra el camino hasta el pozo, la montaña de tierra hubiera bastado para detenerlo, más si estaba en curda, como dicen…
Ella le dijo al comisario, que “seguro él se olvidó la llave y para no despertar a nadie, saltó por encima de la puertita del fondo, que tenía tranca por dentro y, después cayó dentro del pozo”.
Llora y llora y se lamenta de que esa tarde la pelea había sido más fuerte que de costumbre y “qué voy a hacer ahora, con eso de que la última palabra que le dije cuando salió dando un portazo fue morite…”
Claro, después se fijó que yo andaba cerca y había escuchado la pelea y las amenazas de él de que “cualquier día no me van a ver más el pelo” y “ya van a ver de qué se van a quejar y con qué van a comer”, y ella gritando  “si no fuera por mí,  serías  un perdido” ,  vaya a saber qué quiso decir con eso. (…y  le tiró con el cepillo del pelo que, menos mal  fue a dar contra el espejo del comedor y no en la cabeza), y luego,“siete años de desgracia, para vos miserable” le dijo, “porque el cepillo iba destinado a vos”.
Como una sonámbula recorre  la casa, toda despeinada porque perdió la hebilla de carey que le sostenía “la colita”. Yo le dije “andá, comprate otra” pero ella no, la busca y se acomoda los anteojos negros sobre la nariz para taparse el  moretón, que igual asoma y se le nota a pesar de que se puso varias capas de “Angel Face”;  y se le ve el hueco del diente que le faltó después de la pelea de la semana pasada, cuando desparecieron los diez pesos reservados para “las noches de amigos”, como llamaba a la junta de los viernes por la noche; esa noche se fue dando tal portazo con rabia y temblaron  las paredes.
Y el comisario claro, la mira, dice “” con la cabeza  y se inclina por pensar en un lamentable  accidente; y no deja de mirarle el escote cuando le toman declaración y anota todo lo que dice menos lo que no dice, que es el tema de la pelea, o el tema de los diez pesos que se perdieron, y lo  del cepillo y lo del espejo roto.
**
 Como que me meto en la piel de él y me pongo las zapatillas llenas de barro que le sacaron apenas lo subieron, y la gorra que encontré fuera del pozo porque a lo mejor se le quedaron algunas ideas de antes de caer, con algún pensamiento para mí que soy, que era su hermano más querido y por eso siempre me defendía cuando ella le decía  “es un vago, que se ponga a buscar trabajo”. Y él “Ché pero si apenas tiene catorce…” y ella que me miraba guardándose para soltarme más luego eso de “ya vas a ver mocoso grandulón cuando éste se vaya, si te va a durar lo de andar de vago con tus amigotes en la esquina”.
        **
 La pintura de la puertita del fondo está tan reseca que  se descascara y deja ver el hierro marrón, distinto al oxidado que es más rojizo; y no hay saltaduras como habría, si es que entró por ahí como ella dice, cosa que pienso yo, no le habría sido fácil por la altura y porque el foco del patio, justo esa noche, se quemó.  No hay rastros de que alguien haya pisado los caños de la puerta, así que no entró por ese lado sino por otro que yo no oí porque estaba dormido. Además la puerta de la casa está a unos seis metros del pozo y cómo si quería entrar a la casa, con frío y sueño a la madrugada, iba a enfilar por ahí,  que se alejaba un montón de la veredita de laja; y los yuyos del  otro lado, tan altos que ni pensar en saltar sin pisar ni quebrar algunos.
Igual salto y voy  hasta la casa y abro la puerta que está sin aceite y hace un ruido infernal; la cierro y no calza en el marco así que tengo que patearla para que entre y armo tanto bochinche que ella se levanta asustada pensando que son ladrones, o  el finado que anda penando y vuelve para terminar algo que habría tenido intensión de hacer y no pudo, es decir, entrar a la casa. Que “qué hacés levantado a esta hora, total mañana a vos no te levanta nadie, pero ya van a cambiar las cosas por acá…”
Y como no puedo olvidarme de mi hermano, tan pálido en el cajón y tan solo desde esta mañana en el cementerio, salgo al patio y me acerco al  pozo y tanteo con el pié los bordes, con mucho cuidado no sea  que me pase lo mismo.
Aunque ya lo empecé a extrañar y sería lindo pasar por la misma puerta y encontrarnos en el más allá y que me cuente cómo es que fue tan pavo de caerse y matarse, con lo que yo lo necesito…
Algo cruje con ruido de caracol quebrado y es una pena porque me gustan los caracoles y a lo mejor no es tanta la quebradura porque la tierra está blanca y lo pisé apenas. “¿Dónde estás caracolito? No te quedes ahí solo, enterrado como él, en la oscuridad y sin que pueda hacer algo para que te sientas mejor y sepas que te quiero y hecho mucho de menos y no sé, ahora que no estás  me asusta  calcular el tiempo que va a pasar antes volver a verte y abrazarte…”
Pero no tiene forma de caracol; es duro, liviano y a pesar de la tierra y de que está quebrado… es la hebilla de carey.


martes, 3 de febrero de 2015

LA PEOR TRAICIÓN

                                             


      







                                                                                 Por Marita Rodríguez-Cazaux  


         
       A Celestino Pedrales siempre le gustó hablar en verso y desde chico recitaba a borbotones, desaforado, los poemas más espantosos que pudieran concebirse. Poemas con una cadencia que horrorizaba, que nadie admitiría como propios y que a él, se le agolpaban en la mollera como por arte de magia.
     Cuartetos, sonetos, rimas épicas, bucólicas, metáforas y alegorías estrafalarias, inquietantes, escapando por su boca, sin previo aviso, sin piedad, en medio de cualquier charla, pegadas en cuanta conversación entablase con los demás.
     Al atardecer, cuando aparecía en el bar, caía sobre nosotros un silencio pesado, caliente; bajábamos las voces, nos codeábamos, nos mirábamos de reojo, mientras Celestino arrastraba una silla y se sentaba a la mesa con la mirada de un sonámbulo.
Venegas era el primero en irse y con él, Heinsel, mascullando groserías en alemán, apurando los pasos para no oír los primeros versos que ya enrarecían el ambiente. Laureano me miraba, colgaba los ojos en el cielorraso como si desde esa altura pudiera bajar rápida ayuda divina y chasqueaba la lengua.
       Era el momento en que Celestino estirando el brazo y deteniéndose en medio de la diatriba detestable pedía fernet con hielo.
          “Apure, que el alcohol,
                Salva de  tanto llanto inmerecido
                   Y el trago que corre por el pecho
                     Limpiará el amor feroz y corrosivo…” Y carraspeaba, velando la voz quebrado de dolor. El Gallego, los ojos resignados, el cuello apenas doblado sobre los anchos hombros, se acercaba para dejar sobre la mesa el vaso de vidrio.
       —Cortala Celeste —rugía con odio José Campos que era de pocas pulgas,  Anselmo y don Franco que jugaban dominó bajaban las fichas y todos, uno a uno, chistábamos para que Celestino sólo tuviera boca para beber el fernet.
         Sin embargo, nuestro tedio parecía darle mayor ímpetu a sus ganas de recitar y atacaba sin respiro,  
              “Saludos a los amigos
                     Que en la mesa compañera                                                                        
                         Pierden todos los ahorros
                               Por sucias fichas mañeras…” 
        —¡Diantre! Este anarquista me boicotea el negocio —maldecía El Gallego al borde de un soponcio nacionalista, pero Celestino sin oírlo, amparado en la penumbra del bar, gesticulaba como poseído,
                           “Estoy en el recodo del camino
                                Triste y solo esperándola a ella,
                                     Clara y diáfana como un día esclarecido
                                        Estrellada y titilante, como la noche bella…”  
         Una compasión huraña, una impotencia multiplicada nos cerraba los puños, nos empapaba la nuca, pero él, ajeno a sudores destemplados, seguía bajando alucinado por versos idílicos a los infiernos de un drama que lo perseguía desde siempre. Porque si Celestino nos castigaba a todos con sus recitados, también a sí mismo se flagelaba con el tormento del amor no correspondido, intoxicado por una sensación angélica que llegaría, sorpresivamente, para trasportarlo a la “seráfica cima de la fama”, según nos prometía. Una fama que lo coronaría de laureles como los héroes sobre corceles, según sus propias palabras, y le ofrecería fidelidad eterna a su apasionado corazón.
      Aquella noche de otoño, estaba en el borde del precipicio de un verso indescifrable cuando la puerta de la ochava, la que está pegada a la ventana se abrió y entró una mujer retacona y apretada dentro de un vestido floreado. El pelo duro de espray y un meneo vulgar de la cintura. En los brazos, varias pulseras se chocaran como copas brindando a cada paso de su silueta sobre las baldosas en damero hasta el mostrador.
       A don Franco debió cegarlo el vaivén de la frontera, porque la ficha que iba a jugar certeramente, resbalando por la mesa fue a caerle en los pantalones. Anselmo tenía las mejillas coloradas y petrificado miraba los brazos generosos, abstraído por el bailoteo de las pulseras que chillaban.
     Yo me fijé en el trasero porque, la verdad, era lo mejor mantenido entre los desniveles de la espalda y las piernas de tobillos cuadrados.
      Celestino Pedrales aún atrapado entre verso y verso como en un laberinto, se levantó hipnotizado. En dos zancadas llegó hasta la barra de mármol en el momento preciso en que El Gallego trataba de entender  lo que decía la voz metálica de la mujer.
      —Es ella —oímos que murmuraba Celeste con cara de amante furtivo, medio cuerpo tirado sobre la barra, el cuello inclinado, la boca temblando, naufragando ya en las penurias de un poema,
                         “A mis plegarias y desventuras llega el premio,
                                 A mis soledades mutiladas y a mis apremios,
                                        A mis dolores y a mis…” se interrumpió delirante, tratando de hallar la terminación acorde para ensartarla musicalmente, tal vez mareado por el perfume de la mujer. Todos miramos esperando que ella lo cacheteara con justicia y Celestino Pedrales, cayera de bruces contra el piso de baldosones.
       Pero la inspiración de Celestino para mutar la realidad en adjetivos impensados no tenía frontera que la detuviera y como un río desbordado le mojaba a la mujer el pecho de palabras extraviadas que no se pertenecían, enfrentadas, guerreando entre sí, resistiéndose a caminar juntas.
      Empinada en tacos de estilete, la mujer miró a Celeste por el espejo avejentado del bar. Sonrió, los labios se le fueron estirando en una sonrisa de dientes imperfectos, una dentadura acorde con la boca floja. Ese detalle le pasó inadvertido a Celestino que se arrimó aún más a las curvas aprisionadas en la falda. En esa imagen quedaron los dos reflejados en el espejo, estaqueados por el marco de madera pintada de dorado como en un cuadro de museo.
       —Me llamo Dalia —susurró la mujer —, Dalia Deméter.
      Celestino se cuadró como si saludara a la bandera y extendió las manos para tomar las de ella y haciendo una reverencia cortesana, las rozó en un beso.
       —Sonamos —dijo por lo bajo el Turco Elías, con los ojos más oscuros que nunca -, éste nos deja quedar como pueblerinos ignorantes, mirá vos lo que hace el muy idiota.
      —De no creer —silabeó Laureano, pero casi no lo escuchamos porque no podíamos apartar los ojos de ella y de Celestino, sentados ya a la mesa de la ventana y mirándose como si hubieran inaugurado la Creación.
       “Dalia, Dalia…, flor de néctar del cielo de los dioses,
           Encontrada una noche en la pena de los adioses,
              De andares amanecidos y primorosos
                   Dientes perfectos y…” un acorde inseguro le detuvo la voz; era imposible no atragantarse después de decir esos versos y su tartamudeo nos animó a pensar que abandonaba los andares amanecidos y la flor de néctar en ese momento crucial, en ese silencio insolente, pero nos equivocamos porque Celestino no conocía guillotina que descabezara su poesía y tenía la ciencia de hallar palabras fértiles en campos estériles, sin respeto por normas ni preceptos académicos.
              “…y de labios jugosos” —gritó sin amedrentarse —¡Eso,  eso mismo, de labios jugosos!
     Oí mi propia respiración contenida y la voz de El Gallego en estampida defendiendo la ley de admisión en su local y sacudiendo los brazos dispuesto a poner orden a tanto absurdo.
      —¡Basta! Coño ¡Recontracoño! Se me mandan a mudar los dos de aquí, no los quiero en mi bar —arengó con porte de generalísimo mientras Celeste, rendido por los labios jugosos, boqueaba como un cordero con la lengua colgando. El Gallego no tuvo tiempo de traspasar la barra porque, como por arte de magia, siguiendo el ritmo marcado por un invisible director de orquesta, los dos se pusieron a bailar; los brazos de la mujer sobre el cuello de Celestino Pedrales y él, atado a su cintura, bamboleándose como si efectivamente una música de violines los llevara al Nirvana.
    —Está rematado —le dije a Laureano cuando danzaban entre las mesas como en la pista de un casino transatlántico, ladeando las cabezas y sonriéndose. Ella ensimismada, él agotado de tanto amor, apabullado y repitiéndole al oído horrores en verso que nadie intentaría siquiera, imaginar.
    Iban y venían por el bar y cada tanto, en un compás abstracto, Celestino se deshacía pródigo en metáforas aún más abstractas,
                   “Sol efímero y versátil, te aguardaba,
                      Tus ojos de renegridos brillos,
                         Tu cintura de avispa, tus piernas torneadas,
   Desviamos las miradas hasta las piernas aprisionadas en medias de látex negro y los tobillos anchos y las rodillas abultadas que sostenían el peso del sol efímero y versátil. Elías y Santoro, tenían las cejas como un alero a dos aguas, a nadie se le hubiera ocurrido que aquellos ojos de brillos renegridos eran los dueños de finísimos tobillos por el simple hecho de rima obligatoria.
     En un arranque de pasión, atenazados los cuerpos en un simulacro de locura extrema, se besaron. En un rictus esmirriado la boca de ella se fue abriendo como si quisiera comerse toda la poesía que Celeste declamaba sin sosiego.
   José Campos pálido y con las manos colgando al lado del cuerpo, deletreó una puteada. Impulsados por un temor extraño Elías y yo nos miramos con el mismo sentimiento que nos une al ver cubrirse el cielo de nubarrones, sabiendo que van a inundarse las chacras en un instante.
       —Lo que se perdió Heinsel, no me va a creer si se lo cuento —balbuceó Santoro, pero apenas tuvo tiempo de terminar la frase. Como si el beso no fuera suficiente horror para bajar el telón sobre la escena, ella abrió el escote y llevando una mano de Celestino hasta sus senos, la apretó contra su pecho y suspiró. Celestino, la cara roja, la mirada centelleante, palpitándole el cuello como el de un buey, se ahogaba,
          “…Virgen del edén profano te venero,
                   Y bebo de tus pasiones el veneno,
                       No dejes de amarme que me desvelo,
                         Jamás  me traiciones, dulce tormento amado,
                            Porque en el barranco de tu desdén, me desbarranco…”.
     Ése fue el fin. O el principio, porque uno empalmado al otro, salieron caminando sobre nubes, ella soldada al brazo de Celestino que, de perfil, iba sorteando las baldosas rotas de la vereda.
     Don Franco y Elías se levantaron mientras El Gallego después de apilar las sillas, daba vueltas a la manivela de la cortina metálica, que aún chirriaba cuando traspasamos la puerta y salimos.
     Desde la esquina los vimos, él aún recitando estertores, ella dobladas las rodillas sobre las piernas generosas, desequilibrada la silueta.
    En la vereda sus sombras parecían una sola sombra, agrandada sobre las paredes bajas de las medianeras por las luces del farol. Debajo del palmar de la plaza se besaron otra vez y cruzaron la calle de los alerces.
      Así, fueron perdiéndose.
    Celestino Pedrales no regresó a su casa en la madrugada, ni al día siguiente y nadie lo buscó porque vivía solo desde chico. Ella debió irse con él porque tampoco volvió a aparecer por el pueblo. Después de un tiempo hasta El Gallego se reía cuando nos acordábamos de los terroríficos poemas de Celeste, de las cuartetas serruchadas, de los desórdenes verbales, de los latigazos gramaticales con que nos torturaba a cada momento. Y de su sueño de poeta exitoso, amado fielmente por una Musa.
    Una nochecita estábamos tomando cervezas en el club cuando Venegas se acercó. Con cara de haber sacado el premio mayor de la lotería, desplegó sobre la mesa la Crónica del Agro, que era el semanario del pueblo.
    En la primera página, una foto mostraba a Celestino Pedrales de esmoquin y corbata moñito, saludando desde un escenario. Y pegada al lado de él, ella.
     —¿Qué tal? —dijo Laureano y todos a un tiempo, volvimos a mirar la foto de la portada donde Celestino sonreía agradecido, con la mano en alto, los aplausos de una platea colmada.
      —Fijate vos —deletreó José Campos con los ojos desorbitados —Celestino en El Orfeón de la Capital.
      —Será una foto montada —sentenció Elías, que heredaba la desconfianza del padre.
   —¡Qué montaje, ni que montaje! Es Celeste, mirá bien. El mismo que asesinaba versos sin remordimiento y ella es la que bailaba como poseída en el bar de El Gallego. Mírenle las piernas, las mismas piernas desparejas, los mismos tobillos cuadrados, y lean,…lean lo que dice la prensa capitalina.
   Anselmo se puso de pie y levantó el diario de la mesa. Anselmo había estudiado oratoria por correo y tenía voz de locutor, nadie mejor que él para leernos la noticia:
         
El talentoso poeta bonaerense Celestino Pedrales,
concurre al merecido homenaje que se le tributó
por su trascendental aporte a nuestras letras.
Su Musa inspiradora, Dalia Deméter,
despertó la más profunda admiración por su belleza.

                                                                                 
     Un silencio desasosegado nos dejó las bocas quietas, los ojos metidos en la fotografía en blanco y negro del periódico más vendido en la Capital: Celestino, rodeado por renombrados intelectuales, sonreía con aire satisfecho y ella, con la misma vulgaridad que le conocimos, apretaba un ramo de rosas sobre su pecho abultado.
     Fue la última vez que supimos de Celeste. Hasta el domingo pasado, cuando bajé por la calle corta, crucé la fábrica de ladillos y entré al club como hago todos los domingos para jugar un partido de pelota vasca con Santoro.
     Me sorprendió no encontrarlo al doblar la esquina, esperándome como de costumbre, arrimado a la puerta, el pie apoyado en la pared y fumando. Al entrar, desde la cafetería un griterío desordenado me desvió los pasos. José Campos, la cara desencajada, los codos apoyados en la mesa de fórmica, hablaba con Venegas y con Anselmo.
      Santoro, al verme aplastó la colilla del cigarrillo en un cenicero de lata y se acercó inquieto.
     —Es Celeste —dijo arrastrando las letras y se llevó hacia atrás el mechón de pelo rebelde que siempre le caía sobre la frente.
     —Celeste, ¿qué pasa con Celeste?
     —Celestino…—volvió a decir Santoro, pero no pudimos seguir con el tema, José Campos como si apantallara a un desmayado, movía las manos para que hiciéramos silencio. Desde  la radio, una voz de dicción perfecta interrumpía la cortina musical para aportar nuevos datos sobre el infortunado hecho. Infortunado repitió varias veces.    Infausto, hondamente trágico dijo la voz, y se volvió afónica.

     Celestino Pedrales fue enterrado en el cementerio del pueblo tres días más tarde, un miércoles de abril, húmedo y todavía caluroso.
     Desde temprano habíamos aguardado en la estación la llegada del tren, vimos como bajaban del vagón el féretro de madera lustrosa y en fila, procesionalmente, llegamos al cementerio.
    Cerca de la arboleda de tilos, estaba cavado un pozo parejo. Mientras Celeste descendía a su último destino, el cura rezó un responso en latín. Fueron las únicas palabras, porque nadie, ni siquiera Anselmo con su voz de locutor, se hubiese atrevido a frases de despedida. Tal vez, porque ninguno de nosotros sabía perderse y volverse a encontrar en el laberinto de las palabras menos aliadas que acechan en la vida. Nadie como él, para hallar los momentos más resplandecientes en rimas oscuras.
     La mujer de Elías había llevado un ramito de begonias de su jardín, al marchamos dejamos caer sobre la tierra una flor.
      —Celeste estará contento —dijo Heinsel .—Fijate, vinimos todos.
      Y era cierto, estábamos todos. Todos menos ella. Porque por no estar, Celestino Pedrales se había descerrajado un tiro certero en plena Feria del Libro en Buenos Aires.
      Justamente cuando La Rural hervía de gente y en los stands iluminados se estiraban cientos de manos para conseguir el autógrafo del escritor más mediático. El mismo día en que un ex ministro, rodeado de guardaespaldas, presentaba su ensayo y las cámaras de la televisión habían formado una muralla en el Salón Cortázar, donde una modelo publicitaria promocionaba un álbum de fotos eróticas.
    Sábado, a cartón lleno de desesperados por el best-seller yanqui, atolondrados espulgando recetarios de autoayuda, cholulos oteando entre la muchedumbre la cara de algún personaje televisivo. Sábado y al mediodía, y quizá por no haber podido hallarle rima al dolor feroz que le roía el alma, en medio de ese olor a imprenta y asadito que se mezclan como tomos de una misma enciclopedia, Celeste había preferido morir a malvivir sin su Musa.
   Obstinado como era, debió creer que la muerte, dócil a su talento, le inspiraría milagrosos endecasílabos para olvidar el engaño de Dalia. Un engaño ruin.
      La infidelidad más cruel para un hombre enamorado.
      La siniestra daga de la peor traición que pueda herir a un poeta. La traición con otro poeta.




"Del glamour a la ciénaga" 
Cuentos - (2014)
Editorial Dunken
Ayacucho 357 - CABA